Por Ezequiel Muñoz (La Nación) 3

Entrevista a Osvaldo Bayer: Un hombre, la livertá

Un recorrido por muchas de las luchas de un personaje de coherencia destacable y sueños cumplidos. Anécdotas con amigos, el teatro con Las putas de San Julián, el exilio, la campaña para desmonumentar a Roca y el fútbol. Todo un mundo que cabe en un solo cuerpo, en varias vidas.

Textos: Félix Mansilla / Fotos: Nicolás Vassaro / Producción: Valeria Castro.

Bayer en off y la voz que se le escucha al son de sus pasos, asomado a una ventana. “Puta madre. Qué silencio ¿no? Qué estupidez del ser humano”. Así lo dice en La Livertá, documental dirigido por Gustavo Gzain que retrata “el costado conocido y el privado” del historiador que a sus 88 años no para de andar. La explicación del título del film la hizo Gzain en diciembre último al diario Página/12: “Osvaldo lo usó varias veces. Refiere a una cruz que encontró de un obrero fusilado en la que otro obrero había escrito: ‘A los caídos por la Livertá’. Era claro que eran obreros libertarios y que, de alguna manera, no tenían tanta formación. Por eso, ese obrero debe haber escrito la palabra así”.

Con los años divididos entre Argentina y Alemania —donde siempre lo espera su esposa Marlies— el viejo Bayer no descansa jamás, quizá porque sabe que vivirá hasta los 99 años, como le prometió a su abuela cuando ella cumplió cien. “Sólo para no ser más que usted”, cuenta en la obra Las Putas de San Julián. La vida lo trajo hasta acá como un caballero dueño de un saber que revela su coherencia en una travesía longeva, incesante.

Atravesar todas las facetas de su camino es adentrarse en un pedazo de la Historia contemporánea: ocho años de exilio, trece dictaduras militares y un puñado de libros hoy memorables por su rigurosidad investigativa, tozudez implacable de denuncias harto fundadas y un conocimiento al que lo encumbran la veracidad informativa con pilas de documentación oficial, entramado fiel a la rigurosidad del lado B de las cosas, ese del que casi nada nos contaron.

Anarquista, hincha de Rosario Central, encantador polemizador. Eso es Osvaldo Bayer, quien a pocos días de partir para Alemania al encuentro de diez nietos y tres bisnietos, habló de su actualidad, pero también de los amigos como Osvaldo Soriano con quien formaban el autodenominado «Grupo de los cinco» junto a León Rozitchner, David Viñas y Tito Cossa, y sobre sus gustos diarios —“¿El whisky? todos los días son… no más de uno”— o la infaltable siesta —“son de tres cuartos de hora por día. Yo me levanto bien temprano, a las cinco o seis de la mañana. Me gusta esta hora para trabajar”—.

La charla comenzó con lo que hace poco más de tres meses mejoró el frente de su hogar en Palermo, más conocido como “El Tugurio”, una broma de Soriano acerca de la oscuridad parecida a la de un lupanar. Cuando hizo el encargo del cartel al filetero de Plaza Belgrano, Bayer quiso que sea rojo y negro —los colores anarquistas— pero el hombre le dijo que no, que debía ser verde y amarillo.

Finalmente, aceptó, sin polemizar: “Lo único que me falta es discutir hasta con un filetero”. Sobre el mural que embellece su frente, comentó: “Fue un estudiante de Bellas Artes. Llegó, me tocó el timbre y me dijo si no quería que él me pintara el frente. Y se me ocurrió que sí, que cómo no. Un tema latinoamericano, dijo y quedó muy lindo. No lo han tocado, solamente abajo pintó algo alguien que pasó, pero todos los han respetado”.

 

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Bayer y Soriano, mejores amigos desde siempre.

Rebelde amanecer

Fue la mañana de un martes de diciembre en la ciudad. “El tugurio” es una casa igual a su dueño: grande, modesta, bibliotecada, noble. Con algunos rayos de sol en el reflejo del llamador de la puerta, asomó la figura de un viejo canoso y barbudo, serio. Después de cruzar un pasillo largo atiborrado de viejos libros apilados hasta el cielo raso, la claridad de un angosto jardín de invierno iluminó el rostro del viejo.

Bayer, camisa a cuadros gris, pantalones de vestir ajustados a su delgada cintura, soltó como acostumbrado, sin preocupación: —Bueno, aquí estoy —se posó en la silla mecedora, como esperando al fin el comienzo.

