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Editorial Nº 49: Lo tienes merecido

Alguna vez García —“pero no el de la guía”— escribió que “los dinosaurios van a desaparecer”. Quiénes son los dinosaurios, esa es la cuestión. No hace falta explicarlo demasiado, o sí. Son los que pertenecen, sin saberlo u orgullosos de ello, al mundo viejo —pero no el de los jubilados— sino el de aquellos que miran o miden la vida con las mismas respuestas de algo que fue (quizá, una verdad, de un tiempo), pero que ya no es hoy.

De todos modos, lejos de su extinción andan todavía y no es difícil saber de ellos o cruzárselos en cualquier vereda. No hace falta convertirse en Sherlock Holmes y hurgar con una lupa para toparse y verlos ser. Son los mismos que antes los convencía el orden y la limpieza, lo que se dice la “prolijidad”, sin más reclamo que ése: si no se ve la mugre, está limpio, no cabe duda alguna. Pero, a su vez, son de no fijarse quién maneja la escoba. Como si eso no importara acaso.

O son los que ante la duda dicen que no saben. Entonces, al que ignora o no sabe, da lástima condenarlo o caer sobre él. Pobre dinosaurio ¿no? Es como que le cuesta ir más allá, pero igual no se calla. Mete bocado y es peligroso, sobre todo por su gran número de especies y porque no ve lo que no quiere, desea lo que otros le muestran en la calle o en la pantalla, y compra, no en efectivo precisamente.

Ahora anda corto y le cuesta reconocer que se tragó un sapo. Pero miente, dice que no, no se quiere hacer cargo y ahí es donde su libertad dinosauria lo deja elegir. ¿Y qué elige un digno ejemplar dinosauril? Elige eludir, gambetear, reinventarse y repetir cosas tan graciosas como: “Nadie pensó que esto iba a ser tan así”. Ah, pero no dice lo que lo condena a que efectivamente los demás o algunos de todos los que para él son “los demás”, lo vean como a un dinosaurio.

Y los dinosaurios carecen de todo lo contrario a eso que ellos piden cuando se la ven fea para argumentar nimiedades, títulos o simples zócalos. Piden a gritos el sentido común, que de común tiene —además de una liviana legitimidad— eso que lo acerca a otros: gritar, implorar, reclamar. Algunos esperan ansiosos a sabiendas de que no van a estar más entre nosotros (algún día).

Sólo algunos ejemplares dejan de ser de la especie de forma pura. Son aquellos que conocen otra mirada y que ven que hay otras formas de observar cuando al vivir sin anestesiar todo con el mundo regido, con esa vara que mide y que piensa y se multiplica como en serie, sin fin: “No da guita, no sirve”.

Por eso, si le toca en suerte convivir o cruzarse a estos ejemplares que abundan, sólo piense en que algún día no los vamos a ver más. O porque los sentenció la ley de la vida o porque se pusieron una vez a pensar. Pensar, es contrario a dinosaurio.

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Merecer. Hace pocas semanas nos topamos en las tandas comerciales de la bendita tevé con el spot de Chevrolet de la meritocracia. A un lado de todo lo tilingo de la publicidad, el comienzo no puede ser más berreta: “Imaginate vivir en una meritocracia”.

Ni lerdos ni perezosos los pensadores de dicha narración dieron en el centro de lo que respiramos en estos días de cambios. Premio al que se esfuerza. Ok. A simples rasgos qué puede tener de malo en difundir la idea de que si nos esforzamos entre todos la cosa va a andar mejor. Bien, qué bien. Hasta ahí, es como que convence. Esfuerzo es igual a logro.

Cuánta verdad, percibe el distraído. Lo mismo con el cambio en la denominación de los aplazos escolares. Escuchado medio de coté parece lógico, pero si hay algo que contiene eso de merecer, es una opción ineludible como la otra mirada o mejor dicho, la mirada de los otros.

¿Cómo podrían entenderlo mejor aquellos que son de la idea de que si alguien no aprendió “debe repetir”, debe ser un aplazado? ¿Ahí se acaba la cuestión? ¿Con una denominación a través de números que sólo puntúan? ¿Cómo se puntúa tal o cual proceso? Sin dudas, la idea expresada sobre que “es un premio al mérito individual”, etc.

Los sinónimos de mérito que lanza Word, además de una simbología cercana al capital, arrojan: lograr, ganar, alcanzar, obtener, conseguir, valer, vencer y beneficiarse. Todo eso para que algún otro observe y vea que se hizo algo.

Entonces, vale preguntarse quiénes son los que califican los méritos. En esa ensalada, aparece una publicidad que habla, entre muchas cosas, de cómo lograr el éxito, tan inalcanzable que el protagonista del aviso nunca deja de correr.

Parece que el mensaje que abunda desprende aromas, entre líneas, que retóricamente sin aparentar dicen como sin querer: “sólo llegan los que dicen sí se puede, los que no miran ni para atrás ni para adelante (ni miran)”.

Esos que repiten como en afrenta a lo que no se ve pero se respira. La víctima que festeja la quinta gatillada en falso pero no se acuerda (o no sabe) cómo puede desembocar el final menos esperado.

(de la edición Nº 49, abril/mayo/junio 2016)