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Entrevista a Caro Medina Virces: Todos estos años de gente

Con 75 años recién estrenados, Caro tiene un montón de cosas para decir, para contar. Por eso, mantuvimos una charla sobre sus días de lucha, el encierro injusto y lo que desde siempre acompañó su manera de expresarse en el mundo material: con versos de carne y hueso.

Texto: Félix Mansilla. Fotos: Nico B Mansilla

“Felizmente yo salí entero y sin rencor. Fue un poco la ayuda de la suerte”. Ya pasaron más de treinta y cinco años. Alguna vez, Caro Medina Virces (75) fue un preso político, el número 687 para los carceleros y en los papeles de escritorios arrumbados.

Sobrevivió a un sinfín de penurias, en una celda gris, con tres cacharros y un calentador a kerosene. Cuando no, cagado a palos o ido a la fuerza, pero sin dejar a un lado la esperanzas. Así, durante más de cuatro años, sin salir al sol, sin ser libre pero con destellos de libertad, la interior.

En pleno avance de la dictadura fue detenido por ser un militante político. Repartía sus días entre Lobos y Capital Federal, donde era letrista —herencia de uno de todos los oficios que desarrolló su padre— en la sección prensa del Teatro San Martín desde los tiempos del interregno camporista (mayo/julio de 1973). Con la memoria intacta sobre lo que describe como “momentos en donde se respiraba una inmensa libertad”, su recuerdo ya no duele tanto.

Su impronta, el modo de encarar la vida y el acompañamiento de toda su familia, lo condujeron a un solo estado (modo válvula de escape): la poesía. Ahí reproduce reconocimiento y acción. En el decir, entonación. En sus silencios, una viva contemplación del mundo metaforizado.

Como en un dejo de sensaciones, Caro relata: “Estábamos en la casa de mis padres de visita, con mi señora y cayó la policía con el ejército y me llevaron. Rodearon la casa primero, y me llevaron. Al poco rato hicieron lo mismo y se llevaron a mi viejo. También estaban detenidos Pachamé, Sobrero, Delfino. Éramos como ocho los detenidos, pero yo no los vi, lo supe después, por mi padre”.

En toda esa vida que desde el presente rememora sin pena, el andar de sus palabras contiene un ritmo, un decir atravesado por versos pacientes, sinceros pero no tibios y con sabor a coplas. Ahí, todo se huele, se percibe.

Pronuncia y no deja los detalles de lado y, en sintonía con sus letras, retrata un universo en donde habita el sentir: “El sílice sencillo de mis versos”, se autodefine en hojas de papel. Y fue la poesía, entonces, ese impulso superior en el que Caro Medina Virces expresó y expresa muchas de sus sensibilidades.

La poeta y profesora de Historia, Ana María Pedernera, en el prólogo de “Versos de carne y hueso” (2002), lo revela a la perfección cuando apunta que en el libro y en la poesía de Caro, “se puede entrar al mundo de estos versos de la mano del hombre despojado; la inútil materialidad no está invitada”.

Por eso, la inútil materialidad se vuelve poesía en estado presente y permanente. En el poema “Afortunadamente”, CMV deja caer versos que se entonan sobre el cotidiano mediatizado de siempre.

“(…) el arma homicida/es no convencional/a veces/una cámara/a veces una radio/a veces un periódico/pero siempre/la misma noticia disfrazada/siempre/el mismo balazo/en la cabeza de la gente/la misma hoja/gastada/en la garganta”. Mientras esperamos: “Mientras esperamos/la Revolución/la gente se nos muere/nosotros nos morimos/ y la gente se muere/porque el hambre no espera/porque el frío no espera/y por lo que tardamos/ son hombres/son mujeres/son niños inocentes/y viejos achacosos/ somos tú/yo/nosotros/re-vo-lu-cio-na-rios de papel”.

Al referirse a sus composiciones y al comienzo de búsqueda de ese canal creativo, Caro vuelve sobre sus pasos, al indicar que fue apareciendo “desde joven, no desde chico. Era una cosa como que estaba latente, pero no asomaba. A veces hay ciertas cosas en la vida que te impulsan y provocan creaciones y salen afuera”, asegura.

La propuesta es conocer algo más sobre el hombre y el poeta.

¿Qué hechos de tu infancia crees que hicieron que te interese la poesía?
Mi gran formador fue mi padre. Un hombre curioso y emprendedor. Recuerdo que con mi hermano, en aquellos años, nos gustaba mucho leer las revistas. Muchas, como unas mexicanas que venían en aquella época. De alguna manera nos enterábamos de cosas que no conocíamos, nos interesaba la lectura. Después, de más grandes, cuando hablábamos con los otros muchachos de política teníamos que saber, tener una base. Eso, era un incentivo para la lectura; en otros campos no muy literarios, es cierto, pero era un espacio para la lectura.

