ROCA 1

Continuidad de los baches

Por Félix Mansilla

En las primeras páginas de «Las venas abiertas de América Latina», Eduardo Galeano advierte una reflexión que de manera efectiva redunda en algo que nos debe servir para no parar: “Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”.

Algunas circunstancias regresan y desembocan en el pensamiento sobre cómo nos contaron la historia. ¿Por qué en el jardín nos vestían de indios y Colón tenía siempre razón cuando bajaba la espada? ¿Por qué siempre el final de cualquier discusión sobre el genocidio a los Pueblos Originarios indica que “sino seguiríamos con las plumas y el tapa rabo”? Hace un mes, el investigador Marcelo Valko visitó la Casa de la Cultura para brindar una charla sobre el tema. Enterarse de episodios tan sangrientos y con tan poca prensa, conlleva a mirar un poco hacia atrás para comenzar de nuevo y dejar a un lado esa desmemoria total que nos enseñaron desde niños. En el libro «Desmonumentar a Roca», Valko delibera acerca de cómo la historia recobra valor a partir de falacias que defienden al genocida del billete de cien. “Los maestros pueden ser agentes retardatarios, temibles engranajes del statu quo o multiplicadoras herramientas de cambio”, agrega anclando en cómo algo tan importante erra desde la formación, resta y se multiplica.

Días posteriores a la charla, leyendo «Desmonumentar… recordaba a lo lejos los actos escolares. El mensaje sumido en el recuerdo es que Colón fue una figura que vino a salvar a las tierras de los sin alma. Allí, los salvajes eran esos ignorantes a los que les trocaban el oro por espejitos de colores. Qué gran mentira. En resumidas cuentas: crecimos razonando que fueron la espada y la cruz las que pusieron de pie al continente, aunque, nunca es tarde para empezar de nuevo.

En el prólogo de «Pedagogía de la desmemoria» de Valko, Osvaldo Bayer expresa: “(…) debemos preguntarnos: ¿por qué aceptar una historia plena de muertes del Otro y de desprecio por su origen o por su idea?”.

Revolver

Pese a la negativa de una gran parte de la sociedad a “revolver” el pasado, figuras como Valko o Bayer demuestran que el revisionismo histórico es una de las causas esenciales para comprender el presente y, además, una manera de volver a explicarnos. Las herencias de aquello son ni más ni menos que una especie de pensamiento gastado que a su paso siembra semillas en amplias direcciones.

¿Qué diferencia existe entre aquellas personas que se quejan por el billete de Eva Perón, una figura partidaria, obviamente, pero sin cuestionar apenas un atisbo sobre el billete de Roca? Allí, la preconcepción y la desinformación, son claves. Si no sabemos, caemos en la trampa. Opinamos desde una ubicación errada de nuestra propia Historia.

¿Dónde reside esa desmemoria? A partir de propuestas como las de la lobense Alba Thea, Profesora de Historia y Geografía e investigadora de grupos que abogan por la lucha de los Pueblos Originarios, la verdad está un poco más cerca. Un tema del que poco se habla, pero que contiene las huellas de una tradición escrita por los vencedores. En el programa Vivir con las palabras del 14 de octubre, Alba explicó que su labor parte desde la interculturalidad que “en el descubrimiento de América no estuvo aplicada. Por eso, necesitamos aplicarla para poder generar una sociedad que sea más tolerante y que entienda que se construye compartiendo con el otro. Durante la conquista se dejaron formas que tenían más que ver con nosotros y que hoy nos damos cuenta de que están totalmente caducas. Es necesario, aunque no es fácil, trabajar desde el sentido de la interculturalidad”.

En referencia a la charla que gestionó en la ciudad, Alba contó: “Decidí realizar una jornada que sea más de interés que de rechazo, que sea de sensibilización. Creo que teniendo en cuenta que Lobos fue un lugar con fortines, de tránsito, es necesario conformar conocimientos para informar sobre los interrogantes. Este tema es muy resistido aún en la actualidad”.

Desarticular un macabro plan

¿Por qué leer “Desmonumentar a Roca”? Porque… se trata de una edición que se lee con viento de cola, fluye en cada línea e informa detalladamente la Historia no oficial desde documentación oficial. Un desafío que plantea el lado B de la Historia, la que oculta de las masacres llevadas a cabo por Roca y toda la banca que siempre lo apoyó. Lo editó Sudestada y sale 80 pesos.

