Mafalda y Guille por  NBM

Chica de oro

Por Félix Mansilla
Hace más de cuarenta años, Quino decidió poner fin a su tira Mafalda, pero el tiempo se encargó de conservarla en la agenda mundial.

Sus quejas de hoy serían Medio Oriente, el calentamiento global o el SIDA. El presente la sostiene plena, como cuando armaba castillos en las playas de Mar del Plata con su familia. Mafalda, continúa siendo la tira latinoamericana con más ventas en el todo el globo con aportes culturales de la historia del hombre moderno y este año tiene efemérides claves.

Mafalda, cumplió cincuenta y tres años en y su segundo viejo —Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino— está teniendo un reconocimiento como a pocos de los dibujantes de historietas de argentina: en vida. Se desliza el inicio en las palabras de Quino, la alegría de salir a las calles en 1954: “El día que publicaron mi primera página pasé el momento más feliz de mi vida” (Radar, 22 de febrero de 2004).

Mafalda 3

 

El recorrido de la tira luce inoxidable si tenemos en cuenta la actualidad de algunos de los mensajes de ese pasado. Las guerras, el autoritarismo, las condenas sociales, el racismo, todo. Algunos persisten, no sólo desde un anclaje local —el entre líneas de Mafalda no escatima en ironías sobre temas del memorándum internacional de aquellos convulsionados años de cambios como fueron los ‘60— sino que además sobrevivió a los propios cambalaches de época, no ya desde el desarrollo estético —los cambios (apenas) en el trazo de los aspectos de los personajes y sus escenarios— ya que el planteo de Quino no se pareció en nada al empeño de perdurar sin molestar.

Haciendo un repaso coherente sobre las diferencias con la tira Clemente de Caloi, Quino escribió: “Desde la tira Madalfa me ocupaba de cuestiones internacionales candentes como los debates en Naciones Unidas, la guerra de Vietnam o el Che Guevara”. Con un claro sentido de sensatez, aseguró que “a los diez años de publicar Mafalda, yo estaba harto de denunciar el desastre de las guerras y los males del capitalismo” (Todo Clemente, 2012).

Cinco décadas después, Mafalda es el racconto de una idea llevada al papel que circula en cualquier manual para secundaria o en los documentales de canal Encuentro. Su matriz circundó las lejanas décadas pasadas ironizando sobre “el palo de ablandar ideologías” o planteando una mirada analítica sobre el funcionamiento social de los medios masivos de comunicación o cuestiones del ‘habitus’ (reflejado en sus padres) del que tanto escribió Bourdieu desde una base sociológica.

Esa imaginación estuvo siempre dispuesta hacia espectadores de varias generaciones, porque Madalfa no esconde sino que recorre una sintonía que se presenta como la historia de vida de una niña con muchas preguntas sobre el mundo de los mayores, llena de interrogantes desplazados desde un ángulo conjunto que va en dirección amplia: a los más chicos, por tratarse de una historieta de un personaje risueño-lúdico, con algunos grados de acidez enmascarada, y para denotar el imaginario social de la renaciente clase media de las décadas de los ’60 y ’70.

Pese a lo que el propio autor reflexiona sobre aquellos mensajes de época, al reconocer que “no me sentía identificado con lo argentino”. En el modo de narrar el ideario colectivo, Mafalda vive, vibra y parte.

El filósofo/semiólogo/escritor Umberto Eco definió con tres brochazos el concepto de la tira en el prólogo a la primera edición italiana, en 1969, tomando como base diferencial al personaje Charlie Brown (amigo del perro Snoopy), historieta creada por el estadounidense Charles Schulz: “Mafalda pertenece a un país denso de contrastes sociales que a pesar de todo sí querría integrarla y hacerla feliz, solo que ella se niega y rechaza todas las ofertas (…) Mafalda vive en una relación dialéctica continua con un mundo adulto que ella no estima ni respeta, y al cual ridiculiza, repudia y se opone reivindicando su derecho a seguir siendo una niña (…) Charlie Brown seguramente leyó a los revisionistas de Freud y busca la armonía perdida; Mafalda probablemente leyó al Che”.

 

Mafalda 5

Cuadros dentro de cuadros

Madalfa corre hacia su padre —del que jamás se supo el nombre ni el apellido— quien está leyendo el diario. Le pregunta por qué todos los que terminan una carrera se van al extranjero. El padre dice “tal vez porque aquí no tienen campo”. En su inconclusión la no tan niña, arroja un “pero decime: ¡Con todo el campo que tienen aquí las vacas! ¿Por qué demonios también ellas se van al extranjero?”.

Allí, el análisis epocal gira hacia lo que en la canción expresa Atahualpa Yupanqui —compuesta a mediados de la década del ’40, revisitada por Divididos— con “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. Todo el cruce generacional abarcado desde lo conceptual funciona como muestra de la propia modernidad contenida en la tira que debutó en 1962. Una mezcla de cosas que se parecen pero se denotan en ápices de evolución o aggiornamiento necesario.

Al referirse al modernismo en las expresiones artísticas del siglo pasado, el crítico Edward Lucie-Smith explica que de considerárselo como una categoría de estilo, se trata de una forma característica, la de “llevar a extremos exagerados ideas preexistentes que por crear nuevas invenciones” (Movimientos en el arte desde 1945. Editorial Emecé). Lo preexistente —en el caso del arte mágico, conceptual y duradero de Mafalda— es el mensaje político social desde una conclusión moderna, en tanto, uso de la razón —la insistencia de la criatura en protestar contra las guerras nucleares que amenazaron la humanidad en plena guerra fría— o el amor como salvación, atravesado en la música de Los Beatles cuando parte del planeta cantaba “lo único que necesitas es amor”.

