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Entrevista a Osvaldo Di Santo: Clásico y moderno

Después de realizar una variada muestra de sus obras modelo 2014 en la biblioteca Capponi, el artista lobense conversó con el viaje para desandar sus experiencias en los caminos del arte. Desde las primeras acuarelas a los grabados en zinc. Aquí, un recorrido pleno sobre el universo de un maestro plástico. Texto: Félix Mansilla/Fotos: Paulina Spinosa

Todas las paredes de la casa de Osvaldo Di Santo están repletas de libros que por sus formas gastadas aparentan haber sido leídos hace tiempo, aunque los envuelve un toque mágico: el de ser visitados hace poco. Sobre la mesa del living, reposan más libros y algunas de las esculturas en miniatura de la última muestra realizada en noviembre en la biblioteca Capponi, donde expuso obras de diferentes clasificaciones artísticas realizadas este año y hasta un collage de cuando tenía 12 años.

A sus 75 años, Osvaldo contempla sus respuestas como quien ha vivido todo para poder expresarlo de modo espontáneo, seguro y pausado. Con más de veintidós exposiciones en la ciudad y en otras galerías de Capital Federal, Di Santo no se considera un artista, pese a que su archivo almacena centenares de obras de arte con una calidad particular, el de un ojo mágico.

Al definirse, deja entrever eso que destaca como una falla: “La falta de capacidad comercial. He vendido siempre, inclusive en esta última muestra, pero no es mi único fin, porque nunca pensé en vivir del arte”, arroja sin preocupación. Su historia en relación a las muchas formas de las artes comenzó de niño, cuando se inició en la plástica con acuarelas sobre papel.

Cincuenta años después, Osvaldo parece mirar la vida desde un costado que lo tiene como un maestro para todos los artistas jóvenes de la ciudad, sea cual sea su estilo. Así, el maestro “sin academia”, observa todo y comenta sobre las escuelas y profesores de arte plástico de Lobos, por eso, afirma que “por primera vez hay tantas muestras” en la ciudad.

El estilo de sus obras no se puede enmarcar ni clasificar, porque el arte de Osvaldo apunta hacia diversas direcciones, donde residen detalles plenos de objetos bidimensionales (ver Patio del viejo colegio Nacional) o las miradas de retratos perfectos en variaciones de blanco y negro que inspiran pasado y por eso una nostalgia especifica. En su haber, la sabiduría se amplía en palabras simples y conocimientos de conceptos claros.

Al igual que Merleau-Ponty en «Fenomenología de la percepción» cuando afirma que “el ojo siempre llega viejo a la imagen”, Osvaldo destaca que en el arte “no hay sensación pura, siempre tiene la imagen anterior implicada. El hombre no tiene sensación pura. El único que tiene sensación pura es el recién nacido que ve la luz por primera vez y no la puede comparar con nada porque tampoco tiene capacidad de comparación”.

Será por eso que al arrojar una definición eficaz, expresa: “El arte es reponedor de la vida, es una forma de dispersión”. Aquí, la entrevista completa.
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¿Cómo analizás el arte actual en Lobos?

En Lobos hay una movida bastante grande porque hay mucha cantidad de escuelas y academias de arte. Presiento que está, con mucha cantidad de chicos y de adultos, siendo muy productivo lo que se viene haciendo. En el caso de Lobos, yo veo que en muchos lugares se hacen exposiciones. Yo estoy muy integrado a Cañuelas también y allí hay solo dos escuelas de arte, cuando aquí hay seis o siete donde se puede ir a aprender todo lo relacionado con el arte.

Como un referente del arte local: ¿Qué artistas considerás de la actualidad?

En el presente son muchos. Creo, igual, que lo que habría que tener es un poco más de creatividad. A eso, creo que lo disminuyó todo el tema Internet, entonces, eso mueve mucho a la copia. Claro, hay quien copia bien y quien lo hace no del mejor modo. Me gustaría que todo fuese un poco más no figurativo como hace Boris Barbieri (integrante de LesFormasInformales), por ejemplo, porque es todo creatividad, inclusive, todo el laboratorio que hace con los materiales que usa. Es genial.