En la explicación de los argumentos del libro, Valko desliza: “Desmonumentar a Roca no es una necesidad exclusiva de los Pueblos Originarios, sino que es una exigencia de gente bien nacida. (…) No es necesario nacer gitano o judío para estar en contra de lo ocurrido en los campos de concentración del nacionalsocialismo alemán ni ser un qom para angustiarse por la situación de la comunidad formoseña de La Primavera, un armenio o kurdo para denunciar el genocidio perpetrado por el general turco Mustafa Kemal (Ataturk) o un aymara para entusiasmarse con la asunción de Evo Morales. (…) es una tarea de gente que está a favor de la justicia sin distinción”.

Lo mejor, es que la propuesta abre espacios para no dejar de reflexionar sobre el asunto, cuando asegura que “es posible des-historiar las mentiras y recuperar un relato negado”. Los monumentos “hablan en silencio con la exacta verborragia del poder (…) naturalizan (…) merecen que la historia castigue sus memorias (…) Son paradigmas embalsamados, mojones de la obra maestra del poder. Se trata de personajes que nos antecedieron e indican ejemplos a seguir y respetar”.

En el libro de Julio Ferrer, «Conversaciones con el eterno libertario» (2007), Bayer dice: “Es inadmisible que tres o cuatro paniagudos le hayan puesto nombres a la República. Y el monumento más alto de la Capital sea a un hombre que restableció la esclavitud, eliminada ya por la asamblea del año XIII. El genocida Roca. El mismo general de la Nación que después de su asesina campaña del desierto dijo que ‘a las chinas (las mujeres indias) las repartimos entre las familias de bien para que oficien de sirvientas”.

En la cuarta edición del libro “La Patagonia trágica” del español José María Borrero, se cita un artículo publicado por Constancio C. Vigil (Borreo lo señala como “el publicista”) en el diario La Nación de Buenos Aires, en 1910, titulado “Por el indio”, hace referencia a la observación desde la mirada tan acuñada desde el nacimiento de la patria: el civilizado y el otro, el indio. Después de matar a su hijo, el estanciero que sufrió el robo de un caballo, puso fin con un cuchillo a la madre, quien se negó a entregarse.

El escrito, anécdotas de un cura misionero, son la prueba. El sacerdote salesiano José María Beavoir, se pregunta: “¿Por qué se encuentran degenerados los indios? Porque los civilizados los han hecho maestros en todas las abyecciones y borrachines empedernidos… ¿Y se ha parado ahí la obra de los hombres civilizados? No; ha ido mucho más lejos. Descubrieron que las tierras eran buenas para criar ovejas y emprendieron el desalojo de los indios. La acción del alcohol, aunque eficacísima, era demasiado lenta. Hubo que buscarle un sucedáneo más activo: la caza, y para estimular a los cazadores se apagaba ‘un tanto’ por cada cabeza de indio. Los indios empezaron a mermar como por encanto”.

El orden simbolizado

“Los recuerdos nos habitan y nos hacen ser (…) ¿Qué cambia con el cambio? (…) La gente pasa a su lado sin reparar en la pedagogía que imparten desde su aparente inmovilidad. Sin embargo ellas están allí, dictando sin pausa, ordenando un pasado que se temporaliza en una suerte de presente perpetuo, imponiendo hacia el futuro un orden constante de prioridades morales desde una coartada estética. Nos adoctrinan, nos acostumbran y, sobre todo, naturalizan un estado de cosas que debe ser así y no de otra manera. En definitiva y —aunque parezca obvio— la estatuaria tiene que ver con lo estático; con un quietismo anestésico. Poseen doble rostro. Detrás de la máscara edulcorada, se encuentra agazapada la fea cara del poder consuetudinario (…) Las evidentes muestras de racismo que forman parte de la cotidianeidad pasan inadvertidas y se naturalizan. Eso es lo grave y peligroso de la estatuaria”.

Sobre el final, el investigador, a modo de cierre, explica que “la pedagogía de la desmemoria, siempre y en todo momento, buscó la invisibilización del indígena, la ausentificación de su presencia construyendo la certeza de que la Argentina (léase Buenos Aires) desciende de los barcos y por eso es blanca y europea (…) Eso significa desmonumentar: castigar la memoria de los usurpadores de los más altos honores y pedestales. Tenemos héroes que merecen los más altos pedestales y usurpadores que merecen prontuarios. Desmonumentar es un esfuerzo en ese sentido. Es la hora de decir ‘basta’ y comenzar a trabajar”.

Los resquicios y las sobras de aquel primer genocidio perpetrado en el país continúan pese a que desde siempre se supo la verdad. La memoria, entonces, vuelve a ser el puente. Es hora de recomenzar.

(de la edición Nº 37 Aniversario III, noviembre 2014)