Una forma de abogar por la paz en momentos difusos: entre fortalecimiento del imperio, la resistencia roja y las convulsiones de cambio en la épica latinoamericana reflejada en la revolución cubana.

Esta forma de reconocimiento la encontramos en las cruzadas de Mafalda junto a sus amigos del barrio, pero en clave oculta, enmarcada o tapada por una intensa idea de infantilismo, no tan dañino como las caricaturas de la tortuga emulando a Illia, pero con un punto propuesto en resistencia al pensamiento típico y en un claro paralelo con las zonceras narradas por Arturo Jauretche, al reverenciar el pensamiento ajeno, eurocéntrico que al igual que Mafalda, persiste casi intocable desde su aparición en Primera Plana el 29 de septiembre de 1964, el mismo año del arribo Beatle a los Estados Unidos.

Y como todo tiene que ver con todo, el primer libro de Mafalda fue editado por Jorge Álvarez, pionero de expresiones artísticas locales, fundador del sello Mandioca, una especie de Brian Epstein del trío de blues Manal. En dos semanas (fue lanzado para la navidad de ese año) agotó más de cinco mil ejemplares. De a poco, la tira se hizo mundial, con ediciones en un puñado de países. Ese éxito no hizo cambiar la decisión de Quino, cuando en junio de 1973 anunció el fin de la aventura de la niña que odiaba la sopa, que debe su nombre a un personaje citado en la novela Dar la cara, de David Viñas (1962).

Mafalda jugaba, no quería obedecer a su mamá. No quería que la manden, porque era ‘presidenta’. Raquel retruca y le dice que ella es el Banco Mundial, el Club de París y el Fondo Monetario Internacional. Mafalda, piensa: “Hay que reconocer que estuvo astuta”.

En la propia niñez se encuentra la llegada al mundo de la historieta —la oveja negra— considerada muchas veces como un género menor. Ahí reside la influencia de los dibujos, la apariencia en su estética. Como aclara Juan Sasturain al explicar su inmersión en el mundo de los cuadros. “Si leo historieta es porque la leí de pibe; mi vínculo poderoso con ésta es el que se estableció entre los seis y los catorce años. Todo lo demás vino por añadidura, vino de ahí. La historieta era la aventura” (Los Inrockuptibles, Nº 186, noviembre 2013).

En ese conteo en las marcas del crecimiento, la experiencia de Quino como heredero familiar de un pasado atravesado por la Guerra Civil Española, amasa su molde crítico/ideológico hacia la guerra y lo que viene después. “Ello me dio un sentido político de la vida que me gusta reproducir en mis dibujos. De mi ensalada mental surgieron las más brillantes e hilarantes viñetas” (Revista La Nación, abril 2014).

Mafalda 6

El ideario de Mafalda contempla el centro de su retórica en la ironía de sus personajes al que todos conocemos no sólo por leer la tira de Quino. Sobran Susanitas, nos chocamos con Felipe —personaje inspirado en el periodista argentino nacionalizado cubano, Jorge Timossi, amigo de Quino— en cualquier grupo humano o en los comercios no faltan quienes piensen como Manolito o vemos las alas en alguien como la de su amiguita Libertad o la inocencia de su hermano Guille. Sabemos de madres sumisas/perfectas/simples como Raquel o de padres que hacen cuentas para llegar a fin de mes.

Ahí culmina la magia de la historieta, porque eso que se lee también se vive en la cotidianeidad urbana. Pero no abundan tantas Mafaldas ni autores que idealicen su contenido sin ser etiquetados. Quino (dixit): “Al contrario de los de la década del 70, los jóvenes actuales están desilusionados y no quieren cambiar nada. La época en la que yo hacía a Mafalda no se repite. Para empezar, toda la juventud tenía ideales políticos y creíamos, con los Beatles, el Che Guevara, el papa Juan XXIII y el Mayo Francés del 68 que el mundo estaba cambiando para mejor” (en www.quino.com.ar/biografía).

En 1973 la televisión argentina comenzaba a incluir dibujos animados a la programación. Al mismo tiempo, Quino se despedía de los lectores de la revista Siete días, el 25 de julio el fin. Sería uno de los tantos finales en los que la tira comenzó como desde cero.

La sinceridad en los mensajes, las formas de sus contenidos del diario de cualquier familia tipo argentina se encargaron de fortalecer esta idea de Mafalda como mito en sí mismo, aquí y allá. El paso de los años la convirtió en la imagen de campañas de Unicef en la lucha por los Derechos del Niño y exposiciones editoriales en todo el mundo. Con el país en un proceso dictatorial sangriento, Quino junto a su esposa Alicia comienzan de nuevo en Milán.

Madalfa 2

Desde Europa, Quino explicó el rumbo de sus próximas tiras. “La patria significa juventud. Por lo tanto, el hecho de estar lejos de ella ha hecho que mi humor se haya vuelto un poco menos vivaz, pero tal vez algo más profundo” (Mafalda 14, Ed. De la Flor, 2009).

El último cuadro

Guille a Mafalda, con temple: —Mi papá dice que nuestro problema es que aquí la gente vive imitando lo que está de moda en Europa o Estados Unidos. Pero que por suerte la solución es muy simple: tenemos que empezar a ser como nosotros y no como los europeos o los norteamericanos, porque a ellos les importa un pito de nosotros.

Y eso es lo que tenemos que hacer nosotros: ser como ellos, que sólo se ocupan de ellos; porque el día que nosotros dejemos de imitarlos y logremos ser como ellos vamos a empezar a ser como nosotros.

Mafalda, lo mira aterrorizada: —Sí, por suerte la solución es muy simple.
Guille, respira en sí mismo: —¡Eso!

Foto de portada por Nico B Mansilla