Un repaso a vuelo de pájaro a los símbolos que representan la forma de su hogar, hace pensar en la coherencia de su camino. Allí, a medio metro de una mesa desbordada de viejos diarios, se puede entender algo más sobre su lucha y la coherencia de sus pasos.

Debajo, la misma escena: pilas de publicaciones que el tiempo las volvió amarillentas con un destacado aroma a humedad de biblioteca antigua. Sobre la arcada donde finaliza el pasillo, un cartel de calle reza “Av. J. A Roca”, trofeo del triunfo de una lucha que Bayer viene acompañando desde hace más de una década para desmonumentar a unos de los mayores genocidas de la Historia del país.

Como marco argumental de su simpleza de hogar, un clásico calefón Orbis blanco se fuga con una chimenea de tiraje largo que serpentea hasta el vidrio rojo del techo. Sobre otra pared, una estantería de masetas sumergidas en un verde reponedor protegen otro mueble inundado de libros, placas de reconocimiento a su lucha y un portarretrato donde el viejo está sentado junto a sus putas de San Julián, obra que en la actualidad lo tiene como actor principal. Bajo la dirección de Rubén Mosquera, la representación está ambientada en el prostíbulo “La Catalana”, donde el hilo de la historia muestra los pormenores de la decisión de las prostitutas de negarse a realizar, a su modo, una huelga contra los fusiladores de los obreros sureños.

Sobre un costado del escenario, casi a oscuras, se desarrollan los momentos más fuertes de la obra: los interrogatorios policiales a las putas de San Julián. El recorrido está basado en una de las revanchas que el viejo se debía, por su matriz histórica. Se trata de una versión libre de los capítulos de su investigación para el libro la Patagonia Rebelde, donde se narra la injusticia y el dolor.

En esos tomos, cuenta la desidia de 1500 obreros rurales asesinados por el ejército a cargo del teniente Héctor Benigno Varela. Bayer vivió la historia de cerca en los recuerdos de sus padres —“Mi padre no podía superar la tristeza que le causaba la muerte de toda esa gente”—, que vivían a dos cuadras del paredón de la cárcel de Río Gallegos y entrada la noche escuchaban los gritos producto de las torturas. Cincuenta años después, lanzó los gordos tomos que luego se hicieron más conocidos a través del cine.

Osvaldo por Vassaro 1

Por Nicolás Vassaro

La obra teatral, relata la valentía de aquellas cinco mujeres que desafiaron al ejército tras negarse a prestar sus servicios sexuales a los fusiladores, en febrero de 1922. Lo irónico, sobrepasa su necesaria invocación: durante el rodaje —una interpretación de Los vengadores de la Patagonia trágica con dirección de Héctor Olivera— la decisión de Bayer fue incluir el episodio en el final, pero según contó a Página/12 antes del estreno en julio de 2013, las cosas no resultaron como esperaban.

Corría el año 1974. “El productor Fernando Ayala se enteró, por un coronel amigo, que los militares iban a impedir el estreno de la película y capturar las copias. Tanto Olivera como Ayala me pidieron otro final, a lo que, en principio, me negué, pero después me di cuenta de que debía dar a conocer aquellas huelgas patagónicas (…) y cambié el final por una escena donde los estancieros brindaban con champán después de los fusilamientos y cantaban junto al teniente coronel Varela (…) Al ver ese brindis, se comprendería a quiénes favoreció el gobierno argentino con los fusilamientos. Éste es el primer registro”, resumió.

Las putas de San Julián demuestra la burda delicadeza militar que no censuró la masacre de los obreros ni todas las aberraciones ejercidas por el gobierno de Hipólito Yrigoyen, sino que ancla en el desprecio de la negativa de las prostitutas. A partir de ese hecho concreto, la justicia del tiempo, el triunfo de la lucha de Bayer, se amplió aún más por ser parte del elenco, donde también demuestra sus virtudes actorales.

¿Qué balance hace del cierre de año de Las putas de San Julián?

Hemos recorrido casi todo el país en varias giras que hemos hecho, así que estamos muy contentos. Llevamos al conocimiento del público un hecho que no era conocido. Yo ya lo había denunciado en el segundo tomo de La Patagonia Rebelde, pero así llegó a la gente directamente. Estamos muy contentos, sobre todo porque es un hecho que fue tan ocultado. Iba a ser el final de la película y no pudo darse porque en aquel momento los militares, eran los tiempos de López Rega, no aceptaron ese final. Los seres más deshonrados de la sociedad fueron los únicos que reaccionaron.

