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Entrevista a Javier Miranda: “Todos los caminos conducen a la música”

En el patio de Javier Miranda se oye la música de los pájaros. En las afueras de la ciudad, la atmósfera que envuelve sus días contienen música, paz, lectura y yoga. Con más de 30 años en los caminos del rock, Javier (54) suma créditos en más de un puñado de bandas prolíficas del rock argentino.

Por Félix Mansilla

Fue parte y testigo de la década del ‘80 cuando comenzaron a sonar nuevos ritmos con mezclas de un pop aggiornado de la mano de Virus, Sumo y Soda. En el mismo camino —en un costado más urbano que federal— el under porteño refulgía a través de un proceso con la oscuridad que pulsaban estandartes como Joy Division allá en el norte y que acá representaban grupos como Fricción y Metrópoli, donde Miranda tocaba junto a Richard Coleman y Ulises Butrón, Marcelo Fink (bajo), Isabel de Sebastián (voz), Celsa Mel Gowland (coros) y Eduardo Nogueira (guitarra).

En apenas dos años, la banda dejó dos discos —Cemento de contacto (1985) y Viaje al más acá (1986)— que contienen la impronta new wave local desde un eco sonoro típico de la época en que se engendró. Después, en 1990, llegó La Guardia del Fuego junto a Butrón, Marcelo Vaccaro y Oscar Reyna, con quienes grabó dos placas: Primera vista (1993) y Perro malo (1994). Años en el rock.

Ahora, el regreso a aquellos momentos se desgrana mientras la tarde de octubre cae sin remedio. Tranquilo, nasal y contemplativo, Miranda repasa casilleros de la memoria en donde el puntal de su relación con el afuera siempre fue motivado por la música. En la actualidad, con más de 30 años de carrera, sigue el camino junto a la banda de Fabiana Cantilo y Estelares que pronto estrenará una nueva placa, después de un año cargado de giras por América.

Siempre la música ahí. Ahí, de chico donde estuvieron Los Beatles y los Stones, también. “Puedo nombrar desde lo más chocante como Palito Ortega, pasando por Roberto Carlos, Manal o Invisible”, arroja y cuenta que Humberto, su hermano mayor, era DJ: “Había de todo en casa, y él tenía que escuchar los hits. Su entrenamiento, entonces, era escuchar de todo y adivinar desde el primer acorde cuáles temas iban a andar o no. Por eso, que desde chico hago el ejercicio de escuchar y arrojar qué canción va a ser un boom, digamos”.

Después, ya hecho un joven con la meta en la mira, comenzó a tocar con músicos amigos como Ulises Butrón y Richard Coleman. Ahí está el inicio: una forma de abarcar todo compartiendo la energía del sonido. Circunstancias que lo llevaron a vivir momentos únicos. Miranda vuelve.

“Son muchos los recuerdos. Uno es cuando toqué junto a Luis Alberto Spinetta en un programa de televisión, donde le hicieron un homenaje. Era una sorpresa, en realidad, organizada por el productor que era amigo nuestro, pero el Flaco se emocionó mucho y se vino a tocar con nosotros, La Guardia del Fuego. Fue una gran casualidad. Era amigo de Ulises y siempre nos prestaba equipos para grabar, cajas de ritmo, cosas para ‘demear’. A él le gustaba mucho Metrópoli”.

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Metrópoli

¿En qué momento surgió tu acercamiento hacia la música?
Empezó de muy chiquito porque mi hermano, Humberto, era disc jockey. Ahí, me crié con los Beatles. A los cuatro años ya quería tocar la batería.

¿Grababan temas de la radio?
Sí, escuchábamos «Modart en la noche» donde pasaban los adelantos de los discos de los Beatles. Grabábamos con un grabador a cinta, yo con cuatro años. Mi hermano mayor y yo esperábamos toda la noche para escucharlos. Después vino Badía. Esto es como la prehistoria, imaginate, eso ahora es una risa. Antes el disco no llegaba, te lo pasaba la radio. Era escuchar de todo. Por eso, no tengo ningún prejuicio musical. Soy absolutamente popular, pop, digamos. Tengo el oído absolutamente abierto, con base en el rock. Aprendí a escuchar de todo. Es algo bueno para los bateristas, sobre todo cuando tenemos que tocar ritmos de otras procedencias: son un desafío de coordinación. Un baterista tiene que saber tocar diferentes estilos.

