Z

Desértico

Por Catalina Encabo

Fueron a buscar a los caídos en la batalla del desierto y no encontraron nada, no encontraron a nadie, nunca —el efecto de la luz fue más rápido, con más astucia—.

Sin embargo, siguieron buscando, para así poder alimentarse de la derrota escrita en sus cuerpos. ¿A dónde habían ido? O ¿Quién se los había llevado? No comprendieron nada, el sol se reía. Ira. Los declaraba vulnerables. Sus bocas secas, sus cuerpos también. Llegaron a un charco, el sol marcaba las cinco. El agua no saciaba, aunque se viese en ella, como recuerdos vivos de cerdos místicos. Salían secos. Sol con gotas de sudor que, a paso funerario, caían al suicidio, a su evaporación. Refrescaron sus ojos, queriendo despertar, cancelar el trance, confirmar lo humano, pero no encontraron nada. Siguieron. El sol desde lo más alto los seguía observando. Se miraron entre ellos, se habían transformado, no eran más que proyecciones del mismo Morel. Aún no entendían.

Frente al desconcierto, se tocaron unos con los otros. Sintieron su propio humo, que el sol depositaba también en ese llano infinito. Vicioso. Disparador de espejismos. Ya no era búsqueda sino instinto y desconcierto animal. La poca brisa se entristeció. El horizonte no cambiaba su forma siempre tan miel y falsamente cordial. Una simple e incomprensible proyección. Parecían pasar, meses, años. Eran sólo minutos.

(de la edición Nº 38, diciembre 2014)