¿Considera que cerró un círculo, en parte, haciendo ese hecho más visible para el público?

Increíble, sí. Al final logramos que pase de prohibido y desconocido al teatro oficial. Es como una especie de sueño ¿no?

¿Lo imaginó alguna vez así?

Yo siempre tuve fe de que alguna vez lo íbamos a hacer. Una vez, Rubén Mosquera me invitó a ver lo que había tomado de mi libro para un ballet que hizo en el Cervantes (Historias de mujeres intensas) y me gustó mucho. Lo llamé después y le dije: ‘Hay otro hecho también que es el de Las putas de San Julián’. Bueno, le di La Patagonia Rebelde, la leyó y me dijo: “Esto es más para una obra de teatro”. Bueno, cómo no, magnifico, dije. Salió muy bien, contamos con muy buenas actrices, salió muy bien todo.

¿Por qué nadie debate con Osvaldo Bayer en la actualidad?

Eso debería preguntárselo usted a la gente que no quiere debatir conmigo ¿no? Yo estoy siempre dispuesto al debate, soy muy abierto en ese sentido. Me gusta mucho porque el debate siempre trae cultura. Se saca una síntesis de lo que se dice. Así que sinceramente no sé, desconozco. Tal vez tengan miedo a no poder responder ciertas preguntas, no lo sé. A mí me gusta mucho el debate. Por ejemplo, la última ha sido con este hombre que defiende a Roca, que tiene apellido inglés, más conocido que la ruda (hace un silencio, piensa). Un tipo que ha estado con todos los gobiernos, siempre como Secretario de Cultura… eh… Pacho O’Donnel. Comencé una polémica con él, pero hasta donde sé, nunca me respondió (NdR: O’Donnel lo hizo con un artículo de opinión titulado “Bayer y Roca” el 11-11-14 en Página/12).

¿Cómo analiza el crecimiento de la campaña para desmonumentar a Roca?

De a poco la lucha se va dando. Monumentos… Hace más de diez años que comencé a solicitar que se saquen los monumentos a Roca, ese genocida. Bueno, mientras esté Macri no se va a poder sacar, él ya dijo que no va a salir el monumento de ahí. Pero se ha armado una gran polémica en todo el país y ya hemos logrado, en 26 ciudades, quitar el nombre de Roca de las calles (Azul, Chivilcoy, Concordia, Las Flores, Moreno, Morón, Pergamino, Río Gallegos, Rauch, entre muchas más).

Desmentir la simbología del poder ha sido en parte su lucha desde hace muchos años…

Sí. Sacar el nombre de Roca y poner, por ejemplo, a gente que lo merece, digamos. El vecino más antiguo que hizo cosas por su lugar o el primer maestro ¿Por qué hay que ponerle siempre el nombre de Roca, un general genocida? En muchas ciudades, pedimos que se le ponga Pueblos Originarios como contrapartida.

En la actualidad, podemos hacer una asociación entre la simbología de los Pueblos Originarios con la de los desaparecidos. A ambas figuras siempre se las intentó esconder, invisibilizar.

Sí. Queremos nosotros levantar el monumento a Roca y cambiarlo por el de la Mujer de los Pueblos Originarios en cuyo cuerpo se originó el criollo, el soldado de nuestra independencia. Para saber, además, cómo surgió esa mujer cuando le quitaron a sus hijos. Están los avisos en los diarios de Buenos Aires, cuando Roca termina la Campaña del Desierto: “Hoy entrega de indios”. Eso nunca se nos enseñó. Que Avellaneda y Roca restablecieron la esclavitud de la Argentina, tampoco. “Hoy entrega de indios”, decían. Textual: “A toda familia que lo requiera se le entregará un niño varón como peón, una china —en ese término despreciativo— como sirvienta y un chinito como mandadero”. Hasta la esclavitud de los niños se llegó. Eso nunca se nos dijo. Están las cartas de Roca al gobernador de Tucumán, al que le dice: “No traiga a trabajar en el azúcar a esos indios haraganes del Chaco, yo le voy a mandar desde acá a mapuches y ranqueles que son mucho más trabajadores y se les puede hacer trabajar todo el día”, pone Roca como presidente. ¿Mirá vos? eso nunca se nos dijo y tiene el monumento más grande en Buenos Aires.