¿Cómo fue crecer en los ’70, en Buenos Aires?
Recuerdo sobre todo que en la época de la dictadura no se podía salir a ningún lado, entonces la mejor opción era escuchar música, meterse en otro mundo. No podías salir a la calle. Subieron los milicos y la verdad que eso era como un oasis, porque no podías salir a la calle, había estado de sitio. En la radio sólo pasaban música clásica, como de velorio, toda tranquila, un horror. Muchas veces, yo era re chico y mi hermano me llevaba a un boliche en Caseros y me dejaba pasar temas, engancharlos en las listas me encantaba. Había salido el disco de Paul McCartney con Wings, «Band on the run» (1973) u otros discazos, antes, como RAM (1971) o los solistas de Lennon, todos en vinilo. Era bárbaro. La ridiculez de hoy es que sacan en vinilo algo que mezclan en digital. Soy tan viejo que con Metrópoli grabé en cinta (risas).

09 Por Ligia Riscino

Por Ligia Riscino

¿Por qué la batería y no la guitarra o el piano, más típicos?
Me estaba acordando de eso. Hace poco comencé un curso del arte de vivir, que recomiendo, y uno de los ejercicios era relatar en cinco minutos episodios importantes de tu vida. Empecé tratando de ser rápido y bueno, mencioné la Primaria y el primer punto importante fue un evento que resume por qué toco la batería. Tenía tres o cuatro años. Yo vivía en un tercer piso y me colgué toda una tarde viendo cómo armaban el evento en frente, un casamiento o cumpleaños, algo así. Estuve toda una tarde viendo e investigando cómo era el armado de la batería. Me acuerdo el parche del tambor, reforzado con un punto negro en el medio. Lo anecdótico es que estuve mucho tiempo viendo eso que pasaba frente a mis ojos, emocionante, que me marcó. Fue como un amor que comenzó ahí, inexplicable, pero que aún conservo.

¿Cuándo comenzaste a tocar la batería?
A estudiar batería empecé a los quince. Un instrumento con el que hay que tener la capacidad para seguir en los escenarios. Una vez compartí escenario con Kevin Johansen que hoy está tocando con el Enrique el Zurdo Roizner que fue, entre otras cosas, baterista de Piazzolla y es uno de los bateros que más discos grabó, en una época que no viví, cuando se tocaba mucho en vivo. El tipo se hizo desde ahí. Conocerlo me puso contento y saber que aún a su edad, es mucho más grande que yo, me hizo sentir que se puede seguir siempre.

¿Qué música escuchabas en tu adolescencia?
Ahí vino todo lo progresivo: Yes, King Crimson y después toda la movida de Brasil. Eso se lo debo a otro educador musical, Oscar Reyna, actual violero de Skay. Éramos compañeros de la secundaria y me abrió hacia la música progresiva, que acá en Argentina se le decía ‘no comercial’. En ese momento, todo lo contrario con lo que yo me crié.

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La Guardia del Fuego

¿Cuándo armaste tu primera banda de rock?
Tuve mi primera banda en la secundaria, con Reina. Se llamaba Basura Quemada y era una banda punk buenísima. Ensayábamos en Flores. En nuestro primer show vino Ulises Butrón a tocar. Tuve suerte de conocer a amigos que ya eran grossos desde chicos, como Ulises.

Ahí empezaste a vincularte con la música de modo profesional…
Sí, eso fue en los ‘80 junto a amigos como Ulises o Richard Coleman, Daniel Melero. Grossos de los que realmente aprendí.