¿Qué cosas del pasado crees que llevan a este presente del arte local?

Recuerdo que hace muchos años se hacían en Lobos los salones de otoño, primavera, verano… en la Municipalidad. En ese entonces, el secretario de Cultura era el señor Héctor Chaca, quien traía un jurado rentado de Bellas Artes de Buenos Aires que, por supuesto, era muy jerarquizado. Lo más curioso, era que él le pedía que trajeran sus obras, para saber qué es lo que hacían. Eran obras bellísimas. Así, los lobenses teníamos la garantía de que ellos, el jurado, tenían también conocimiento en el tema que curaban. Eso, en parte, ayudó al presente.

¿El presente es más diverso, entonces?

Lobos tiene otra cosa hoy —yo tengo ya 75 años y pinto desde muy chico— que es el acceso a los materiales. Antes, sólo había una librería que tenía óleos, temperas y acuarelas y nada más. En esa época eran materiales caros, importados. Ahora, en cambio, hay tres o cuatro negocios de artística donde uno va y consigue el material que quiere, ya sean artesanías u obras de arte, que no es tanta la diferencia: en el arte se crea más, pero la única diferencia que existe es que en la artesanía se puede repetir, hacer obras en serie y en el arte no.

¿Qué concepción hacés sobre los artistas clásicos?

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Patio del viejo colegio Nacional. Foto: Ligia Riscino.

Hay grandes artistas de la época romántica, gente del Renacimiento que han sido genios tremendos pero que hacían de todo: grabados, temples, óleos, esculpían, eran arquitectos. Ejemplos como Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci que eran artistas, pero también arquitectos. Por ejemplo, la cúpula de la iglesia de San Pedro la comenzó un arquitecto que se llamaba Donato D’Angelo Bramante. Ese hombre murió y le dieron la obra a Miguel Ángel, quien no respetó demasiado lo de antes y tuvo creación. Es, de la época renacentista, la cúpula más alta, con 129 metros. Eso lo hizo él, era una luz. Hoy, sería un problema construir algo así. No se sabe qué andamios utilizó.

 

Tu arte va por ese lado: obras plásticas, esculturas, grabados…

Hoy hay también gente afín a ese tipo de arte. Hubo casos como el de Picasso que era escultor, ceramista, pintor, hacía grabados y que utilizaba una cantidad de técnicas extraordinarias que pienso que es la forma ideal. A mí siempre me gustó el arte como laboratorio, como taller de ensayo, porque yo creo que cualquier elemento se puede transformar, con alguna habilidad, en una obra de arte. Cualquier elemento de la naturaleza o artificial se puede manejar o maquinar de tal manera que, manualmente, puede transformarse en una obra de arte. Los desechos, por ejemplo, que utilizó Antonio Berni cuando iba a los basurales vestido de linyera, dispuesto a luchar contra los vagabundos reales que eran los dueños de ese lugar. Raúl Soldi mismo, lo oí contar a él —tuve relación con él y cierta amistad— que la única manera de llegar a los basurales, era ir con barba crecida. Todo, para rescatar materiales que para otros artistas hubiesen sido desechos. Lo mismo Quinquela Martín, de origen muy pobre, quien amalgamó todos los colores de las pinturas de los barcos para estirar el material que luego los manejaba con espátula. Fueron todas manifestaciones del llamado arte popular; que no es más que la interpretación que hacen las clases superiores sobre el arte del pueblo, por esa parte del uso de los materiales desechables.

¿En qué tipo de obras te basaste en el último tiempo?

Mis obras dependen mucho de la disponibilidad del tiempo. Ahora tengo todo el tiempo del mundo, oara mí. El grabado es algo con lo que he trabajado a menudo en estos últimos años.

Osvaldo: ¿Te reconocés como un artista?