Hay una canción de la banda Divididos que arranca diciendo: “El billete más valioso tiene casta y religión”. Es del año 2000 y hoy, mucho tiempo después, sigue estando su figura.

Claro. Aquí, el billete más caro no es a San Martín, es a Roca. Bueno, pero en parte se logró porque fue cambiado por Evita ¿no? Igual, siempre está Roca primero. De Evita hicieron un tiraje muy chico ¿no?

Sobre la actualidad: ¿Cómo recibió la noticia cuando apareció Ignacio Guido, el nieto de Estela de Carlotto?

Bueno, me dio mucha alegría porque al final, es el triunfo de la ética, el triunfo de la lucha de las Madres y las Abuelas. Fue una muy buena noticia ¿no? Ojalá que aparezcan todos los nietos que aún no han aparecido. Fue un triunfo de la lucha, que siempre vale la pena. Sí.

Breve silencio, respiraciones cortas. Cambiamos de tema, de historias. Aparecieron el fútbol, la actualidad política de la región. Bayer, con las manos posadas en forma de casa a dos aguas, mira, espera. Respira corto. Escucha, toma aire. Reflexiona. Responde seguro.

¿Cómo surgió editar Futbol argentino? Es un lado de Bayer desconocido: el futbolero.

Vi mucho fútbol cuando era chico, me llevaban mis hermanos y amigos. Lita Stantic que era productora de cine una vez me viene a ver y me dice: “Mirá, necesito que hagas un libro sobre fútbol argentino. Porque resulta que teníamos todo preparado y el guionista no se puso de acuerdo con nosotros y se fue. Necesito que sea ya mismo la cosa”. Y me atrajo. Entonces, de ahí nació primero el guión cinematográfico y después el libro. Son esas cosas de la casualidad.

¿Qué cuestiones cree que no han cerrado en la Historia de Argentina reciente?

Yo digo siempre que no hay verdadera democracia mientras haya villas miserias en nuestro país. Y sinceramente, quisiera iniciar una campaña para que la Villa 31 y la 21 se terminen y se les dé por lo menos un techo digno a las familias con hijos. Sinceramente, la pobreza allí es extrema y en pleno Buenos Aires. Nadie, ningún político habla de eso, no se toca el tema, cuando es la otra cara de Buenos Aires. Macri no hace absolutamente nada. Cuando se inicien los planes de las urbanizaciones de las villas miseria, estaré satisfecho.

¿Cómo analiza el panorama latinoamericano teniendo en cuenta las reelecciones en la región?

Es interesante todo este último período donde han ido triunfando políticos de izquierda que realmente se han preocupado por la suerte de las mayorías. Lo vemos en Ecuador, en Uruguay, donde continúa el Frente Amplio, en Brasil dentro de todo, también triunfó el candidato de la izquierda. En Venezuela también, en Bolivia, hacen mucho por las masas. Pero falta mucho por hacer ¿no? En general, los partidos de izquierda llegan al poder y se quedan allí nomás, no hacen demasiado. Lo veo en el Frente Amplio: es realmente increíble que el pueblo vote a los antiguos guerrilleros ¿no? Los planes más o menos siguen como si fueran un bloque del medio, es decir, no hay ninguna medida revolucionaria, digamos, que nos pueda entusiasmar.

¿Qué responde a alguien que en el exterior le pregunta sobre la Argentina?

Sobre la situación que vivimos nosotros, digo lo siguiente: yo he vivido ya 87 años y he sufrido 13 dictadores militares. Todos los dictadores del pasado murieron en la cama de sus residencias, cobraron sueldos de Generales y esta es la primera vez que un dictador muere en una cárcel común. Es decir, eso ha sido muy positivo de este gobierno y hay que decirlo. Para las generaciones como la mía que vivió tantas dictaduras militares, bueno, es una especie de milagro que se haya hecho esto. Han demostrado coraje civil. Pero en lo demás, se ha hecho muy poco y hay mucha corrupción desgraciadamente, así que hay que seguir luchando desde las bases para lograr cada vez una democracia más verdaderamente democrática.

