Por Sara Facio

Editorial Nº 44: Borges nunca fue bebé

Superado el receso invernal, el paso de los días parecen apuntar hacia el desarrollo del calendario que se aproxima a un final numérico. Año bisagra el 2015. Los cambios.

En medio de esas expansiones, las efemérides abundan y avispan en cada click tal o cual recuerdo episódico, personal o angustiante. Hoy, todo parece estar a la vista de todo, pero depende desde donde apunten las manijas. En ese trajín, se cruzan los paralelos imposibles y aparecen casualidades, coincidencias y escapes fugaces.

En esos soportes, la calidad sin filtro se mezcla, reproduce el vacío o se emparenta a eso que —es inevitable caer en las redes, parece— se presenta como real/aparente, cuando en realidad depende de los modos en que se despliega su distribución informativa. Quién genera entonces el empacho noticioso. Nada es o todo se parece. En el mismo lodo todos manoseados o gustosos de pertenecer/ser/megustear.

Apartado de ese contexto, el cruce de vías lleva a dos recuerdos, a dos representantes de la generación de sentido, en todo sentido. Uno de ellos, el inabarcable Borges, llegado un 25 de agosto de 1899. Más tarde, el mismo día pero en 1933, otro crack: Alberto Olmedo.

Valen aquí algunas reminiscencias forzadas, ambiguas y caprichosas. La dimensión del universo Borges, entonces, puede ser tomado desde su impronta que jamás deja de ser una ficción, aunque anida en sus palabras escogidas algo de lo que en “Borges y yo” (en El hacedor), destaca en modo contundente: “(…) Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro”. Una forma de dar pie a aquello que refiere la psicología —la cantidad de descripciones del yo— del modo más subjetivo como el que pretende ser objetivo. Cómo salirse de esas páginas con mensajes tan profundos u olvidos tan entrañables.

En el Epílogo de El hacedor, se ataja —es, sin dudas, autoreferencial— pero no deja de hablar de sí: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

Olmedo

Olmedo: El otro, el mismo

“Cuando te quieren bien, se nota mucho”. En la última entrevista que dio Olmedo, definió así su universo vivencial con el público y sus cercanos. De algún modo —paralelo forzado— también el rosarino explicó con simpleza aquello que lo distanciaba entre el lado público y el privado.

Cuando remite a su forma de actuar o sobre las siestas de diez minutos antes de salir a escena, habla del otro Olmedo. “Cuando se prende la luz roja de la cámara, ahí viene el misterio. Es como que pasa un duende o Dios y me convierte en otra persona”, dijo a un joven Muñeco Mateyco.

Se puede, entonces, trazar el camino que lo arroja a concluir en lo diverso de un mismo personaje. Hablando en serio, Olmedo deja ver esa sonrisa pícara que lo inmortaliza, la imagen de su cara. Origen en la bella Rosario, apertura al mundo —de switcher a actor/humorista— hubo una música que, al igual que al escritor, lo trasladó a una forma nostálgica de escuchar el mundo: el tango.

Todo lo urbano en Olmedo —que ahora sonríe en avenida Corrientes— es parte del Borges (no el amigo de Álvarez) que alguna vez se preguntó en El testigo: “¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, qué forma patética o deleznable perderá el mundo?”. En esa dimensión que aparenta no ser, dos cracks con vuelo propio, bajo la misma estela temporal del nacimiento, se entretejen, se chocan aunque sin tocarse.

Todo el velo que sobrevalua y hace temerosa la prosa de Borges, se mantiene intacta en Olmedo. Esto no tiene nada que ver —se respira de igual modo— aunque las fechas y las supersticiones se acerquen. Nada ocurre porque sí. El mundo se arroja sobre universos que se trastocan si dejamos que se vean. Conviven allí, la Biblia, un calefón, diez selfies, tres protestas de inseguridad, el Burrito y la televisión. Así, nadar es posible. Nadie sabe cuál de los dos lee esta página.

Foto de portada: Sara Facio

Citas: “El hacedor”; “El otro, el mismo”, en Borges Obras Completas siete, Sudamericana, 2011.

(de la edición Nº 44, julio/agosto 2015)