Julio C 2

Editorial Nº 35: La memoria es un galpón

El 26 de agosto, Julio Cortázar cumplió 100 años. Visitarlo por primera vez se parece a la última, porque de alguna manera la vida se vive como dentro de cualquier creación devenida en sus manos hacia nuestros ojos.

Nos enredamos con el suéter, nos enseñaron a subir escaleras todos los días o nos convertimos en un fotógrafo que todo observa cuando en cualquier situación la mente dice sin expresar, pero se moviliza para volver a distinguir lo real de lo simbólico. Alguna vez, las cosas nos pasaron como en un cuento de Cortázar, es así. Después de ver una película, volviendo a casa o abriendo un libro. Su experiencia: «Me alegro de que cuando abro un libro lo abro como una especie de premonición de goce, de que todo va a estar muy bien. Y claro, si las cosas no salen así, bueno, abandono el libro o lo termino con una cierta decepción. Pero no importa, en ese sentido soy un gran cronopio… ¿te acuerdas aquello de que los Cronopios cuando viajan, aunque todo les salga mal siempre están convencidos de que todo está bien y que la ciudad es muy linda, y que a todo el mundo le sucede lo mismo y que ellos no son ninguna excepción? Bueno, a mí me pasa lo mismo leyendo».

Julio C 2
Recuperar o engordar los caminos de Cortázar, en su centenario, es un viaje de ida, pero al que se vuelve por necesidad o comentario ajeno. En esa tarea —sin dudas deseosa— aparece la forma en que la inocencia se precia por su goce certero.

Así, los pasajes se bifurcan de acuerdo a una de las muchas maneras de acercarse a la plena imaginación. Julio amplía: « (…) la literatura siempre fue un ejercicio lúdico para mí. No creo haber cambiado de actitud entre aquel niño que construía un meccano y se pasaba horas inventando una nueva grúa y el hecho de inventar un “modelo para armar” en la escritura. Hay una equivalencia en la que los años no han mordido. No me han cambiado en ese plano. La literatura como juego me parece el más serio de todos».

La infancia, entonces, en su modo de vivir, a veces, todas las veces o en un recuerdo, se funde para reciclarse como las nubes en el cielo limpio. «Siempre seré como un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que desde el comienzo llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y nel mezzo del camin se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo». Julio nos espera, siempre.

Una gota en el mar

J.P Feinmann en las líneas de su libro Timote: «Todos buscan la felicidad. Eso que nadie encuentra. Eso es muy fácil. Lo que a uno le toca, lo agarra y se resigna. Y al rato de resignarse ya le gusta. Y si se resigna en serio, le gusta para siempre».

No es el caso de Estela de Carlotto, firme en sus convicciones, sin violencia, a la espera que ya no es más, pero con el fuego de la lucha entre los brazos, en la mirada y en el reflejo de su legado —el más importante— ése que, ahora, es real. Un tiro para el lado de los que no se resignan, porque buscan y buscan y en una de esas, llega. Y si llega y se puede ver o sentir, se transforma en una manera más de dar amor. No ése amor de plástico o en las habladurías de los que lo malgastan o lo ven desde aristas alejadas del compromiso sanguíneo, sino aquel que se desparrama como las hojas que arrastra el viento de la sapiencia.

Las circunstancias del tiempo se encargan de hacer que las cosas no sean tan así como nos acostumbramos o de lo que renegamos constantemente. Los episodios tristes persisten encerrados en malos recuerdos o como parte de un río que contiene pasajes que conducen a la reflexión.

Aprender de la Historia es crecer. Las enseñanzas de aquello que quedó en el pasado puede ser un reflejo en el agua donde mirarnos para crecer. Agosto será una parte de la memoria celebrada, necesario para emprender perspectivas claves. Houllebecq, lo dijo mejor: «La vida no es tan difícil, sólo hay que pasar el trago».

Sin hundirnos en la resignación, podemos ver el sol, siempre. Si en las palabras se encuentra la meta de poder descubrir la paz o el amor en sus mejores versiones, el paso de los años nos hace un poco mejores y más fuertes. No dudaríamos en saber que si todo llega alguna vez, el mejor ejemplo de la épica real está en la nueva historia: el hallazgo —casi cinematográfico— del nieto de Estela de Carlotto, Ignacio Guido, es el ejemplo más claro.

Es ahí, en el instante de anunciada la noticia, en que cada uno de los que sienten, sonrieron y lloraron o se abrazaron con alguien. Semanas después, Ana Libertad. ¿No es bello pensar en cómo habrá sido ese abrazo de encuentro?, ¿No es mejor que estas cosas sucedan para poder saber más de ellas?, ¿Cuántas veces pensamos en que todo eso que deseamos no será nunca más?

Bueno, ahí llega una respuesta nueva: la esperanza es sólo un motivo para vivir, aunque esperemos y parezca que no viene. Ese reencuentro, demuestra que la memoria no se oxida y el camino continúa (al intentar).

(de la edición Nº 35, septiembre 2014)