Anécdotas con el gordo Soriano

Para el final, quedaron las respuestas que más se reflejaron en su mirada seria pero amable: los amigos. Unas lágrimas apenas asoman en la sombra de sus ojeras del tiempo, como volviendo a todos sus pasados. Sus ojos escapan hacia el recuerdo, al mismo tiempo que la voz le tiembla al mencionar a Soriano. “Bueno, él fue mi mejor amigo y fue una gran tristeza su muerte tan joven. Tenía un gran sentido del humor”. Una sonrisa torcida lo trae a la cuenta regresiva, derivada de un cáncer de pulmón, aquel que lo alejó de su amigo que murió a los 54 años. “Me acuerdo cuando fuimos a verlo el día anterior a su muerte, realmente lo vimos muy mal. Previmos que no iba a durar mucho y al día siguiente vino la mala noticia de su muerte. Realmente, una enorme injusticia. Los libros que hubiera escrito ese hombre”.

El nombre “El tugurio” se lo puso él. Fue rotundo y, a su vez, genial, acertado.

Sí, entró una vez y me dijo: “Vos vivís en un verdadero tugurio”, observaba así, mirando para arriba. Entonces, yo le seguí la corriente: “Tugurio, me gusta. Lo voy a poner un cartel en la puerta”. Me dice: “No lo tomés así. ¿Ves que sos demasiado alemán? —a mí me jode que digan eso—. “Pero che, sos demasiado alemán, te lo dije en chiste”. No, me gustó y lo voy a poner. Y bueno, lo puse y él se sentía jodido (risas). Tengo muchas anécdotas, porque los argentinos no saben lo que quiere decir tugurio. En general, no saben, digo. No hace mucho, unos muchachos jóvenes, muy bien vestidos, tocaron el timbre. Y salió un viejo, salí yo a recibirlos y se sorprendieron. Entonces, me dijeron entre risas: “Diga, don”. Si, digan lo que quieren ¿qué desean?”. Seguían con las risitas. “Escuchemé ¿acá hay minas?”. Los miré serio y le dije: “No, no. Acá hay solamente libros”. “Ah, bueno, gracias” y rajaron, porque pensaron que era un lupanar. Esto es por culpa de Soriano, por el nombre “El tugurio” (más risas).

Cinco magníficos

¿Qué recuerda de los encuentros con Soriano, Cossa, Viñas y Rozitchner?

Aquí (apunta a la mesa de diarios viejos), en esta mesa, que antes no estaba ocupada por todas estas cosas sino que estaba libre y la movíamos al centro, hacíamos la reunión de los cinco, siempre, todos los jueves. Éramos: el hombre del teatro, Tito Cossa, León Rozitchner, el filósofo, David Viñas, Osvaldo Soriano, los escritores y yo. Eran inolvidables esas reuniones, porque siempre Osvaldo caía un poco más tarde y tiraba un tema que él pensaba para que se agarraran David Viñas y León Rozitchner. Se armaban unos debates impresionantes entre los dos. Y nosotros, como buenos intelectuales, tomábamos champagne y oíamos todas esas discusiones y Soriano nos guiñaba un ojo como diciendo “cayeron de nuevo” (risas). Era un genio. El más joven de los cinco y fue el primero que murió. En el año 2011, desgraciadamente, murieron León Rozitchner y David Viñas, con pocos meses de diferencia. Los dos que discutían tanto murieron el mismo año, mirá vos.

Luego de la muerte de Soriano, en 1997: ¿Se siguieron juntando cada jueves?

Esos encuentros quedaron, sí, en un principio. Siempre hablábamos de libros, de montones de cosas. De la política también, de diferentes temas. Eran diálogos muy ricos. Cuando falleció Soriano no quisimos reunirnos más porque nos la íbamos a pasar conversando sobre él, con tristeza y todo lo demás. Se levantó la reunión. Pero quedaron en el recuerdo El Grupo de los Cinco. Sobre todo cuando nos encontramos con Tito Cossa y recordamos algo, nomás, como al pasar.

¿Puede recordar esa historia de un supuesto Soriano contador de patos durante el exilio?

