Demasido ego

Demasiado ego

Por Félix Mansilla

El quía era el capitán de su equipo. Se le notaba la seguridad en su rostro, en la forma de moverse y tratar a los demás compañeros que parecían sus soldados. No sé por qué, pero siempre pensé a los capitanes como tipos a los que les sobra ego, que demuestran una tranquilidad que no tienen, hombres que señalan a todos, piden las faltas, charlan al árbitro y tienen el pecho inflado, la novia más linda pero el corazón reseco.

Por eso, mi lucha era bajarlos de ese cielo tan presumido. Éste en particular, desplegaba todas esas características. Íbamos perdiendo 2 a 0 a menos de diez minutos del final del primer tiempo y ya no me bancaba en cómo el tipo se había adueñado del partido. Retaba a su arquero después de cada saque y hacía pequeñas escenas de teatro frente al juez que parecía un tío más que un juez. A uno de los líneas lo trató de inútil sin recibir amonestación alguna, ni llamado de atención por parte del réferi.

El comienzo del segundo tiempo fue un respiro por el soplar del viento a nuestro favor. Entré frío porque en el descanso no me moví y me preocupé por cosas ajenas al encuentro. Ni agua tomé. Corrí hasta el vestuario a buscar el celular porque en el primer gol vi que el capitán se acercó a una chica que supuse su novia. Cuando todos festejaban en un corner él se acercó al alambrado y ella se paró para decirle algo.

Era una morocha, no flaca flaca pero con algunas curvas leves bien puestas, doble pechuga y unos lentes Ray Ban aviador que le daban un aspecto de promotora de turismo carretera. Así lo confirmé cuando entré al muro del vago para saber de quién se trataba. Pese a estar tan buena, comentaba sus fotos con puros “jijiji”, “besis”, usaba esas sonrisas con guiños (horribles) y megusteaba cualquier marca de ropa para muñecas de tevé o promociones de autos de alta gama.

Entonces, pensé en el lado flaco del míster —que en las redes no le devolvía un centro a la morocha— para desinflarlo. Eso, pensé, era una forma de ningunearla, porque ella le pegaba cosas en su perfil, pero el tipo nada, recio en la red. A juzgar por eso que vi a las apuradas, the captain sólo salía en las fotos con sus amigos, todos abrazados tipo rugbiers, camisas para zapatos y tenía fotos muy típicas de gente insegura: imágenes de vasos de fernet o cerveza con el aviso “así estoy”, del auto de papá brillando o con la pileta de fondo, pero nunca con sus tías gordas feas. En todos los comentarios que vi, el tipo se rendía a sus fans con cuestiones como: “Acá me mandé unos bifes con puré”. Sus fans: “Bien, Pablo” o “Qué rico, invitame nene” o “Saliste a mamá, Pablito”. Ni hablar de cuando colgaba una con una chomba nueva, donde a cada comentario, respondía: “Gracias. Más vos” o “No es para tanto” o “Gracias a tod@s”.

En fin, un inseguro que necesita que le digan que es lindo o lo bien que cocina. Un alto goma, además, tanto que el nombre de su perro —un caniche bobo sin gracia— era Lobito. Encima, sus publicaciones —bien para la tribuna— eran tan flacas como su lado débil. Cosas como: “Me re jode la lluvia” o “Qué ganas de que sea viernes” (un lunes) o una que me causó estupor, dirigida a sus fans: “Qué opinan del nuevo corte, gente?”.

No me faltó más para diseñar una estrategia que le arruine su confianza. El que usa el término “gente” se cree más que el resto de los mortales, es así.

La cuestión es que —con todo el prejuicio del mundo— decidí ir al hueso. En dos minutos, averigüé quién era la morocha. Martín, un conocedor de la noche, me dijo que ella estaba siempre en uno de los VIP del boliche. Que era de esas que salían colgadas de los hombros de esos que se parecen a muchas cosas pero no son nada, de esos que los rascás un poco y están vacíos. Entendí todo al toque. Ahí cerró toda la estrategia.

