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El vivo de León

Crónica de un sueño es un libro de anécdotas y un pasaje a revivir todas las aventuras de un músico a quien el paso de los años no lo oxida, lo conserva. Por Félix Mansilla

Cuando nos topamos con la historia de un músico de la talla de León Gieco, ése universo atravesado por canciones, gestos y vida, hace repensar los caminos de esa idea juvenil de andar con una guitarra al hombro allá en los setentas. Nació en Cañada Rosquín, creció en una familia con mucho amor y enseñanza, pero con algunas cuestiones que el propio León narra sin rencor en al periodista de rock Oscar Finkelstein. Se leen historias medio tristes, en donde aparecen los recuerdos de los vicios de Onildo, su padre, o las ocurrentes reuniones en familia en el campo con tías y primos.

Con solo 9 años, el aniñado León trabajaba para pagar todas las cuentas arrastradas por su viejo. Lo hacía orgulloso, le encantaba ir a pagar, sentir ese honor. Salía al mundo mejor preparado. Para ganar hay que saber perder y para llegar, esperar. Antes de salir para la Capital, Onildo le sacó presión a todo. “Andá a Buenos Aires, pero no cometas ningún error. Si no tenés plata, te venís otra vez para acá, laburás un poco, te ganás unos pesos y te vas otra vez para Buenos Aires. Pero no robes, no vayas a meterte en ninguna cosa rara porque de última la vida es larga y acá siempre vas a tener tu casa para regresar cuando quieras. Y volver a intentarlo”.

Así fue, llegó a la ciudad dispuesto a comerse el mundo. En los primeros capítulos se explaya en la memoria, cuando cuenta que junto a su amigo Horacio exploraban los rincones de hormigón porteño y pernoctaban en mugrientas pensiones del centro. “La onda era resistir. No se nos cruzaba por la cabeza la idea de volver al pueblo sin haberlo intentado todo. En realidad, por orgullo jamás íbamos a regresar a Cañada”.

León

En esas mismas experiencias y en el recuerdo, León se lo dijo a Fernando D’addario en revista Rolling Stone Nº 89 en agosto 2005, trazando un claro paralelo con su exilio durante la dictadura: “Cuando llegué a Buenos Aires adelgacé veinticinco kilos. Comía lo que podía y cuando podía. Después, en Los Ángeles, cuando nos tuvimos que ir del país por las amenazas que recibía, volvimos a pasarla mal con Alicia y Lisa, que era un bebé. Me aparecí con mi Disco de Oro, enmarcado, buscando trabajo de cualquier cosa. Y no me daban nada, porque pensaban que era un delincuente que me había escapado de la Argentina. Vivíamos con dos pechugas de pollo por día. Por eso, si ahora nos estamos tomando este Syrah, bueno, está bien: ya me tomé muchos tetrabricks en mi vida”.

Es entendible saberlo experto en todos los puntos de la senda que fue apilando. Hace poco, en RS de marzo, evocó su ‘primer gol en Primera’. “Había un productor de Music-Hall que se llamaba Giacomo que lo escuchó y le interesó, y eligió «En el país de la libertad» para mandarlo a las radios, a ver si pegaba. Yo trabajaba en Entel, y me acuerdo que tomé un taxi porque llegaba tarde, y en Callao y Corrientes escuché en la radio del taxista el tema, entonces le dije: ‘Páreme acá’, bajé y no fui nunca más a laburar”.

Con los años, las luchas, las rutas y los amigos, Gieco construyó ese personaje que siempre se vinculó con causas justas. Finkelstein, revisita un sinnúmero de declaraciones en los medios que lo explican mejor y se puede revisar la coherencia que constantemente lo destacó hasta hoy.

Acerca del boom de «Solo le pido a Dios» y su esencia personal, en los años del despertar democrático declaró: “Yo no tengo por qué guiar a una masa de jóvenes a que voten a un tipo porque yo lo haga. No quiero ser un señalador de ideologías, quiero ser un cantor (…) Me emociona tanto tocar con Mercedes Sosa como con un tipo que vive en medio del monte en Santiago del Estero y al que sólo yo conozco porque me alcanzó un demo para que lo escuchara. Esta es mi trayectoria”.

Una cita de Gabriel Plaza, en La Nación, lo describe a la perfección: “Gieco aparece en el escenario invicto de todo, recibido como un héroe de la clase trabajadora, capaz de reunir a generaciones de veteranos y rockers con piercings y tatuajes, a correntinos amantes de chamamés y porteños alimentados a base de Charly García y Redonditos de Ricota; a militantes de los años de plomo y a sus hijos que nacieron en democracia”.

Los años se le notan en el blanco de su pelo crespo, aunque ni uno de tonto anacrónico hospede. Sobre la piratería, a principios del año 2000, comentó seguro: “Intercambiar archivos de música sin autorización de quienes participaron en su creación es ilegal. Y si esta práctica continúa, en breve destruirá nuestras posibilidades de hacer y de disfrutar de la música. La piratería daña todo el proceso creativo y la fuente de trabajo de muchas familias. En cambio, si empezamos a usar sitios de Internet en los que se puede acceder a la música en forma legítima, podrán surgir nuevos puntos de encuentro entre la música y el público, y así estaremos incentivando nuevos artistas y compositores”.

Sobre la información derivada del universo Internet, deja en claro su postura sin muecas o poses, al acentuar que “el problema ahora es que hay demasiado volumen de información y poco tiempo para absorberla y menos tiempo aún para escuchar música. Yo llegué hasta Pearl Jam”.

En cada abrazo sobre las molduras de su pensamiento, León jamás abandonó las luchas, pese a que en el comienzo lo hacía en solitario. “En el rock, durante muchos años estuve bastante solo con la cuestión de los Derechos Humanos. Ya en «Rock hasta que se ponga el sol» canté «Hombres de hierro». Durante la dictadura, cuando iba a los pueblos y mencionaba a las Madres, todos se escondían debajo de las sillas. Ahora las nombro y me ovacionan”. Este es el bien apodado León. El de aquellas canciones que no paran de nacer.

(de la edición Nº 41, abril 2015)