¿Siempre tu trabajo fue la música?
No, pero en la época de Metrópoli yo laburaba en una compañía de seguros. Los chicos de la banda lograron hablar con la productora, que en ese momento también estaba con Miguel Mateos Zas y Virus, girábamos muchas veces con ellos, para que yo cobrase un sueldo y pueda dejar la empresa de seguros. Cuando salí ya no ‘laburaba más’, hacía música. El sueño de todo empleado: dejar todo y hacer lo que a uno le gusta.

¿Qué hiciste en la década de los ‘90?
En los ‘80 fue Metrópoli y en los ’90, La Guardia del Fuego, con quienes grabamos dos discos: «Primera vista» que está súper y el segundo (Perro malo) que también, pero el primero fue mejor aunque quedó opacado por el éxito que tuvo Ulises con la canción de la película Tango feroz (El amor es más fuerte). La compañía le dio más bola, digamos. Estuvo bueno de todos modos porque salimos a tocar por todas partes, aunque el disco repercutió un tiempo después. La grabó antes de la película y después del estreno explotó todo, se escuchaba en todas las radios. En esos momentos, quizá, no tuvimos la capacidad de hacerlo rotar como pasa ahora con los adelantos, las redes sociales donde la embestida mediática se maneja mejor. Éramos unos jóvenes inexpertos en esos asuntos.

Después comenzaste con Fabiana Cantilo…
Claro, desde 1998 hasta hoy. Aprendí un montón. Los dos, ella también. En el camino vas aprendiendo todo el tiempo. Sus discos tienen mucho laburo, mucho ensayo. Hicimos discos con versiones del rock nacional que son espectaculares, de muchos artistas: Cerati, los Redondos, Invisible. Ese tema (El anillo del capitán Beto) nos resultó imposible hacerlo con parámetros que con el paso del tiempo se vuelven difíciles de hacer sin que suene raro. Incluso, pienso que a los propios músicos (Spinetta, Lorenzo, Machi) les ha resultado arduo lograr una versión parecida sin que se note que el tiempo pasó. Igual, Fabiana tiene una voz especial que a veces hace que el tema que homenajea te guste, a veces, más que la original. Tiene un timbre muy especial, más cuando los compositores no son “los cantantes”, le pone un toque único, espectacular, infinito, por eso, cualquier cosa que canta lo hace especial.

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Estelares

También estuviste en otros proyectos.
Sí, uno de ellos fue Baraka con el que vinimos varias veces a tocar a Lobos, allá por los años 2000. Era una cosa más volada, iba para otro lado. Lo que se dice ‘no comercial’.

¿Cómo armás la agenda entre la banda de Fabiana y Estelares? ¿se cruzan las fechas?

Sí, se cruzan. Pero en ambas me bancan, son amigos. Fabiana se enoja a veces, pero bueno, se le pasa. A veces va Emiliano Domínguez que desde hace mucho toca con Fabi cada vez que yo no puedo. Es como si fuera yo, digamos (risas), no es traumático para él.

¿Cómo diste con Estelares?
Con Estelares hace tres años que estoy. Me conocían de La Guardia del Fuego, de amigos en común y nos juntamos a tocar. Ellos venían tocando y probando otros bateristas y me ofrecieron sumarme al proyecto. La verdad es que estoy re contento tocando con ellos. Estuvimos viajando un montón: Chile, Colombia, New York, Chicago y hace poco estuvimos en México, por segunda vez y en Perú. Estelares es una banda que labura mucho, los chicos son muy laburadores, todos y sobre todo Manuel (Moretti, cantante). Ahora que estamos por entrar a grabar un nuevo disco estamos a pleno con los ensayos, sumado a los viajes de las giras por el interior. Soy un agradecido de poder hacer lo que hago.

¿Cómo es la forma de componer que tienen los Estelares?
Compone Manuel sobre todo y algunos, Pali Silvera (bajo) y la música, entre Manuel y el guitarrista, Víctor Bertamoni. Las primeras baterías que grabé con la banda son del disco en vivo en el Gran Rex (2014); las composiciones son muy buenas, son de Fernando Samalea.

