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Editorial Nº 42: Conversaciones con Mauricio Kartun

El dramaturgo y director teatral está surcando un año agitado. Pasa sus días comprometido en el desarrollo de su más reciente creación: «Terrenal. Pequeño misterio ácrata». Habla con la prensa, es premiado a cada rato y disfruta de contar así como los espectadores abiertos saborean el drama y el humor de sus maneras de encarar ese arte de poner el cuerpo y aparejar las metáforas.

Por Félix Mansilla y Nicolás Vassaro

Sus inicios con la escritura se dieron en las clases de Italiano en la Secundaria. Así, ganó un concurso de cuentos con 20 años y las señales fueron más que evidentes para saber por fin en qué terminaría aquello de sentarse a producir. Al comienzo de la charla, lo explica con un ejemplo aclarador.

“Me pasó lo mismo que sucede hoy con cualquier pibe que ve tele desde que nace. A mí me pasa a veces en los cursos cuando pido algún ejercicio y siempre el que lo escribió empieza a hacerlo simplemente porque lo tiene en la cabeza. Ha visto tanta estructura televisiva que sabe hacerlo aunque no sabe cómo hacerlo”.

De la relación con su hijo Julián (actor, cantante de El Kuelgue) y el despegue, dice mucho sobre qué cosas comparten: “Yo recuerdo cierto cine de aventura no infantil que de pronto empecé a compartir con mi hijo, entonces, que llegue el domingo y empezar a mirar qué película ir a ver, se volvía un programa interesante. Ya no eras el padre que llevabas al chico a ver una obra y te dormías mientras el pibe veía un espectáculo infantil. Después salías y podías conversarlo. Siempre nos acordamos que en el viaje de egresados de la Primaria de Julián llevó unos VHS para ver en el micro —acá en casa grabábamos todo de Cha cha chá— y volvió medio tristón y me dijo: “Papá, a nadie le gusta. No lo veía nadie. Los llevé al pedo”. Y yo le decía, “y bueno, hijo, a nosotros nos gusta”.

Por FM
Kartun: “Uno es el poeta que puede y no el poeta que quiere”

F.M.: ¿Qué hay de aquel joven que trabajaba en el mercado del Abasto?

Yo descubrí hace muchos años, afortunadamente, un concepto que suelo repetir que es que uno es el poeta que puede y no el poeta que quiere. Cuando empecé a escribir quería ser ‘como’ y, entonces, buscaba la manera de parecerme a, y un día descubrí que el placer estaba en no parecerme sino en valorizar aquello que para mí tenía prestigio interno más allá de que no lo tuviese para los otros.

F.M.: ¿Lo criollo y lo popular de tus obras viene de ahí?

Siempre me acuerdo que cuando escribía, allá por 1978, “Chau Misterix”, una de mis primeras obras que se trata de cuatro pibes de 10 años que están en la vereda de un barrio en San Andrés, mi barrio, yo le decía a mi maestro, Ricardo Monti, quien me insistía en que trabajara con mis imágenes que no me importara lo que escriba Bequet o Discépolo o Gambaro: “¿A quién le va a interesar la vida de cuatro pibes en el año 1958 en una vereda del Gran Buenos Aires?”, decía yo. Él me decía: “No pongas nada que creas que le va a gustar al espectador, es tu mundo”. Si alguien lee y me pregunta sobre Chau Misterix, le puedo decir de dónde salió cada palabra o cada imagen, porque le di mucha bola a mi maestro. Esa fue la obra fundacional de esta forma de hacer y entender la escritura. Yo la terminé y decía: “¿Quién la va a hacer?”. Todas las cosas que ahí cuento son cosas que me pasaron a mí de cuando era chico. Hoy, es mi obra más representada: la estrené en 1980 y hasta el día de hoy no bajó nunca de cartel, porque siempre algún grupo de gente la está haciendo en algún lugar del mundo.

N.V.: ¿Eso es gratificante, no?

Es gratificante y a la vez sorprendente, más porque no hago nada por publicarla y difundirla. Es como el agua que ha ido encontrando su lugar. Cuando yo descubrí esto, empecé a entender que la verdadera cantera era la vida que es también lo que leíste y no solamente lo que viviste, lo que te cuentan. La cantera es muy general, pero está hecha de tu vida. Hay algo del dominio en la escritura que yo tengo sobre estos personajes populares que no tengo sobre otros. Uno tiene una paleta acotada como cualquier pintor pero, obviamente, son los míos. Es ahí cuando uno efectivamente empieza a practicar aquello de ser el poeta que uno puede: crear con lo que uno tiene. Para mí no es intuición o una manifestación ideológica ni otra cosa que no sea escribir lo que me sale. Son, de alguna manera, personajes que tengo en mi imaginario. Reconstruyo universo de cosas que alguna vez conocí o a través de la literatura o de la vida misma. A mí siempre me da la sensación que eso es lo que va creando esa especie de hormigón que si no le ponés piedra se vuelve más arenoso. Los canto rodado en la escritura, son las imágenes que uno elige y es lo que crea solidez. Cuando uno descubre esto, empieza a mezclar con espontaneidad la dosis de cemento, que es el oficio, con la dosis de canto rodado que son las imágenes.

(de la edición Nº 32, mayo 2015)