Boys Playing European Football

Consideraciones y confesiones

Por Mauricio Villafañe

¡Ah, el fútbol! El fútbol es un deporte pero también parte fundamental del acervo cultural de los pueblos. Es fuente de negocios, de espectáculo y de entretenimiento.

Es una válvula de escape ante las miserias semanales, es el ingenio del cantito, el color de la bandera, la fiesta y la organización de las tribunas, el choripán con chimi y el sagrado grito de gol. Al fútbol se lo suele acompañar con la expresión “violencia”: es el catalizador de casi todas las mediocridades y frustraciones de la vida cotidiana como también el hueco donde se esconden para dar el zarpazo diferentes y muy variadas asociaciones ilícitas y corruptelas de diferente calibre y vigor que incluyen a todos los estamentos y componentes de la familia futbolera.

Hoy, el fútbol en la Argentina es la fiesta de todos y todas. Acceder a él mediante la transmisión pública y gratuita del Torneo de Primera y de parte del Ascenso, aparte de cumplir efectivamente con el goce de un derecho, se vuelve una muy potente herramienta de comunicación masiva. El fútbol dinamiza el consumo, la creación y sostenimiento de puestos de trabajo y el fortalecimiento del mercado interno. Sin embargo, no todo en este universo es cuantificable (goles por fecha, tabla de posiciones y de goleadores, rating del clásico, número de barras heridos de bala y de dirigentes ladrones, cantidad de operaciones de prensa por semana, millones de pesos en pases de jugadores, porcentajes de los mismos en manos de los dirigentes ladrones ya mencionados).

Se cree que, más allá de toda pena, el fútbol trasciende y expresa valores como la solidaridad, el esfuerzo, la buena leche, el respeto y la dignidad. Que hay quienes van con la plancha no hay duda (y no es una referencia figurativa) y que una de las condiciones que lo vuelven una actividad netamente jugadorexportadora (a razón de las inagotables canteras humanas compuestas por miles y miles de pibes a lo largo y ancho del país) sea su falta de coordinación en un proyecto de formación y sostenimiento integral no quita ni invalida lo vital de su fibra más significativa: la pasión.

Están los que, a partir de una supuesta gran memoria, sacan la rápida conclusión de que el nivel va de malo a malísimo, que es peor que el de ayer o el de anteayer; están, asimismo, los que en un contexto más reciente defienden la idea de que el último Mundial dinamizó y jerarquizó el devenir del balompié criollo y que no todo tiempo por pasado fue mejor. Y también se aprecia cómo la libertad de expresión limita con la zoncera: están los que creen que, al no haber descensos, los jugadores y los DT están más libres.

He aquí el fútbol como terreno para la disquisición histórica, filosófica y/o sociológica: los pesimistas, los optimistas y los zonzos. Que vivimos en tiempos revueltos, posmodernos, hiperconsumistas, escurridizos, fugaces, presentistas (alentando así, cada vez mas, a un mayor alejamiento con nuestro pasado que no es más que nuestro contexto y campo de referencia y significado) no es ninguna novedad. El noble y pasional deporte al cual se alude acá no escapa a esta suerte de vidriera de shopping: raros peinados nuevos, audaces y hasta ridículos diseños de camisetas, brazos complemente tatuados, botines de colores chillones, gestos ampliados y practicados en el espejo antes de salir a canchas atestadas de cámaras como un Gran Hermano, festejos de gol con impresentables bailecitos a todo ritmo y latitud (¿Dónde quedaron los festejos de saltito y puño apretado del más grande de todos los tiempos o, al menos, el festejo de la meditación al estilo de Estudiantes de La Plata en cancha de River o el “Ring-ring, gol de Balvorín”?).

