Malvinas 3

Decime qué se siente

Por Félix Mansilla

«La guerra es saber que estás enfrente de la muerte, con temor y tristeza». Esas fueron las palabras del ex combatiente Jorge Pedrotti cuando lo entrevistamos para la edición de abril del año 2012. Catorce palabras que treinta años después son el espejo de un pasado gris. Pensado desde el presente las significaciones sobre la muerte, el temor y la tristeza son apenas una rebanada de eso que un chico con 18 años sintió en plena contienda. Lo más parecido que consideré a la banda de sonido de una batalla fueron las resonancias de la pared de Waters. Escribo y siento que la analogía es poco certera, con la salvaguarda de las distancias.

En pleno trance emocional —como resulta “entrar” en sintonía con esa mera creación de sentido en un recital— escuchar el sonido de bombas que parecen que te caen detrás de la oreja o el merodear de helicópteros o las luces que buscan un objetivo, no me trasladó pero sí resultó semejante a un miedo con la sensación mezclada dentro de la supervivencia en reacción humana: ¿Para dónde correr para escapar? Por eso, la suerte no es la misma para todos, porque ahora resulta casi inaplicable sostener algo tan poco receptivo como el motivo de una guerra.

A todas las cosas que me propongo contar las siento como flacas, lejanas de una desesperación que le tocó —sin opción alguna— a todos los soldados argentinos que fueron a poner el pecho en un literal “matar o morir”, como si esa polaridad contenga de forma precisa alguna explicación contenida en acción.

Por eso, llevarlo al plano personal —narrar todas o algunas de las sensaciones que se me envuelven en este momento— sólo me sirve para poder seguir reconfigurando la interpretación del significado de lo que fue “la Guerra de Malvinas”, así a secas.

La primera interpretación, la encuentro en el rewind a los años niños, cuando con mi hermano y los amigos del barrio “jugábamos a la guerra”, tratando de emular escenas de las películas de tiros que siempre pasaron y pasan en Telefé. Era jugar a que éramos soldados. Hacíamos trincheras, había explosiones y espíritu de equipo, cargando fusiles que armábamos con retazos de caños de plástico del archivo fontanero de mi viejo.

Eso y ver doscientas veces las fotos de unas revistas sobre la guerra, herencia de un tío abuelo que había comprado de la primera a la número cuarenta y dos, menos la tapa dura para encuadernar.

Para saber las cuestiones técnicas repasaba las infografías. Ahí, nos enteramos las mañas de los pilotos de aviones argentinos para burlar el curso de los misiles, con una maniobra de vuelco aéreo (los misiles del enemigo seguían el calor de las turbinas de los Mirage).

Recuerdo además, cómo los Sea Harrier ingleses podían apuntar sus turbinas hacia abajo, elevarse y quedar detrás de su adversario. Esas cosas de la pantalla, hacía que los sentidos de la ciencia ficción sean contemplados en cualquier mañana lluviosa en casa cuando faltaba a clases. Sumado a las anécdotas de Pedrotti, que siempre venía a cenar a casa.

Ahora recuerdo una, en la que de sobremesa contó —dejándonos a todos observando expectantes— en cómo una bomba que no había explotado reventó la espalda de un compañero o la anécdota narrada sin demasiado rencor como la de comer gaviotas hervidas.

A eso, puedo sumar el recuerdo del gordo Luis Cabrera, portero del colegio Comercial. Cada mañana nos recibía con algún chiste o muletilla que nos alegraba la entrada a las aulas y es acá donde viene la reflexión que motivó estas líneas.

En el documental “Malvinas, la posguerra” —realizada por GS producciones de Guillermo Sapienza— el gordo Luis también dice que después de Malvinas, en cada año nuevo lo asustaban los estruendos de los fuegos artificiales. Al igual que en la puerta del cole, el gordo suelta con la misma media sonrisa: “Mi placer es ir a pescar”. Quizá fue lo único que lo despejaba de todo el recuerdo.

(de la edición Nº 30, abril 2014)