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Entrevista a Daniel Arcucci: Correr para contar

Obsesivo y detallista por la perfección laboral, Daniel Arcucci, cuenta sobre sus inicios en la profesión que abrazó desde muy joven, sus primeros pasos, su relación con Maradona y el nuevo libro que escribió por pedido exclusivo del Diez. Por Tomi Gianandrea*

Despegó de Puán, provincia de Buenos Aires, su pueblo natal, con el afán de ser periodista para poder contar historias, que a su parecer, en definitiva es lo que queda y vale verdaderamente la pena. Tras un duro primer año de estudios y unas vacaciones prolongadas de 3 meses —hoy inconcebible para un hombre que corre, no sólo maratones, de un trabajo a otro— retornó a la Gran Ciudad con el objetivo de empezar a ser, y así las oportunidades lo fueron abrazando.

Primero fue Tiempo Argentino para cubrir rugby, luego vino la posibilidad de soñar en “El Gráfico”, el sueño del pibe. Más tarde revolucionó y refundó el diario La Nación y su segmento deportivo, convirtiéndose indudablemente en uno de los periodistas gráficos más notables del país. No conforme con las letras, fue de los primeros panelistas de “90 minutos” en Fox Sports, columnista en “No Somos Nadie” de Juan Pablo Varsky en Radio Metro 95.1, hasta llegar a la actualidad como co-conductor de “Puro Concepto”, por DirecTV Sports y comentarista en “Fútbol Para Todos”.

Su constancia y perseverancia por crecer y mejorar día a día, y su condición humana de saber separar “las cosas”, le permitieron entablar una relación entrañable que hoy día se mantiene vigente con el Diego, el personaje y el tipo al que todos amamos.

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Daniel Arcucci (52), “el cronista de Diego”.

Hombre de mil viajes y anécdotas, con unas cuantas millas sobre su espalda, con la pasión intacta de expresar todo lo que vive y todo lo que ve. Así es Daniel Arcucci (52), un tipo que vive a las “corridas” pero que en cada trabajo, mete la pausa de sensatez justa para contar lo que todos queremos leer.

¿Por qué elegiste periodismo?
La vocación la descubrí en una cancha. Fue en la de Boca. En un Boca-Instituto de 1980. Un tío tenía abonos en los viejos palcos. La experiencia completa fue fascinante; el partido, el marco, todo. Y yo dije: “no puedo quedarme para mí sólo con todo esto, tengo que compartirlo”. Y compartir, para mí, es contar. Y contar, para mí, es la esencia del periodismo. Contar historias, emociones. Después viene todo lo demás. Aprender a entrevistar, a opinar, a analizar. Pero en el principio está contar.

¿Cómo fueron tus primeras experiencias laborales?
La vida me dio oportunidades privilegiadas. Después de un primer año de estudios en el Círculo de Periodistas Deportivos, volví de vacaciones a Puán algo decepcionado. Ojo, la culpa era mía: me había tomado el curso de periodismo como una continuidad de la escuela secundaria. Rendí todos los exámenes prolijitos, casi no salí a la calle, me daba culpa no trabajar y que mis padres tuvieran que mantenerme y entonces, no gastaba un peso. Lo único que hice aquel año, 1982, como experiencia personal/profesional, fue seguir la campaña de San Lorenzo en la B. Pero lo cierto es que después de tres meses de vacaciones en Puán, ¡tres meses, una locura! , no quería volver a Buenos Aires. Me propuse, entonces, volver solo por un mes. Si en ese mes las cosas no cambiaban, me volvía a estudiar en Bahía Blanca, más cerca de mi pueblo.

Fue como el click necesario…
En ese mes pasó de todo. Un día, apareció un señor, Armando García Rey, que era pro secretario de deportes del diario Tiempo Argentino de aquella época, y se plantó frente al curso de segundo año del Círculo. “Necesitamos cronistas para cubrir partidos de rugby”, dijo. “Tiempo Argentino va a cubrir todas las divisiones”. Yo levanté la mano como un autómata. Unos días antes, un profesor, Villita, especialista en básquetbol, nos había dicho que un periodista nunca debe desperdiciar una oportunidad de trabajo, aunque no se trate de su rubro o del rubro que mejor maneja.

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Arcucci posa con El Viaje Nº 49. Por Tomi Gianandrea

¿Cómo te llevabas con el rugby?
De rugby, yo tenía como referencia a los Pumas y a Hugo Porta, lo amaba como personaje. Durante toda una semana me dediqué a estudiar rugby obsesivamente. Era, y sigue siendo, uno de los deportes más complejos de analizar si nunca lo practicaste. Y a la semana empecé. Belgrano-Curupaytí fue mi primer partido. El segundo fue Olivos-Belgrano: Salieron 3-3 y yo escribí que había sido un buen partido. Les debe haber gustado, porque que el tercero fue un partido de primera, con calificación para todos los jugadores. ¡Calificación! Me fui a los vestuarios y hablé con todos, los coaches, los jugadores. Les preguntaba a cada uno quién le había gustado y en base a esas opiniones, combinaba con mi visión, fui calificando. Eso fue en abril de 1983. A fines de año, Aldo Proietto, que era el jefe de deportes, y Jorge Barraza, un redactor, fueron convocados por la revista El Gráfico, que era la Biblia del deporte en ese momento y el lugar donde todo periodista deportivo quería trabajar. Una vez instalados, empezaron a convocar periodistas jóvenes. Yo fui el primero al que llamaron. En menos de un año, estaba cumpliendo mi sueño: trabajar en El Gráfico.