Sí, inventaba cada cosa. Me acuerdo que fue a visitarme a Berlín, venían muy seguido con su mujer. Yo le decía: ¿Qué hacés? ¿Cómo te ganás la vida? Él me decía: “Mirá, soy contador de patos en los lagos de Holanda”. ¿Ah, sí? Bueno. Yo lo miraba pero no le creía, siempre tenía esas salidas. Tengo tantas anécdotas de Soriano. Y de repente, la muerte ¿no? En fin, él me dice: “Hay dificultad, Osvaldo, porque en Holanda nadie roba nada. Es un desastre. Entonces, siempre están los mismos patos y los mismos cisnes. Nosotros pensamos: nos van a echar, necesitan contadores de patos y no pasa nada. Por eso, todas las noches hacemos una reunión latinoamericana, matamos unos patos y hacemos asado de pato”. El gordo lo contaba con tanto detalle que uno sospechaba que eran todas macanas, pero lo narraba tan detallado que a uno lo sorprendía realmente.

Soriano, no tuvo un reconocimiento en vida. Ser un bestsellers lo condenó de alguna manera y por no tener formación académica.

Sí, ciertos intelectuales con carreras universitarias no lo reconocían como escritor. Un disparate, porque fue un gran escritor con un idioma muy popular.

¿Tiene algún libro preferido de Osvaldo?

Cuarteles de invierno me gusta mucho. En sí me gustan todos sus libros, todos muy bien escritos. Para mí es un gran novelista, pero Beatriz Sarlo dijo que no era un intelectual, mirá vos, cuando era un intelectual perfecto, en el sentido de que era popular y a través de sus libros se entraba a toda la literatura y a la Historia también.

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Bayer dixit: “Soriano fue mi mejor amigo”.

Cuando la charla llegó (casi) a su final, Bayer narró una última anécdota junto a su mejor amigo. Llena de fútbol, claro, al pronunciar una vivencia con el gordo Soriano.

—No conté la anécdota de San Lorenzo. Es grandiosa. Estábamos en una cena en Alemania, me visitó él. Era un domingo, vino y me dijo: “Vos sabés que tengo problemas con mi editor”. Eran las ocho de la noche, hora alemana. “Es un problema con el editor sobre la edición de mi libro ¿me prestás el teléfono para llamar a Buenos Aires?”, me dijo. Sí, sí, le digo, no hay problema. Y fue. El teléfono estaba al lado de donde yo estaba y cerró la puerta. Me resultó bastante raro eso. Entonces, miré el reloj. Él siempre me decía que yo era demasiado alemán, que tenía que argentinizarme, para provocarme, claro. En seguida me digo: ocho hora alemana, menos cuatro… allá son las cuatro de la tarde. Claro, fue a preguntar cómo va San Lorenzo. Me quería meter la mula (risas). Bueno, vino todo contento. Se ve que San Lorenzo iba ganando. Una hora después, a las nueve de la noche, yo había preparado la cena y todo, y me dice: “Vos sabés que me olvidé de peguntarle algo al editor” —Soriano era muy buen actor, así como de teatro—. “¿Me permitís hablar de nuevo?”. Sí, sí, cómo no, andá, le dije. Cerró la puerta de nuevo. Habló por teléfono. Para adentro me dije “ahora vas a ver”. Abrió la puerta y vino todo contento y yo lo apunté con el dedo. Bien serio le dije: “Yo no sé cómo vos no tenés vergüenza de ser hincha de un club que tiene el nombre de un cura”, por Lorenzo Massa, el cura que fundó San Lorenzo. Y vos sabés que se sintió mucho. Se sintió descubierto. Mi cara fue de “me querés vender la mula, yo no soy tan alemán boludo”. Me miró serio y me dijo “andá a la mierda” y se fue a dormir. No cenó y me dejó con toda la cena lista.

Bueno, a la mañana siguiente, yo preparé el desayuno. Para que se pusiera contento compré unas tortillas alemanas. Y no venía. Bueno, entonces me puse a tomar el café y de pronto entró todo desgreñado. No me saludó, se puso a tomar el café y de repente me mira con un enorme desprecio y me dice: “Yo no sé cómo vos podés ser hincha de un club que como nombre tiene ese adminículo con el que rezan las viejas: Rosario Central” (muchas risas). Se la pensó, eh. Yo no pude menos que pararme y decirle “me ganaste”. Al rato ya se amigó. Habrá pensado toda la noche. Rosario es por la ciudad y no por el adminículo, pero tienen el mismo sonido y las mismas letras. Qué genial el tipo, me mató. Yo le dije me ganaste, le di la mano y eso le gustó.

Foto de portada por Ezequiel Muñoz (La Nación)

(de la edición Nº 39, ene/feb 2015).