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¿Cómo era tu padre? ¿Qué ejemplos les inculcó?
Ya cuando habíamos terminado 6º grado, mi padre me dice de crear una agrupación. A él le gustaba tener relación con la gente joven y tiraba ideas, como la de formar un club de ciencias y artes. Hasta había pensado que llevara el nombre de algún científico argentino. Fue Florentino Ameghino. Y así surgió y formamos el club con domicilio en la Biblioteca Capponi, allá por 1956. Su idea fue crear una especie de escuela de artes y oficios y le ofreció a otras personas brindar sus conocimientos. El venía del pensamiento socialista, por eso se brindaba siempre. Entonces, unos enseñaban carpintería, otros letras y así. Mi viejo, física y química, recuerdo. Armó un lindo equipo de laboratorio. Él ha sido fundamental en mi formación y orientación. Sé que no he salido como a él le hubiera gustado. Cosas que con el correr de los años a uno lo dejarían más tranquilo, pienso.

A cuatro décadas del golpe milico: ¿Cómo afrontás tu memoria con ese pasado?
Yo estuve detenido en la época de los milicos y eso es una cosa muy fuerte, porque no sos solamente vos. Es decir, vos sos la carne, la parte que recibió el dolor de la tortura, el secuestro, la desaparición, pero detrás, está la familia. Yo tenía a todos mis hijos ya. Tenían todo planeado.

¿Por qué decidiste ir a hacer tu camino a Buenos Aires?
En el año 73, estaba difícil la cosa, no había laburo, ya no teníamos la farmacia familiar y decidí irme a Buenos Aires. Me quedaba en la casa de una hermana de mi señora. Por haber sido amigo del Negro Del Buono, a mí el teatro me cautivaba. El teatro es todo: ahí sos hombre orquesta. Eso a mí me gustaba mucho. Me tiraba el teatro. Tenía la necesidad de estar en el ruido, así que me fui a Capital en el momento en que había ganado (Héctor) Cámpora (1973).

¿Cómo fue atravesada tu juventud en los años 70?
Esos días fueron un redescubrimiento para mí. Fue la liberación, un cambio tremendo. A punto tal que puedo decir que viví momentos de libertad, al igual que con la presidencia de Alfonsín y las presidencias de los Kirchner. Esa época me marcó. El teatro hizo que buscara la forma de ingresar en ese ambiente. Quizá las cosas no salieron como pensaba, pero intenté. Hacía algunos trabajos con mi oficio de letrista. Mi cuñada me contactó con una conocida que era productora de televisión y conocía a mucha gente. Con el cambio de gobierno, hubo nuevos nombramientos. Ella conocía a un amigo que fue nombrado presidente del teatro San Martín. Le contó mi historia y le dijo que fuera a verlo. Fui y me ofrecí como letrista. Llevé una muestra de unos trabajos hechos por mí y al otro día quedé. Fui a la sección Prensa del teatro, donde preparaba las carteleras.

¿Influyó ese contacto con otro/as con miradas distintas a las que había en pueblos como Lobos?
Esa era gente que tenía otra visión de la política y de todo. Y en aquellos años yo estaba convencido. Por inexperiencia o equivocación, yo lo comenté acá en el pueblo y rodearse de gente que pensaba distinto fue un revuelo bárbaro. No faltó quién me habrá marcado y bueno, cuando dieron el golpe, eso me jugó en contra y me llevaron de los fundillos, estando acá en Lobos. Yo había venido el día anterior y ya los diarios hablaban que se venía el golpe. Y estuve preso cuatro años y medio. Las denuncias eran jodidas. Yo caí con el ejército y en la volteada cayó mi padre.

¿Cómo reconstruís desde la memoria aquel episodio? ¿Persisten aún detalles de ese día?
Después de llevarme a dar muchas vueltas, calculo, que me llevaron a la Comisaría de Monte. Un mes desaparecido, cagado a palos, sin comer. En el pozo de Banfield, en Azul donde me metieron en un calabazo en el que estuve cinco días y de vez en cuando me tiraban algo para comer, vendado con unas bolas de algodón sobre los ojos, tan apretado que me había lastimado la nariz. Ahí, uno de los carceleros se apiadó y dijo “éste hace rato que no come nada”. Al tiempo, cuando me sacaron las vendas, no veía. Después de ahí, pasé a un calabozo, solo. Sentía que traían a otros. Les pegaban con toallas mojadas para que no dejen marcas. Al rato de celda a celda hablamos, intercambiamos información y me enteré que ahí mismo estaba mi viejo. No fue tan maltratado pero recibió golpes. Estuvo seis meses detenido. Ahí también estaban Delfino y Sobrero, pero a ellos los soltaron al poco tiempo. Al mes, más o menos, me trasladaron.

¿Cómo te enteraste de la desaparición de Pato Lacoste?
Me enteré estando preso. Me enteré por mi señora (ver Esquela para Luis, pág. 3). Pasaban tantas cosas en aquellos años. No sólo de eso, sino también de compañeros que se decía que salían en libertad pero en realidad los mataban.

