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El cambio regional

No podemos dejar de insistir con el aniversario redondo de nuestra Independencia como una excusa para hablar de los cambios que se dan en el tiempo y en la región en la que vivimos. Por Mauricio Villafañe*

No hay proceso histórico trascendente que se limite a las fronteras nacionales: la propia lucha por la independencia, como bien lo demuestran las campañas político-militares de San Martín y Bolívar, fue un fenómeno regional.

Por extensión, la actual avanzada de la dependencia en América latina también es regional. Que la derecha se haya hecho con el gobierno en la Argentina no es casual ni aislado sino que se relaciona con el relanzamiento de la histórica (pero actualizada) estrategia de EE.UU para esta parte del mundo. Nos dedicaremos a la situación de Venezuela y de Brasil y veremos, a continuación, cómo las oposiciones de ambos países intentan acortar los tiempos constitucionales con golpes de nuevo tipo.

El “cambio” llegó a estos países y pueblos hermanos y lo están experimentando trágicamente al presentar una explosiva situación de inestabilidad política (la suspensión y el juicio político a la presidenta Dilma Rousseff y el referéndum revocatorio sobre el mandato del presidente Nicolás Maduro) que no hace otra cosa que desembocar en un peligroso clima destituyente y condicionante del orden democrático.

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Dilma Rouseff en sus jóvenes años de lucha.

Resuenan acá las palabras del canciller ecuatoriano Guillaume Long cuando asegura que los países progresistas de la región ven amenazada su democracia por los embates de la derecha y cuando asegura que la defensa de la democracia es a través de los organismos de integración regional como lo es UNASUR.

La desestabilización e inestabilidad se combinan con el desgaste de estos gobiernos y con la crisis económica internacional. La baja del precio del petróleo en particular y de las producciones primarias exportables en general, quita recursos a las economías latinoamericanas, afectando el alcance de políticas públicas destinadas al sostenimiento del empleo y a medidas de seguridad e inclusión social al tiempo que recrudece la conflictividad social.

Obama

Obama, dudoso “Nobel de la Paz”.

El círculo vicioso se cierra con la estrategia imperial mencionada más arriba: la firme voluntad yanqui de recomponer el bloque regional de acuerdo a sus intereses geopolíticos y comerciales (el viejo anhelo de la Doctrina Monroe de “América para los americanos” actualizado por la ALCA) dado el surgimiento de un mundo multipolar que presenta la consolidación de nuevas potencias como Rusia y China.

La irrupción de Hugo Chávez en Venezuela y en América Latina a principios de este siglo fue uno de los pasos trascendentales para la integración de la Patria Grande. Su muerte y la sucesión fueron señales para un imperio que, agazapado desde el “¡ALCA, al carajo!” que le lanzó Chávez y los pueblos sudamericanos en el 2005, volvió a tomar impulso. El hombre fuerte de EE.UU en la región y ex presidente de la vecina Colombia, Álvaro Uribe, pidió al Ejército venezolano ¡Que derrumbe a la “tiranía” para así evitar la intervención de una fuerza extranjera!: un desatino encadenado a otro que evidencia una inadmisible actitud golpista y abiertamente pro-EE.UU.

La campaña mediática internacional de desprestigio se aceleró, la “guerra económica” combinó (y combina) inflación y desabastecimiento y la violencia orquestada por los golpistas volvió como recurso político al centro de la escena. Vale recordar las manifestaciones de la oposición como intentos desestabilizadores; por ejemplo, las que ocuparon las calles a principios del 2014 dejaron 43 muertos y, como reacción de la justicia constitucional, la cárcel para uno de sus instigadores, el dirigente opositor Leopoldo López.

Las elecciones a la Asamblea Nacional, a fines de 2015, determinaron la victoria de la oposición nucleada en la mesa unidad democrática y desde ese poder del Estado han mostrado todas sus cartas y así han avanzado en la senda del “cambio” por dos líneas bien claras: la ley de amnistía para los responsables de las “manifestaciones” de 2014 y el pedido de un referéndum revocatorio del mandato del presidente Maduro.

No son objetivos menores ya que no nacen de la pequeñez de la oposición venezolana sino que ella actúa como correa de trasmisión de los intereses de EE.UU. Éstos necesitan el petróleo venezolano y para ello necesitan la caída de Maduro y del chavismo como proyecto continental de integración y soberanía.

