Por NBM

Editorial Nº 36: Introspecciones en viajes certeros

Atravesar los espacios nos traslada a varios puntos de la imaginación. Esos modos de traslación tienen un claro sentido, sobre todo desde los rincones que atraviesan los deseos, siempre los personales.

Una vez, en una especie de monólogo anacrónico, Sebastián de Caro deslizó una metáfora envuelta de una certidumbre que no tiene práctica histórica y es meramente una figuración, donde el valor de las preferencias de nuestras especies dan cuenta de lo injustas que parecen las cosas.

Redondeaba más o menos así: «Un auto, tiene el precio que muchos no pueden pagar. El libro La isla del tesoro, en una mesa de saldos, está menos de veinte pesos. Ahí está el punto. La obra de Stevenson nos diferencia de las demás especies, explica la historia del hombre. El auto sólo sirve para desplazarnos a gran velocidad de un lugar a otro, nada más».

Siete de oro

Así se llama la obra del escritor ítalo-argentino Antonio Dal Masetto, de fines de la década de 1970, donde en formato reflexivo apunta las instantáneas mentales de una vida llena de viajes a la deriva. ¿Qué es viajar sino desplazarse a ciertos lugares? ¿En qué partes de la mente está ese dispositivo que quiebra la realidad cuando miramos desde la ventanilla?

A veces la esencia está ahí a la espera de ser reconocida en las cosas pequeñas. Dal Masetto, narra como inmerso en un pasaje de imágenes constantes, reproducidas en una pantalla con tomas como prendidas de una cadena tirada por un tren. Aquí, los retazos.

«No había más que eso. Y parecía increíble que fuese todo. (…) Solamente, muy escondida, esa expectativa que me acompañaba a todas partes: ciega, sin definición, calma y obstinada (…) Salí a la plataforma. No se veían luces, sino un horizonte incierto bajo un cielo que comenzaba a teñirse. Me colgué de la baranda y el coche del frío me atravesó la ropa. Soporté con los ojos cerrados. En el tumulto del viento y del tren pensé que también ésa podía ser una forma de felicidad. Pero al mismo tiempo respiraba en ese aire una certidumbre que me hacía mal. Me vi a mí mismo, despeinado, sacudido en la primera claridad. Me dije que nada había cambiado, que estaba como siempre, como había estado después de aquella temprana huida de casa, y quizás antes aun, y en todos los años que siguieron, durante los cuales no había encontrado una sola cosa a la cual sentirme atado, de la cual pudiese decir: esto es mío. Volvía, en resumen, a tomar conciencia de una condición que para mí era como la marca de un destino. También ahora me iba sin dejar nada atrás y partía quién sabe hacia dónde (…) Encaramarse a un camión, a un tren, a un ómnibus, beber la velocidad en la luz de las mañanas, decirse que siempre es bueno despertar y sentirse libre (…) Cerré los ojos una vez más y traté de preguntarme quién era yo, qué hacía, qué esperaba. Pero no encontré más que una luminosidad vacía, una confusión en reposo (…) Cuando realmente se ha ganado algo no se le vuelve a perder nunca más. Es como regresar a la infancia. Surge en uno la posibilidad de descubrimientos esenciales, se vuelve a crecer».

Foto de portada por Nico B Mansilla

(de la edición Nº 36, octubre 2014)