Fue como el sueño del pibe…
En diciembre de 1983 entré como colaborador. Enseguida me tomó bajo su ala Osvaldo Ricardo Orcasitas, ORO, que fue mi gran maestro. Hasta diciembre de 1996, cuando me fui para incorporarme a La Nación, viví hermosos momentos. El Gráfico era una verdadera escuela. Cubrí los Mundiales de México (1986), de Italia (1990) y de Estados Unidos (1994) para la revista. Aprendí muchas cosas que hoy sigo aplicando y que siguen siendo modernas.

¿Con qué obstáculos te encontraste en tus inicios?
Pocos, la verdad. Insisto, fui un privilegiado por las oportunidades que tuve. Jamás tuve que golpear puertas. Tal vez lo más negativo fueron algunos profesores que no tenían trabajo y, a partir del resentimiento personal, te desanimaban con la profesión. Aprendí, y lo sigo aplicando, que hay que motivar a quien siente esto como una vocación. Siempre habrá una oportunidad, siempre.

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Arcucci, Diego y Don Diego, en Ezeiza.

¿Qué te generó y cómo fue tratar al Diego de ese momento de plenitud?
Ser “el cronista de Diego” (porque eso he sido o he intentado ser, más que el amigo) en su plenitud fue vivir todo el tiempo en la cornisa, transitado sobre una delgada línea roja que separa lo público de lo privado. Qué era público y qué era privado fue un dilema que tuve que manejar durante años. Y eran años, aquellos, en los que la mediatización no existía: no había ni celulares ni redes sociales, pero Diego generaba noticias todos los días. Me perdí, muchas veces de manera consciente, por elección, varias primicias. O porque eran efímeras o porque no correspondían.

¿Qué te genera hoy ser amigo de Diego?
Hoy, es la madurez de la relación. No soy el más amigo de Diego ni tal vez el que más lo conoce, pero sí creo que no hay otro periodista que haya estado 30 años cerca de él. Y eso fue porque muchas veces supe correrme a un costado, creo. Cuando uno está con Diego sale de la órbita normal, se pierde la noción del tiempo y el espacio. Vive a tal intensidad que es imposible seguirlo. Es el día de hoy que sigo pidiendo permiso para hablar con él.

Diego te eligió para escribir “Mi Mundial. Mi verdad. Así ganamos México ‘86”: ¿Cómo reaccionaste?
Orgullo. Lo sentí como un premio a la coherencia y a la gratitud. Hace años que me propuse, en la relación con Diego, dos cosas: ser coherente y no ser ingrato. Que treinta años después de la primera nota y treinta años después del Mundial que ganó haya pensado en mi, habla de confianza. Y eso vale más que cualquier cosa.

¿Cómo arrancaste ese trabajo? ¿Qué te dejó haberlo escrito? ¿Qué esperás que suceda con el libro?
Lo tomé como la prioridad. Es más: renuncié a mi trabajo en relación de dependencia, en La Nación. Lo tomé también como una señal del destino: treinta años después, estábamos cerrando un ciclo, él y yo. México ‘86 fue mi primer Mundial y también el aniversario de mi primera nota con él. Al hacerlo, Diego volvió a sorprenderme. Yo esperaba un libro que reflejara el momento más luminoso de la carrera de Diego y para mí era recordar todo aquello, tan feliz, que lo tenía muy presente. Pero Diego hace revisionismo histórico. Y, fiel a él mismo, ese revisionismo es polémico. Auténticamente ve el Mundial desde lo que pasó a lo largo de estos 30 años, por eso su visión no es la misma que en aquellos tiempos.

Libro Diego

México: Mi Mundial, mi verdad. Así ganamos la Copa.

¿Qué personajes aparecen en el libro?
En principio, es un libro de opinión más que nada. La opinión de Diego. Y no se queda en lo que pasó, sino que se aventura también en lo que viene. Aparecen sus grandes enemigos, como Passarella, Platini y Grondona y se suman nuevos, como Bilardo. Y explica por qué, treinta años después, cambió su mirada sobre Bilardo.

¿Cómo ves hoy los medios de comunicación al alcance de tanta tecnología?
Suelo explicar la evolución de la tecnología en las comunicaciones a partir de los Mundiales, de los Mundiales que yo viví. Cubrí México ‘86 con una máquina de escribir y transmisiones por télex; Italia ‘90, con máquina de escribir más moderna y fax; Estados Unidos ’94 tuvo las primeras computadoras portátiles, que pesaban tanto como una de escritorio y se comunicaban a través de las líneas telefónicas; Francia ‘98 permitió montar una redacción remota, ya con la competencia directa de la TV, para enviar las páginas totalmente armadas; Japón 2002, permitió descubrir la conexión wi-fi; Alemania 2006, fue el primer Mundial online y Sudáfrica 2010, el de Twitter; en Brasil 2014, todo se podía hacer desde un teléfono.

¿Habrá un freno?
No, no hay freno. Pero, en definitiva, lo que siempre marcará la diferencia, en cualquier plataforma y con cualquier tecnología, son las historias que se cuenten. Eso es lo único que vale la pena.

*Lobense, periodista deportivo.

(de la edición Nº 49,  abril/mayo/junio 2016)