Nunca me pensé como un artista. Esa tarea fue para mí como algo extra laboral. Me propusieron muchas veces ir a Buenos Aires, donde están y estaban los artistas, digamos, famosos, consagrados como Soldi. De acá de Lobos Bartolomé Vaccarezza, un pintor que confirma su arte al ser conocido mundialmente, es un pintor costumbrista también, hace esculturas, vaciados en bronce. Los chicos ahora le dirían “un grosso”. Él me decía que debía irme a Buenos Aires, pero yo tenía una familia que dependía de mí, entonces, no me podía dar el lujo de largar todas mis horas titulares como docente e irme a la ciudad, a la deriva.

¿Qué crees que ve el público en tus obras?

A la gente le gusta mi obra cuando la ve toda junta. Creo que si expusiera sólo un tipo de trabajo no sé si le gustaría mucho. A la gente lo que le gusta es la diversidad, no para comprar sino para ver, observar. Eso hace que exponer sea una tarea difícil, como por ejemplo, enmarcar. Pensar en mil cosas que son caras. Muchas veces reciclo y almaceno toda la obra para luego volver a exponerla con todo lo que son los marcos, quizá, la parte más cara de la obra.

¿Cuál es tu objetivo artístico?

En principio, considero que tengo una falla tremenda que es la falta de capacidad comercial. No hay caso: he vendido siempre, inclusive en esta última muestra, pero no es mi único fin. Nunca pensé en vivir del arte. No tengo academia, es decir, los conocimientos académicos son los que le dan al artista no sólo mayor conocimiento, sino que ante la gente el título que lo respalda, aunque eso no tenga nada que ver. Todos mis momentos libres de la docencia, fueron dedicados al arte y cuando no hacía arte manualmente iba a ver exposiciones. Todos los viajes que hice al exterior siempre me la pasaba en los museos.

¿Podés contar alguna de esas experiencias viajeras?

Recuerdo la primera vez que fui a Francia. Tenía el ojo puesto en el Louvre y me pasaba desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde dentro del museo, recorriéndolo. Son 300 mil obras expuestas y más de 200 mil en los almacenes que están esperando ser restauradas para subirlas al museo. Si uno no va a ninguna parte más del mundo y quiere ver el arte del mundo, va al Louvre: desde el subsuelo donde empieza toda la cultura sumeria hasta subir y llegar a la parte contemporánea. Yo aprendía viendo la obra original: en modo tridimensional, viendo las esculturas dando vueltas a su alrededor.

¿Qué es para vos el arte?

Toda mi vida se la brindé al arte. El arte es reponedor de la vida, porque aún en los momentos donde uno está recaído, le dan ganas de hacer arte. Es una forma de dispersión, no hay vuelta que darle. La comparación, cuando existe en el arte, ya no es puro. Inclusive, si no es figurativo, un adulto lo compara con cosas que vio en la naturaleza: tiene forma de planta, tiene forma de ser humano, de animal, tiene forma de mundo. Hay comparación, siempre.

¿Cuál es tu mirada del éxito dentro del universo del arte?

Soy, en parte, muy conformista y fatalista a su vez, por eso muy orientalista, sobre que las cosas tienen que ocurrir de determinada forma y no hay nada que la pueda cambiar. Esa frase hecha de que “el hombre se forja su propio destino”, por empezar, si es destino está predestinado, es decir, que forjarlo no va. El hombre lo que hace es adaptarse a lo que el destino le marcó. En parte, me cuestiono qué es ser un artista. Hay mucha gente que dice “nosotros, los artistas”, y uno se pregunta: ¿Quién le dio ese título? Pero es sólo una cuestión personal, a aquel que se cree artista yo no lo puedo criticar, no puedo estar dentro de él para saber qué le pasa por su cabeza para saber por qué se considera así.

¿Qué pensás cuando los artistas más jóvenes te mencionan como un maestro?

Eso a veces me extraña. He hecho veintitantas muestras acá y obras mías hay en otros países también, por intercambio cultural, pero no me parece que eso sea así. La exposición tiene cosas que son imposibles de creer: la luz, la gente, el elogio. Es una combinación de varias cosas y eso me halaga.