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De pronto el clan

Por Félix Mansilla

El año 2015 será recordado por una lista de cuestiones socio políticas y culturales varias. Una de las que va a la lista en los clásicos top anuales de diciembre será, sin dudas, la nueva película del excéntrico Pablo Trapero, El clan.

El retrato de la historia de la familia Puccio desde una óptica en plan de film policial, se va desprendiendo en vida normal y sangre y el espectador no puede entender el grado de frialdad de Arquímedes, personaje destacado encarnado por el nuevo Francella, y la de su familia.

Allí se puede observar el por qué el anecdotario de las crónicas policiales de la época se cuela entre otras escrituras de casos conocidos como el Petiso Orejudo, Robledo Puch en la pluma de Soriano o los detalles finos en las crónicas con sangre de Rodolfo Walsh.

El punto más alto también es la actuación de Peter Lanzani —que ya dejó de ser un teen angel— y se lleva toda la conexión que hace pensar en que sí, son malos, durísimos los Puccio, sin filtro a la hora de secuestrar y de torturar allegados con muchos dólares en el banco, pero el joven aparece como atrapado por la sombra de su padre, casi una víctima.

El rostro de Alejandro, la mano derecha de Arquímedes, excede lo real interpretado en clave actual. La historia, entonces, muestra la cotidianeidad de los Puccio en los albores del gobierno de Alfonsín. Asistencia a fiestas de gente muy recoleta, comer en familia (todos a la mesa/silenciosos/mucho ruido de vajillas en on/la televisión de aquellos sinuosos 80’s, etc.), secuestrar gente, apretar a sus familiares con más de un puñado de dólares a cobrar, amasijar si la cosa se pone lenta, inaugurar un local de surf, ver los partidos de Alejandro en Los Pumas o saber si la hija menor hizo bien los deberes de inglés.

El lado silencioso/oculto de la esposa, Epifanía (Lili Popovich), una señora que sabe ser la esposa de un asesino, madre de dos hijos obedientes y dos hijas como Dios manda, explica mejor el encubrimiento.

El clan, en fin, no es una película más de Trapero quien se encuentra en la cresta de la ola con sus producciones cinematográficas. Antes, ese agua era distinto y de allí la exploración actual. Lanzado con Mundo grúa allá a fines de los noventa, un acierto en blanco y negro; o la historia que descifró con El bonaerense, en 2002.

Pasaron otras verdaderas joyas del cine argentino, como la road movie Familia rodante (2004), con una banda de sonido encarada por el mismísimo León Gieco (qué crack); la excelente y real Leonera (2009) al frente con Martina Gusman y el lanzamiento al mainstream de las salas de todo el país con Darín en Carancho (2010) junto a Martina Gusman y las formas que ya son una marca en Trapero: cámara en mano, corridas, ruidos de huesos partidos, frenadas, tiros y el toque flash de rematar las historias o la manera de asimilar con la cámara distintos paisajes.

Tres cuadras en una villa, sin cortes en otra con Darín y Gusman, como fue la discutida Elefante Blanco (2012). Una manera de hacer concurrir al público argentino que repite sin parar “no, yo no miro cine nacional”. Este tipo de tanques llaman mucho la atención, están mejor publicitados y prometen obtener algunos premios grossos.

Esto, hace que todo el universo mediático lo comente, lo profundice (con una serie como Historia de un clan, en Telefé; algunos libros recién editados, informes documentales, etc…) y el prejuicio se vaya desgajando y más bien se pronuncie: “Ah, está muy buena. Véanla”.

Por eso, el aporte al recuerdo no dejará de distinguirla como a una más. El clan acierta en demasiados aspectos. La banda de sonido le parte el cráneo a cualquiera que guste de relacionar lo que dicen las canciones y más: clásicos locales como Encuentro con el diablo (Bicicleta, 1980) de Serú Girán y ese sonido que trasluce los estilos esenciales de esos tiempos de democracia o el modo grito primal del rock bailable, con Wadu Wadu (1981) de Virus.

Se escuchan, además, Ella Fitzgerald, The Kinks con la humeante Sunny Afternoon, Tombstone shadow de Creedence o el siempre flotante Just a gigolo de David Lee Roth. Todas joyas que acompañan escenas de sangre, gritos de ayuda desesperados, llamados amenazantes, milicos en retirada, contactos de la SIDE; una gama de factores que no dejan de ser la marca de recuerdos macro de la idiosincrasia argentina.

Sobre el final, queda la impronta de Trapero: un cross a la mandíbula del espectador que si bien es una anécdota conocida, impresiona en toques del realismo propio del cine. Esto no es lo que parece.