Gabriel Garcia Marquez, the Colombian writer and political activist, in Mexico City in 1976.

Editorial Nº 30: Los dientes de García Márquez

Colombia ni América Latina son las mismas después del fallecimiento de Gabriel García Márquez, el pasado 17 de abril. Las palabras pueden sobrar al momento de enumerar su extensa obra, pero nunca sobran si del recuerdo devenido en presente nos remontamos —una vez más— sobre un clásico.

Decimos un clásico porque no fue sólo aquel que junto a Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Puig, Viñas y otros tantos dieron a conocer los paisajes de América del Sur en eso que las editoriales dueñas del mercado en los años de la explosión llamaron el “boom”, una etiqueta demasiado pretenciosa que entre líneas fue la manera de mencionar a los escritores más leídos en su tiempo. Una mentira más grande que un monumento a las hazañas ajustadas a la venta. Nada de boom.

Derivado en escritor luego de trazar sendos caminos en el periodismo, García Márquez es ya una figura que trasciende su propia imagen de consagrado premio Nobel.

Sus textos hacen ver, reflotan el amor, se transfiguran en los horizontes cercanos al aroma de siesta, como el café en Mario Benedetti o el rocío de París en Cortázar. En sus dichos también se encuentra lo que en su narrativa: la simpleza al expresar.

En el libro Escritores descalzos de Rodolfo Braceli, el colombiano cuenta en la entrevista —realizada en septiembre de 1996— una anécdota que lo define en pleno vuelo cotidiano.

« (…) me acordé que esto es una especie de destino, porque en Barcelona vivía exactamente así, al lado de un colegio. Y un día los muchachos me mandaron a decir que estaban sacando un periodiquito y querían hacerme una entrevista. A mí me dio, por supuesto, una gran ternura… Y la primera pregunta que me hicieron es la mejor que me han hecho desde que me están haciendo entrevistas: “¿Cómo puede usted escribir al lado de un colegio?”. Quedé patinado».

Así tecleaba sus historias sin final. « (…) Yo siempre, cuando escribo, tengo las ventanas abiertas y entran ruidos y entran gritos y todo lo voy poniendo en la escritura. Todo eso me sirve para escribir. Todo lo que sucede es útil».

(de la edición Nº 30, abril 2014)