Hay, en este desfile de modas, una luz de esperanza, un córner en el último minuto, una reserva de agua dulce en tiempos de escasez: los jugadores barbados. Casos como el español Sergio Ramos o los locales Emmanuel Mas, de San Lorenzo, y Mariano Echeverría, de Boca Juniors, son brisas de aire fresco en una intensa noche de verano que es este mundo de hoy. Son justas reacciones a tanta pose y a tanto Cristiano Ronaldo suelto por ahí, que publicita maquinitas de afeitar sin tener motivos ya que es lampiño o se hizo depilación definitiva, no sé. La barba denota identidad e inteligencia, realza la cara y la expresión, embellece más que una cara pálida y lampiña y que alardear con un par de lentes de contacto de un perro siberiano.

En particular, en el fóbal, impone respeto a rivales e infunde valor y sabiduría a los compañeros. ¡Que vivan los jugadores barbudos, no todo ha quedado en manos de diseñadores de camisetas rosas ni de peluqueros tan formados en la tijera y la tintura como enemigos de esta hermosa e inexplicable pasión nacional!

Otro hecho que merece destacarse es la sobriedad en tanto muestra de humildad y de seriedad. El fútbol también es profesionalismo y Mauro Matos, delantero cuervo, y el Flaco Somoza, mediocampista granate, forman parten del excepcional grupo de futbolistas que profesan el bajo perfil tanto en el juego como (me animo a creer) en la vida. Son la contracara de los Olave, de los Fabianni y de los Coudet. ¡Menos vinchitas para el pelo y más camisetas adentro del pantalón!

Para terminar, una opinión más personal aún que las otras ya que parte de mi exclusiva subjetividad y convicción que, sin embargo, no es una isla sino que se conforma con el aporte de toda una tradición futbolera de mayores y contemporáneos. En el fútbol se puede ir del entrenamiento a casa y de las ensaladas y el agüita mineral a las concentraciones o bien se pueden hacer paradas intermedias. Soy de los que se enrolan en este segundo grupo. Es el grupo de los Bambinos, los Sapito Encina, los Clemente Rodríguez, los Tito Ramírez, los Picante Pereyra, los Negro Chávez, los Lobo Cordone.

La lista es tan incompleta como arbitraria, sepan comprender. Aparte de romperla, hacer su laburo y entregarse por los colores y los compañeros, esta “tendencia” ha sabido cuándo servirse una copa más de totín y excederse con el matambre a la pizza o las tablas de picada y cerveza negra. Son los que han sabido y podido pasar la noche en otra cama que la suya, los que bolichearon en el escenario de algún local bailable hasta altas horas de la madrugada, los que fumaron sin joder y sin buscar “elevar su rendimiento” sino elevarse ellos mismos, los que se jugaron los meniscos por ir a un recital de rocanrol. A ellos, mi eterna simpatía, haciéndoles saber que tendrán en su humilde servidor un defensor con más cara de malo que el Cata Díaz.

¿Quién dijo o dice que el fútbol son 22 tipos grandes de pantaloncito corto corriendo atrás de una pelota? ¿Quiénes dicen que embrutece y desvía a las masas de una supuesta misión revolucionaria que ni ellos saben explicar? El fútbol puede ser y es objeto de reflexión, enciende las almas, es una práctica deportiva y una actividad cultural y social fundamental al espíritu de los pueblos concientes, ilustrados y organizados, atentos a su misión histórica, sus gustos y preferencias.

No tienen necesidad de que uno o varios sabios vengan a contársela con argumentos librescos. Son los mismos que en el terreno futbolero explican extasiados las tácticas de entrenadores europeos y defienden supuestos estilos establecidos con frases tan vendehumo como falaces del tipo de “jugadores de buen pie”, subestimando la inteligencia y la calidad moral del hincha de a pie. Tal vez todo esto no sea más que un gota en el mar pero no hay ningún referí que nos venga a cobrar un tiro libre al borde del área en el último minuto. La fiesta, la pasión y la historia del fútbol la hacen y son de los pueblos.

(de la edición Nº 39, ene/feb. 2015)