Ahora se viene un nuevo disco de estudio…
Sí, Manuel aún no confesó el nombre, pero están todas las canciones listas para grabar. Las bases, seguramente, las vamos a grabar en los estudios Circo Beat que ahora son de unos chicos que son amigos de los Estelares. Ahí grabé para el disco solista de Isabel de Sebastián (Las Bay Biscuits) en 2012, donde participó Gustavo Cerati en una de las composiciones. Hermoso.

Si tuvieras que definir el significado de la música en tu vida ¿qué dirías?

Todo. No hay nada que tenga que ver tanto conmigo como la música. Estoy acá por la música. Todos los caminos conducen a la música y, bueno, la música me ha llevado al yoga, pero es parte de lo mismo porque esto surgió de ahí. Por la música conocí buena gente, en una época en donde el mundo era demasiado hostil. Entre ellos, a la gente que estaba en la movida del Expreso imaginario, Horacio Fontova, Enrique Symns, Sergio Pistocchi, muchos. Vi los años en que a los músicos hippies se los llevaban presos por tener el pelo largo, una locura. Una cosa impensada ahora ¿no?

Esas cosas, quizás, son las que te hacen ver el presente de otra manera, hoy…
Sí, con el tiempo llegás a la conclusión de que todo tiene que ver con todo. La verdad es que hasta hace algunos años no tenía una esperanza política, digamos, de que las cosas iban a ser como se vienen dando, algo que de alguna manera me rescató, es la verdad. Entendí, también, que hay cosas que son mejorables, pero de lo vivido rescato eso. Lo lamento por los vecinos del Pro, pero… (risas) es lo que viví yo. A veces pasa eso: es como que se viven realidades diferentes y algunos te dicen “¿pero no te das cuenta de cómo está el país?”. La verdad es que lo veo de modo diferente a las de esas personas. Soy conciente de que a veces hay quilombo, inseguridad, todo, pero bueno, no creo que esté todo súper mal.

¿Cómo viniste a dar con Lobos?
Siempre por la música y por una lobense. La veía siempre a la salida de unas clases de yoga que ella daba en una fundación, teníamos músicos amigos en común. De algún modo, siempre mi ámbito social, con todo lo que tiene de criticable, fue la música, por eso, la música en mí es todo, inclusive en las relaciones sociales.

¿Cómo es un día en la vida de Javier Miranda?
Ahora, lo primero, a la mañana, es el yoga y después, si puedo, toco. En ciertos momentos, doy clases, pero lo cierto es que entre ensayos, giras y demás, no tengo demasiado tiempo, aunque actualmente el yoga ocupa gran parte de mis días. Practico yoga desde hace más de veinte años. Descubrí que me hacía muy bien para tocar, descubrí que me sentaba en la batería después de hacer yoga y volaba. Hasta llegué a dar algunas clases, después de tanta inversión de tiempo en esto, creí que era el momento de compartir esa información. Hoy en día debería escuchar y tocar más música, pero la prioridad, hoy, es el yoga que es como estirar las cuerdas de la guitarra, es recomendable. Después viene todo lo demás que es parte de la rutina. El yoga es algo físico; estirar la columna, irrigar diferentes zonas corporales, todo, en las articulaciones que es lo que me sirve para volar arriba de la bata. El yoga es recomendable para cualquier instrumentista. Se llega, con ejercicios de respiración, a muchos estados mentales copados, sin costo corporal.

Por último: ¿Qué discos estás escuchando en este último tiempo?
Hace poco teloneamos con los Estelares a Blur en Tecnópolis. Vi el show que hacen y quedé flasheado, así que estoy escuchando el último disco —The Magic Whip— que sacaron, son unos capos. Damon Albarn (cantante, Gorillaz) me encantó. Cuando algo me gusta lo escucho mucho, pero lo cierto es que hoy soy re poco melómano, poco aggiornado, pero como dijo un amigo: “Lo que más escucho ahora es el silencio”. No me queda tiempo, digamos, entre los viajes a ensayar, ir y venir, no me sobra el tiempo. Siempre que viajo a Capital, vuelvo: soy más lobense que cualquier otro lobense (risas).

Foto de portada por Nico B Mansilla

(de la edición Nº 47 Aniversario IV,  noviembre/diciembre 2015)