Le avisé a la línea de fondo que en cada pelota parada, cualquiera pero nunca de a dos, diga como si nada el nombre de la morocha, Valeria.

Con el viento de nuestro lado, jugando al piso, nos pusimos 2 a 1. El monster quedó descolocado cuando Naza se paró frente a la pelota en un tiro libre para ellos y le dijo al arquero gritando: “Valeria es la que va, guarda”. El rostro del capitán rebalsó en sangre y la mandó por encima del alambrado que medía más de seis metros. Sus compañeros se miraron sorprendidos. El ahora inseguro capitán comenzó a mermar en sus demostraciones de capanga.

Así nos pusimos 3 a 2, pero duró poco porque en un contraataque quedamos expuestos en la línea central y el 4 a 2 en treinta del segundo fue lo más parecido a sentirnos derrotados. Pese al viento las pelotas le quedaban todas a ellos. Hasta que me excedí. En un lateral cercano a donde estaba la morocha, hice un gesto de silencio a lo que la babe sonrió. Me dirigí al capitán.

—Vos la viste, eh…

Los de mi equipo hicieron un “eeeeh” que lo sacó del partido. Menos de un minuto después se ganó una amarilla con una patada innecesaria a George que nunca le pegó a nadie. Después, Lucas clavó un cabezazo que nos puso 4 a 3 a los treinta y cinco. En uno de los cambios me le acerqué y no paré de mirarlo a los ojos, con una sonrisa socarrona. En ese cruce, llegó el Pollo agitado como una monja y me dijo cómplice:

—Lo tuyo es para aplaudir. ¿Quién es esa morocha?
—Después hablamos porque éste se va a enterar ahora y no da, Pollo. No da.
—¿De qué hablás, gordo mamarracho? —dijo el capitán furioso como perro en la reja.
—De que se hace la tuya pero es de todos, gil —respondí como el dueño de una fiesta.

Se reanudó el partido. En un desborde por la derecha, Guido tiró un centro a lo wing de los viejos para que Naza ponga con otro cabezazo el empate. En ese partido pasó de todo. Quedamos con diez cuando en una contra Molina le hizo penal al 9. Antes de que el capitán se pare frente a la pelota, fui hasta Federico, nuestro arquero.

—Cuando te mire cagate de risa, miralo a los ojos, pero cagado de risa. Hacé una v corta en el aire y reite.
El quía se puso nervioso después de esos gestos y se quejó con el árbitro diciendo que estábamos haciendo tiempo con cualquier cosa. No podía de la calentura y la mandó por arriba del travesaño. Cuando Fede sacó, quedamos mano a mano y después de que pegara en el palo el remate de Mauricio uno de los defensores la mandó al córner. Faltaban, como mucho, tres minutos. Al capitán nadie le hacía caso ya. Gritaba, volaba de la bronca y miraba para el costado y no encontraba a la morocha que se estaba sacando fotos con los pibes de la tercera. Me acerqué y le dije, con el riesgo que me vuele la peluca de una piña.

—No la busques más. Mirala después en el Face, campeón.

Me miró con bronca y fue por su marca. En un rebote del arquero, el Vasco pateó al bulto. La pelota salió como enroscada, le pegó en el muslo al ex líder y la cambió de palo, haciendo que el score quede a nuestro favor. El árbitro agregó tres minutos que parecieron diez.

Creo que en ese tiempo mandé cinco pelotas al descampado, caminé como en procesión antes de sacar cada lateral y hasta le tiré un beso a la morocha. El triunfo nos hizo volver contentos a casa. Cuando llegué, me di otra ducha y acto seguido encendí la computadora. Me estaba secando mientras de fondo escuchaba los comentarios del entretiempo de un partido transmitido por la barra de Víctor Hugo.

Cuando abrí el Facebook, tenía la solicitud de la morocha, que no acepté. Me había dejado un mensaje que no respondí por tener códigos, que decía: “Qué le dijiste a mi novio? Decime, please. Besis”.

Cuento escrito para la revista  #DaleLAC