Foto por Valery Simov

Del sombrero

Por Tomás Gui

Voy de sombrero caído, para que no desconfíen. Voy con algo más, pero no recuerdo qué es, sólo que lo olvide. Esperaba otra cosa. No importa. Hay que esperar. Siempre hay que esperar.

Mucho movimiento y muchos expectantes de hombro contra columna que no pueden bajar la guardia. No hasta dentro de seis meses. Por lo menos. Como mínimo. O más. Me olvido las cosas. Me cambio de lugar. Intento. Intento no llamar la atención. No. Pero me faltan cosas y salto en el tiempo y retrocedo otra vez.

Voy de sombrero aunque haga calor. Puta madre, me falta una letra. Saludo a la poesía que me mira y no puedo parar y sigue, en dos tiempos. Dos juegos.

El olor a orina inunda la ciudad, desnuda. Y con la muerte que no mata, pero acecha a lo lejos, sin sentido, porque no hay que hacerlo, sino serlo, y no hay más. Custodio mis botellas. Todos corren alegres. Alrededor. Hay pánico pero soy yo. No, no se puede mostrar. Todos impacientes excepto él. Ella. Y yo.

Voy de sombrero torcido y no queda más que esperar. Temo al detenerse. Las propinas son el vuelto. No se puede ser bueno todo el tiempo. Hay ilusión. De su mano va la decepción.

Voy de sombrero caído en mis infiernos con mil demonios. Pelirrojos. En cada hombro.

(de la edición Nº 36, octubre 2014)