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Eran dos…

Por Fernando Negro

Eran dos tipos con camisa blanca y corbata negra, pantalones negros, zapatos negros bien lustrados, eso sí. Yo estaba sentado en la puerta de mi casa contemplando con un whisky el infinito. Eran las siete de la tarde y el sol empezaba a despedirse detrás del paredón.

Eran dos, uno rubio, el otro morocho, ambos miraban mi rostro fijamente hasta que el rubio habló:

—Precisamos algo —ambos agacharon la cabeza.
—No me interesa —respondí secamente.
—Así te va ir mal ¿por qué no escuchás antes de prejuzgar?
—No sé, no me interesa, váyanse al carajo.

Caminaron mansamente, hasta llegar al lado de casa, tocaron la puerta, salió una vieja rubia, baja estatura. En este caso habló el morocho, cuando terminó la vieja fue hasta adentro y volvió con su hijo. El morocho hizo un ademán y los tres pasaron por la puerta de mi casa. Ni siquiera miraron (yo en realidad no hablo con nadie).

Mi cabeza empezó a centrarse en ese hecho, en los hombres bien vestidos; mormones o pastores lo que mierda sea vaya a saber uno lo que querían y por qué no lo dijeron de una vez.

Los mandé al carajo para mis adentros justo después de beber el último sorbo de whisky, iba a prepararme el tercero a la cocina y la silueta del hijo de la rubia apareció por la puerta.

—Te perdiste doscientos pesos boludo —dijo riéndose, el barbudo de al lado.
—¿Qué?
—¿En qué estabas pensando? Eran dos de Capital que tenían que ir a la presentación de un local de perfumes; el auto se les paró y no querían ensuciarse, por eso pedían ayuda—. ¿En qué estabas pensando?, otra vez será supongo.

Lo miré cómo me refregaba los doscientos pesos, pensé en dios, miré al cielo, comenzaba anochecer.

—¡Porteños! —cerré la puerta con llave y me fui directamente a dormir.

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