Masche

Editorial Nº 33/34: Volver al futuro

Por Félix Mansilla

Escribo a expensas de un resultado, de uno o más goles, quién podrá saberlo ahora. A casi un día de la final, sólo puedo asegurar que se trata de un sábado de lluvia en Salvador María. De fondo, en la radio AM, suenan melodías de muchas de las canciones de Creedence, en una especie de visita a esos discos perfectos. La más visitada por estos días que nos contienen mundializados por opción o sin ellas, no se le parece en nada: «Brasil decime qué se siente». En media hora arranca el match por el tercer puesto, muy a pesar de Lucho Van Gaal. Sin certezas continúo y pienso en el lunes. No en los deberes de mi trabajo, sino en cosas como «dónde comprar el diario», para tener ese cacho de Historia que es Argentina en una final y mostrársela a mi primer hijo varón algún día. Abandono un rato la pantalla de la PC. El primer tiempo de Brasil-Holanda finalizó 2 a 0. Mirado en la tele, parece irremontable un cambio en el score. Mucha gente, en su mayoría de casaca verdeamarella, se concentró en el estadio de Brasilia para despedir a su equipo o ver cómo salen a la cancha los derrotados por siete tantos a uno en los pies/cabezas del conjunto germano.

Todos los días desde el arranque del Mundial venimos escuchando/viendo/navegando por lugares que finalizan teniendo como excusa el rodar de la pelota. Móviles en vivo, comentarios de gente ajena a ese mundillo facilista (cualquiera puede hablar de fútbol; o mirando partidos o escuchando a los que opinan sobre el mismo), pero la pelota no se mancha, porque el fútbol es uno y mil a la vez. Por eso, el ejercicio es no pegarme esa idea de éxito berreta.

Hace poco llegaron a las escuelas dos libros sobre los Mundiales. Se pueden leer casi como a vuelo de pájaro: están escritos en un lenguaje versátil, corto y al pie, digamos, para conocer un poco más sobre esos acontecimientos que pueden lograr ser como una referencia más usada que lo que los lustros indican (además, nadie usa la palabra lustro que hace más de uno que está en desuso). Muchos, fanáticos o memoriosos increíbles, dicen que la vida se mide entre aquellas cosas que suceden entre un Mundial y otro. La idea, así medio pelada, parece salida de una mente arrollada a nivel neuronal, sumida en la recepción interior/exterior, arremetida por el “opio de los pueblos”.

En fin, junio/julio de 2014 va a quedar en los libros no sólo porque un seleccionado nacional volvió a disputar una final después de veinticuatro años, sino por la variación histérica del termómetro de la siempre bien ponderada fiebre mundialista.

Sin el Diego en las canchas ni en las butacas de los estadios, la cuestión desanima un poco. En el programa De zurda junto al gran VH, Diego está con las defensas bajas, pasivo, tristón. Corre una hora de cinta en las mañanas, calza esas camisas que sólo Pelusa luce sin ser ridículo (cual Pettinato con sus trajes tipo La máscara de Jim Carey, pero Roberto parece cada vez más pelafustán; huele a dinosaurio).

Masche

Instantánea para el recuerdo: Argentina y el pase a la final.

Ayer, viernes 11, charlaba con amigos sobre ese programa —acá criticado por falta de ritmo, pero lo más visto en América del sur (aún sin imágenes de los partidos, dispuesto por los in-jubilables de la FIFA)— que muestra al Diez de modo real, sin salir con los tapones de punta, esquivando el derroche de camorra por parte de sus detractores. Aun así, Diego puede inventarse. Magia una vez más. Simpleza: “Lo que ellos tienen es robado. Lo que yo tengo, lo hice laburando”. Huelgan las palabras. Diego habla del clan Grondona, a la FIFA, a partir de un twitter del hijo del ex padrino, tratándolo de mufa al creador del Gol del siglo. No entiendo cómo ciertos medios le dan espacio a esas nimiedades; no la de las cábalas, las mufas, el mote calzado sobre el cantante de los Stones (no se nombra aquí al Jacobo flash el saltarín por una cuestión de superstición pre-final) y a todas esas yerbitas mal pagas. Acá, el twitter no funciona como paralelo a “me lo contó un pajarito”, no, lo escribió un pichón de carancho. Un ave de rapiña que se defendió ante las acusaciones de hacerse de vueltos gruesos con reventas en el mercado negro do Brasil, con que confió en gente cercana y no sé qué más evasivas difíciles de creer si uno razona con la mente de un niño; ni muy seguro ni menos sorprendido.

Volviendo a los pájaros. Eso hice con Grandes anécdotas de la historia de los Mundiales de Guillermo Knoll: leerlo en cualquier parte, con pocos minutos o con pucho a mano alzada, antes de la campana o esperando el café. El autor repasa datos curiosos de cada una de las competencias desde 1930, con anécdotas de color, datos poco señalados mediáticamente. No anoté ninguno, por eso la memoria. En 1930 la FIFA permitió a los jugadores usar boinas durante los partidos. La razón: no lastimarse ni rasparse con los esféricos de aquellos años que llegaban a pesar lo mismo que un kilo y dos pancitos.