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Por Romina R Silva

¿Cómo fue salir después de cuatro años de cautiverio? Es decir: ¿Cómo rearmaste tu vida?
Al salir, mi esposa tenía preparada la Visa para ir a Suiza o Bélgica. Al final, yo no quise irme, pero sí quería reingresar al teatro San Martín. Fuimos a casa de gobierno con mucho miedo, porque hacía re poco que había dejado de ser un preso político. Nada pudieron hacer, pero sí me hicieron un certificado, así nomás, que decía que había estado detenido por el Poder Ejecutivo y sin proceso alguno, etc. De todos modos, no sirvió para nada. Así que me las fui arreglando como podía, me defendía con el oficio de letrista. Poco tiempo después un muy buen amigo mío de la infancia que vivía en Monte Grande, al que le había ido bien con una distribuidora de cerveza, me facilitó dinero y así pude reabrir la farmacia con mi padre en calle Moreno.

¿En qué momentos la poesía tomó forma en el papel?
Mi relación con la poesía era muy sui generis, muy al ocaso, sin estar del todo. En la cárcel, tuve la oportunidad de tener muy buenos compañeros de los que aprendí mucho. Uno de ellos fue Mario Argentino Paoletti, director del diario El Independiente de la Rioja. Estábamos celda de por medio. Él era un hombre muy preparado y compartíamos gustos. También, otro muchacho de La Rioja, un tal Brizuela y otro que era arquitecto, de otro pabellón, con quienes compartíamos cosas como certámenes literarios, libros, todo lo vinculado a eso. Uno de los poemas que yo escribí en la cárcel fue uno que le escribí a mi mujer, quien jamás dejó de visitarme. Ella le compró a un conocido de Peralta, representante de Olivetti en calle 9 de julio, una máquina de escribir. Por eso, escribí (en Sierra Chica, 1978) el poema “Mi mujer” que dice:

“Mi mujer/compró una máquina con todo el abecedario/tendré todas las palabras al alcance la mano/
bonita es/-dice- la máquina/y calza un estuche blanco/me escribiera en ella/lástima/lo prohíbe el carcelario/
Está chocha con la máquina/mas/¡ay!/¿habré bien comprado?/medita con voz lejana su puño en papel rosado/
Habré comprado una máquina? ¡Qué tan preciado regalo tener todas las palabras al alcance de la mano!

Con esto quiero decir que en la cárcel escribí este poema que considero que algún valor literario tiene, más allá de la circunstancia. Fue, el primero, digamos.

 

¿Qué cosas te despejaban en aquel encierro?
Es mucho el rigor de estar presos. Al principio teníamos diarios y revistas, pero con el correr del tiempo, abrías el diario y estaba calado, recortado. Un día lo abrías y no se podía leer. Teníamos “almacén”, donde tus familiares podían dejar plata. Todo eso iba en desmejora y cada vez nos llegaba menos. Uno podía ir comprando, pero era cada vez menos. Nos perseguían de cualquier modo. Abrían la puerta y pateaban un calentador porque ‘estaba sucio’. Recuerdo que un compañero de una celda de al lado, decía cuando pasaba algo así: “avanza, avanza” si la comida era más o menos dirigible o si era al revés: “retrocede, retrocede”. Y nos reíamos mucho. Pero la cárcel te prepara. A muchos los convencían para que se dieran vuelta y se conviertan en buchones. La ‘suerte’ fue que entre los presos políticos había como un código, el de hacer que estar ahí sea lo mejor que se pueda.

Estaban organizados…
Claro. Cada uno cumplía una función. Recabar información de afuera. Estábamos divididos por secciones. Los que se relacionaban con lo gremial, anotaban todo lo que sabía sobre eso. Puedo asegurar que nosotros adentro sabíamos más que muchos de afuera. Armábamos un diario. Y como podíamos fumar tabaco y con los papeles pegados íbamos armando un diario escrito con una Bic trazo fino. Ahí escribíamos todo lo que sabíamos. Lo pegábamos tipo acordeón chiquito, envuelto con nylon de los paquetes de azúcar y se lo pasabas a otro. Por cualquier cosa, uno se lo tenía que tragar. Eso de mano en mano, armaba un poco sobre la política, Derechos Humanos. Si te lo tragabas por algo, debías, después de ir de cuerpo, lavarlo, recuperarlo y tratar de que siga circulando. Había en esas hojitas mucho trabajo. Estábamos organizados. Los que teníamos la suerte de que nuestras familias dejaban plata a crédito, teníamos la obligación de colaborar con otros presos del interior con azúcar, yerba, un libro, lo esencial. Le llamábamos “La Cooperativa”, un servicio que podías mandar cosas a otro preso que no tenía nada.

Por último: ¿Qué análisis hacés sobre el presente de la Argentina?
“Retrocede, retrocede” (risas). Lamentable, como país, con todo lo que vivimos y nos pasó volvimos a estar otra vez en la misma. No aprendimos nada. Más allá de los yerros del gobierno anterior, hay que reconocer que había otra mirada y formas de hacer las cosas. Muchas personas volvieron a tener trabajo, se reabrieron fábricas y una lista larga sobre cuestiones que llegaron al pueblo. Si seguimos como hasta el momento, esto no va a durar demasiado. Las quejas al gobierno anterior provienen de sectores que durante 12 años crecieron, pero en las elecciones no acompañaron.

(de la edición Nº 51, octubre/noviembre/diciembre 2016)