Se viven horas de extrema gravedad en Venezuela antes estos intentos desmesurados de la derecha; a este servidor no le convence ni Uribe ni la neutralidad así que por lo tanto apoya al gobierno de Maduro pero, más allá de eso, apoya la estabilidad de la democracia en la Patria de Bolívar que es, a fin de cuentas, la estabilidad de la democracia en la región.

Brasil
A Dilma se la juraron desde su reelección. Los sectores políticos y económicos más concentrados de Brasil buscaron socavar su gestión, en primer lugar, a partir de infundadas denuncias de “fraude”. A continuación, dieron rienda suelta a la desestabilización lisa y llana con la causa Petrobras.

Vaya designio de la historia: la “corrupción” como bandera de moralidad de sectores ligados históricamente a esa práctica; sin embargo, hay que reconocer que es una asignatura pendiente de los sistemas democráticos latinoamericanos en general y de los gobiernos populares, en particular. No se puede permitir un ladrón más en la gestión de los bienes y servicios públicos y privados como tampoco se pueden permitir asociaciones de contratistas con el Estado que evaden impuestos y fugan y lavan dinero.

Volviendo a Petrobras, fue y es una causa que salpicó (y más que eso) a buena parte de la dirigencia política y empresarial del vecino país pero, en la desmesura de la estrategia imperial que ejecutan cual fuerza de choque las derechas criollas, se la adjudican y cargan en la cuenta del partido de gobierno. El objetivo sigue siendo el mismo: horadar la legitimidad constitucional y popular del PT, de Dilma y de Lula para así poder hacerse con los resortes del Estado.

Eso significaría, para los poderosos de siempre, poner a la plataforma petrolera marítima brasileña a disposición no ya del pueblo sino de las corporaciones nacionales y trasnacionales que son conducidas por la estrategia que no nos cansamos de denunciar. 

La amenaza de un golpe de nuevo tipo (institucional-parlamentario) a través de la suspensión y el juicio político a la Presidenta es una amenaza que no pesa sobre un partido o una persona sino sobre la voluntad popular. Tras el golpe, ha asumido interinamente en Brasil un oscuro personaje: Michel Temer, denunciado como informante de la CIA por Wikileaks.

También tenemos al diputado (junto al hombre fuerte del norte), Jair Bolsonaro, votando por el sí al juicio. Lo que llamó la atención fue su dedicatoria: pidió por su familia (?) y “saludó” la memoria del torturador de Dilma cuando estuvo detenida por la dictadura de su país (1964-1985). Quien escribe y firma hace extensivo el apoyo a la presidenta, a Lula y a la democracia brasileña frente a la desmesura de las desembozadas conspiraciones de la derecha.

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Jair Bolsonaro.

Las mentiras vertidas desde el norte están minando la integración latinoamericana que supimos construir. En el libro “Argenleaks” de Santiago O´Donnell (2015) se recoge la “presentación” que hace Macri de su fuerza política-gerencial en 2007 ante la Embajada de las barras y las estrellas: “Somos el primer partido pro mercado y pro negocios en cerca de 80 años de historia argentina”.

¡Cuando el ingeniero dice eso se está referenciando con la década infame, época sin igual de entrega y fraude al pueblo! Mezcla de ignorancia, revanchismo y cinismo, este ejemplo sirve para ilustrar la dependencia intelectual y estratégica de la derecha latinoamericana respecto a los dictados de EE.UU.

La conexión entre el “cambio” del Pro en Argentina con las situaciones regionales que intentamos comentar es clara. La región está amenazada por una estrategia de dependencia y la lucha que declama la derecha no es contra la “corrupción” ni contra el “narcotráfico”, sino contra la independencia que América latina levantó y levanta ante los libres del mundo, tanto desde el esfuerzo de sus pueblos como desde la voluntad política de proyectos antineoliberales de transformación, integración e inclusión que emergieron con el siglo XXI.

Se desvela la derecha queriéndonos convencer de que con sus sinceros sinceramientos sincericidas vamos a entrar en el nuevo siglo; eso ya lo hicimos y lo hicimos en unión, en libertad y con dignidad. Sabemos que no pasaron en vano 200 años de la puesta en marcha de un proyecto de Patria Grande en América del sur, ya que 200 años no son nada cuando se trata de nuestra liberación.

*Lobense. Profesor de Historia UNLP.

(de la edición Nº 49, abril/mayo/junio 2016)