Otra, es la del juez también fútbol player que se comprometió a arbitrar la final Uruguay-Argentina con la sola condición de tener un barco a disposición después del pitazo final, por las dudas. Me produjo curiosidad saber de qué manera el autor narraría los episodios en donde la organización de los Mundiales traspasaba el contexto.

De manera informativa, ancla en los procesos de la Italia fascista de Mussolini, dando cuenta en que fue el primero de los campeonatos en ser usado como forma simbólica de aumentar el nacionalismo, ampliar el campo social a través de un evento de magnitudes precisas, grandilocuentes. Con la máquina de linkear mundialísticamente encendida, seguí Mundial a Mundial esperando llegar a Argentina 1978. Esperé que por tratarse de un libro auspiciado por el Ministerio de Educación iba a reparar en datos provenientes desde la mirada oficial.

Nada de eso. Knoll trata de ser objetivo sin mezclar ni escamotear en ciertos datos. La ESMA estaba a menos de 500 metros del centro del campo del Monumental. Activa información sin recaer en el modo simplista de la Historia dividida entre buenos y malos. Por eso, pasé por el Mundial de España 82, donde remarca el contexto del país atravesado por la guerra de Malvinas. Reí con las anécdotas de las cábalas de Bilardo y su comitiva en el 86 de ese Diego imparable.

Quería llegar a Italia 90 y el significado o la justificación del penal que pitó el mexicano Codesal. Claro, la pelota distrae, aliena. Cuenta el periplo argentino, las manos de Goycochea, los insultos de Diego cuando los tanos ofendidos con el astro silbaron el himno, la triste final y todo lo que se conoce. Pocos días después, escuché en la radio la opinión de un alemán que desde hace años vive en la Patagonia.

No recuerdo el dato, pero su camino se podría contar en una entrevista de revista Viva como la suerte de un extranjero que se hizo la América poniendo un restorán en el sur. No me acuerdo eso, de qué vive el extranjero, pero si reparé en su mirada testigo, con el campeonato obtenido por su selección en Italia 90. Ahí, contó que el pueblo alemán —caído el muro de Berlín, fin del las dos Alemanias— tras muchos años de historia, salió a las calles sin que se distinga un sentimiento político e ideológico, sino popular. Los festejos en todas las ciudades no contuvieron más que la alegría de gente que deseaba festejar. Fue la primera vez en tanto tiempo que los alemanes salían a las calles sin cargar con el estigma de su ideario nazi o el juzgamiento de haber sido testigos de una nación que desde las cúpulas del poder exterminó millones de vidas judías.

Todo, en el fondo, contiene al fútbol como argumento principal, como la punta del iceberg que es lo único que podemos ver. Pasa en Brasil, en sus calles. Kilómetros cuadrados de obras poco inteligentes, un vacío de medidas ecuménicas. Cemento a troche y moche, obreros aplastados, accidentes como rutina y vicios. Ahora que en menos de un día vamos a jugar la final, deseo estar a la altura de mis circunstancias o en mis maneras de pensar el éxito. Me quedo con el camino recorrido —paso a paso— o con la calificación final bilardista con la victoria como sea, ‘con de todo’. Espero el mejor final; abrazando a mi viejo, viendo llorar a mi vieja o esperando que mi hermano me suelte del abrazo partido o que las uñas de mi hermana no me rasguen cualquier parte de la piel.

La alegría que puede representar el fútbol y sus goles, no dejan de hacerme pensar desde aquello que atestiguamos todos desde la pantalla. Como los charrúas cuando después del Maracanazo se juntaban en los clubes a escuchar los relatos de la heroica abanderada por Obdulio Varela, el mismo tipo que selló el 2 a 1 para enmudecer Brasil y que luego de los festejos —como bien narra Galeano— salió por los bares y se sintió el culpable de tanta tristeza.

Ahí, comienzo a hacer una lista de las postales que alguna vez quisiera pedirle a un fotógrafo, cual jefe del diario donde laburaba Clark Kent: “Quiero que durante la final, retrates las reuniones de gente mirando el partido en cualquiera de estos lugares. Anote que no son quejas: geriátricos, hospitales, terminales, aeropuertos, estaciones de servicio, locutorios o cabinas de peaje”. Creo que de ahí puede resultar un excelente ensayo fotográfico.

Ojalá, ése día cuente con una flota de fotógrafos ávidos de instantáneas que serán un recorrido real, sin pantalla, con una imagen que nunca va a valer más que mil palabras. Seguro que la nota queda con dos viejos abrazados con bufandas celestes y blancas. Como el cielo, como el alma. Ah, Holanda quedó tercera. Clavaron un 3 a 0 a un Brasil sin respuestas, abucheado. Empiezo a imaginar las posibles tapas del lunes y me vienen ruidos en la panza. Ahora la historia es otra, pero qué orgullo, hermano.