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Cuba libre

Viajamos imaginariamente al Caribe para conocer la historia de la Cuba prerrevolucionaria, a 60 años del asalto al cuartel Moncada.

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Por Mauricio Villafañe*

Cuba es ejemplo de dignidad y de lucha por la independencia definitiva de la Patria Grande frente al proyecto imperialista del norte. Su revolución ha desterrado el hambre y el analfabetismo y sus médicos y sus educadores son referencia obligada en el mundo entero a pesar del bloqueo yanqui.
El 26 de julio de 1953, 165 jóvenes intentaron la toma de un cuartel en la ciudad de Santiago de Cuba. Todo terminó en un desastre: torturados, encarcelados y asesinados. Esta primera acción nació como respuesta al golpe de Estado encabezado por el general Fulgencio Batista un año antes.

Estuvo liderada por un joven abogado llamado Fidel Castro, futuro líder revolucionario. Este hecho frustrado lo llevó a la cárcel; finalmente, en 1955 una amnistía general permitió su liberación y marchó al exilio a preparar la Revolución. Podemos considerar a la toma del Moncada como el comienzo de la Revolución Cubana. Esto es así a partir de que la fecha del asalto le dará nombre al movimiento revolucionario. Desde la Sierra Maestra y tras años de lucha, echará por tierra a la vieja y corrupta Cuba, surgida de una “independencia” digitada por EE.UU.

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Nacerá así el proceso revolucionario que cambió la historia, la referencia ineludible para los pueblos de la región y del mundo que luchan por su liberación. Cuba va a lograr su tardía independencia a raíz de la guerra hispano-estadounidense de 1898. Iniciará su camino en medio de esta disputa que la dejará a merced de una de las partes en cuestión a través de la Enmienda Platt (1902) que constreñía la soberanía nacional de la isla.

La expansión de las inversiones extranjeras (estadounidenses) en la auspiciosa industria azucarera se contraponía con las pésimas condiciones sociales y laborales de la mayor parte de la población (desempleo, salarios bajos, superexplotación). El malestar resultante ponía en riesgo el “clima de negocios” y emergía entonces la intervención norteamericana directa. La presencia yanqui, por cercanía geográfica y por “derecho” adquirido, se hacía sentir como factor de orden y árbitro en las disputas internas cubanas.

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Todo esto, sumado a la inestabilidad política y a la crisis social y económica global, terminará animando en 1933 a la creciente oposición al régimen cubano plattista. La figura que emergerá de toda esta situación será el por entonces sargento Fulgencio Batista. Forjará, en buen medida, el nuevo consenso para gobernar a la convulsionada isla. En él, el ejército se erige claramente como uno de los factores reales de poder y un actor de primer orden en la escena política interna tras la derogación de la Enmienda Platt en 1934.

Por otra parte, el movimiento obrero organizado, predominantemente comunista, no podía seguir siendo tratado como un problema policial, lo que le valía una constante represión. Se volvió un actor político y social a tomar en consideración al formarse, a fines de los años ‘30, la Central de Trabajadores de Cuba (CTC). Ciertas demandas reformistas empezaron a concretarse (el Banco Nacional, la distribución de tierras públicas y las garantías para su tenencia, leyes laborales, educativas y sanitarias). Fueron preparando el terreno para la nueva Constitución, en 1940.

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Sin embargo, la persistencia de factores estructurales, a pesar de los cambios institucionales, afectaba a la profundización de las reformas. La cuota de azúcar que reforzaba la dependencia cubana respecto al mercado estadounidense terminaba agudizando la presencia de los intereses yanquis en la isla. Por otra parte, la corrupción reinante no hacía otra cosa que condicionar la consolidación definitiva de la democracia representativa.

El llamado status quo azucarero, con sus efectos sobre la institucionalidad y el desarrollo económico, empezará a evidenciar un creciente nivel de desconfianza y desilusión. Nace, en este marco, el partido Ortodoxo, que venía a representar los intereses y sentimientos del nacionalismo radical y popular. Por otro lado, para fines de los años ‘40 y principios de los ‘50 recrudecen las prácticas corruptas y violentas que desembocarán, en 1952, en el golpe de Estado que inaugurará la dictadura contra la cual se levantará Fidel con el asalto al cuartel Moncada.

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Previamente, éste había recurrido a la vía legal al presentar una querella en un tribunal de La Habana exigiendo el encarcelamiento de Batista y la restauración del orden constitucional. El agotamiento de este recurso y la promesa de “orden” del dictador lo llevarán a la acción directa. El asalto al Moncada tenía como objetivo la obtención de armas para lanzar una insurrección nacional. Su inicial fracaso, la cárcel y el exilio son los primeros pasos de un camino algo más conocido: el de la Revolución Cubana.

En ese duro pero finalmente glorioso camino, Fidel se conocerá con el médico argentino Ernesto Guevara, apodado Che y futuro comandante revolucionario. Es el camino que lleva al desembarco en Cuba del yate Granma a fines de 1956, el camino de guerrilla rural en la sierra y de huelgas obreras en las ciudades: el camino tapizado de sueños de la entrada victoriosa del ejército rebelde a La Habana en enero de 1959.

El ideal de José Martí, líder independentista de fines de siglo XIX, de Cuba Libre se empezaba a concretar al calor de la voluntad revolucionaria de un pueblo digno y de su consecuente movimiento de liberación. De ahí en más nada volvería a ser igual. La historia tanta veces escrita y analizada, esta vez, estaba siendo hecha y cambiada para siempre.

*Estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 21, julio 2013)