Por Matteo Di Nicola

El amor según Proust‏

Por Mujer Montaña

Aunque Proust nunca escribió un libro especifico sobre el amor, es posible encontrar un correlato entre sus ensayos, novelas y correspondencia una elaborada teoría sobre el amor.

El amor, el deseo, los celos, el desamor, son para el autor, una invención del que ama. Una mera construcción mental del amante, donde no sólo inventa al ser amado, sino que además es el resultado de una proyección. Una abstracción materializada en un ser único, concreto, de cuerpo preciso. Uno transfiere sobre otro de manera voluntaria, por elección y gusto todos sus pensamientos de amor. Ahora bien, la invención nace del deseo de amar.

A este deseo, le sobreviene la experiencia de enamorarse, hacer de un roce, un encuentro casual, una mirada, el desencadenamiento de una compleja red de sensaciones, afectos, pensamientos que constituyen finalmente el amor.

Entonces, el amado produce la chispa y el amante pone en marcha un mecanismo que se alimenta de su propia dinámica y no necesita la participación del otro. El deseo es su fuerza impulsora, su punto de partida.

Ahora viene lo más interesante, el hecho que sea ficticio no implica que no sea doloroso. Aquí está la genialidad de la mente, la posibilidad de crear escenarios que nos producen satisfacción o dolor por igual. El amor produce sufrimiento real. Y adicción. El sufrimiento no impide que el amante lo busque y lo desee por encima de cualquier cosa.

Por tanto quien hace sufrir también puede traer la calma. “Acaso es necesario que los seres sean capaces de hacernos sufrir mucho para que, en los momentos de remisión, nos procuren esa misma calma sedante que nos ofrece la naturaleza” (La prisionera). El amor, por tanto, consiste en la búsqueda desesperada de algo que es por definición imposible.

El intento de poseer a otro ser es una quimera que solo lleva a la esclavitud mutua, a los celos y a la mentira. El secuestro del amado es la desesperada pero irrenunciable conclusión del amor. “Solo amamos lo que no poseemos”, haciendo por tanto que la fuga del amado le devuelva la pasión al amante.

La realización del deseo significa su muerte. El deseo busca satisfacerse, pero sólo se realiza cuando ha dejado de ser. El amor no da felicidad, sin embargo, es una extraordinaria e irreemplazable fuente de conocimiento del mundo y de uno mismo. Si se ama, se sufre. La solución que tarde o temprano nos alcanza, es el desamor. Con el amor muere algo de nosotros mismos, pero también nos permite renacer.

Texto inspirado en “Cinco lecciones del amor proustiano”, Estela Ocampo, Siruela, 2006.

Foto por Matteo Di Nicola

(de la edición Nº 43, junio 2015)