Estela 3

Estela a medio metro

Por Félix Mansilla

«¿Dónde estabas el día que te enteraste que Estela encontró a su nieto Guido?» Dentro de algunos años esta pregunta se va a convertir en una forma de volver al pasado, una manera de dar con el signo sobre esa parte —apenas una muestra— de la verdad en la historia de una mujer que después de 37 años de lucha, a sus 83 años, pudo abrazar al hijo de Laura, su desaparecida hija que dio a luz en un centro de detención.

Se llama Guido —su nombre adoptivo fue Ignacio— es músico y vive en Olavarría. Estas son las primeras informaciones sobre él, el nieto 114. No hace más de una hora que me enteré la noticia por la radio y se me cruzaron diferentes tipos de sentimientos asociados con el sol, unos ojos, las lágrimas y los debates ideológicos de mis pensamientos más internos sin resolver en el lado material. Es imposible pensar este desarrollo, así como es hoy, ahora, que se deja ver, que indica que aún el fin de la tregua de Estela y todas las familias que continúan reclamando justicia, se eleva más que nunca. Resulta difícil expresar cuando algo así desborda en los poros. Ahora mismo, en la radio, habla Daniel Falcone, primo de Guido que también es músico. Daniel narra cosas que abren el camino. Son para no dejar de pensar en ellas, sobre todo por las casualidades. Hace poco, Guido estuvo tocando con su banda en Radio del Plata, participó en Música por la Identidad y otros datos que emocionan y parecen como salidos de un guión de cine, pero pertenecen a la vida real. Ahora las máximas del León suman con humor: “Mascherano hace campaña por Abuelas y Estela encuentra a su nieto”.

Es una historia sorprendente, triste, sí, pero con un final feliz, como éste que acabo de escuchar hace apenas unos minutos. Qué sonrisa la de Estela en la conferencia de prensa. Comenzó tan rotunda, para admirarla en silencio: “Quería darle un abrazo antes de morirme”, fueron sus palabras con la tranquilidad que la acompaña y la hace medio angelical, serena. “He soñado con él desde antes de que naciera. Porque yo no sabía que cuando Laura fue secuestrada estaba esperando un bebé (…) no sabíamos todavía la criminalidad de los genocidas”, confesó con un tono de brote reflexivo y los pelos blancos revueltos, como nunca. Fueron tres veces las que la sentí cerca a Estela; dos en persona y una por teléfono.

La segunda fue en una marcha de DD.HH que cubrí para la agencia de noticias de La Plata donde trabajé tres años. Sólo la miré unos segundos cuando llegó al monumento central de Plaza San Martín, rodeada de otras abuelas menos conocidas. La primera, fue del otro lado de la línea, antes de sacarla al aire en un programa de FM de la primera mañana. Matías, informaba las noticias y cuando le avisé por el híbrido que la tenía en línea a Estela se le iluminó la sonrisa y arqueó las cejas como el loco Bielsa: mitad asombro, mitad picardía.

Da gusto escucharla a Estela, porque llena el aire de paz. Como a muchos de los entrevistados que al teléfono suenan piolas, amables, le pregunté qué había desayunado —nunca falla, rompe el hielo y jamás recuerdo la respuesta— habrá dicho mate o café, nunca me importó, pero recuerdo los instantes como de esos que se viven y que ya sabemos que nos van quedar en el tímpano, grabados. Con Estela no hay entrevistas, son charlas. En algún archivo mental, como a las perdidas, recuerdo que una vez ella contó que una detenida que compartió celda con Laura, le dijo que su hija le repetía a uno de los carceleros que “mi mamá los va a perseguir hasta encontrarlos”.

Treinta y siete años pasaron sin que Estela caduque en su empeño eterno, abarcador. Hasta hace un rato estaba leyendo un libro de crónicas de Cicco, un crack en el género del periodismo border que ahora reside en Lobos y escribe para los medios locales. Tirado en la cama con la radio de fondo era un martes normal, sospechosamente light. Escuché la noticia y me senté en la cama mirando uno de los parlantes. En seguida, pensé en Nacho y Denise, aún sin saber por qué ellos. Quizá porque siempre que nos juntábamos salía alguna conversación sobre esa mujer tan bella, elegante con sol y lucha, mucha lucha. No dudé y comencé a grabar la conferencia en AM Continental. Lo mismo que cualquier otro ejemplo de vida, la noticia sobre el nieto de Estela abre un camino hacia la esperanza. No sé por qué, pero asocié el camino de Estela con el de Hebe, por su persistencia histórica. Fue un recuerdo breve.

Con Hebe es otra cosa. Muchas veces no encuentro la misma regla para medir las cuestiones de semejanzas, porque con Hebe me pasó algo distinto. Obvio, sin faltar el respeto a su figura, el análisis —individual— me lleva a creer que es una señora mayor con algunas actitudes más cercanas al fuego de la lucha que a ser sólo una llama que ilumina.

Fue muy loco eso de que corte el teléfono casi a las puteadas. Eso me hizo cortar a mí con bronca en los dientes. Es una anécdota, en realidad de la que no encuentro el mínimo mal recuerdo, fue sólo aquella fugaz sensación encendida. Era el año 2011, año electoral, y el teléfono de la casa de Hebe ardía. La conversación —en la piel de productor de la primera mañana— se dio así:

—Hola, Hebe, buen día. Mi nombre es Félix, soy productor del programa El Monitor y…
—No, no, ya avisé a esa radio que no me llamen más.
—Claro, es que queríamos conversar con usted sobre…
—Les dije que no —tu tu tu tu tu…

Matías me vio como impaciente, a las vueltas, sin darle bola a los bizcochos de grasa y, como cada mañana durante media temporada, tiró emulando la voz de un locutor:

—¿Pero qué le pasa, Mansilla?
—Nada. Hebe me cortó el teléfono. Qué calentura, era un no-tón…
—Bueno, probá con otra Madre que tanto —soltó con la mano en un gesto de “qué se le va a hacer”.

Siento que al contar esto me sumo a la intención de los que ensucian a Hebe sin argumentos, con sobreentendidos. Pero no, porque me alejo, pienso y me calmo. Eso duró treinta segundos.

Con la AM encendida de fondo, le escribí un Whattsap a Denise. Ella, respondió: “Es una leña más al fuego. Qué alegría”. Nacho, me envió un mensaje levantando la copa desde los valles calchaquíes “a nuestra salú” y a la de tantos que siguen buscando. Ahora entiendo un poco más todo, porque estar en la lucha es estar cerca del fuego —como mencionó Denise— de la lucha que sea; altruista o individual.

La palabra fuego me llevó a muchos lados, pero desde un costado agigantado, como la visión mental que me atraviesa ahora mientras tipeo con los dedos nerviosos. Es algo que ahora puedo narrar así, vivido como las llamas que enciende cualquier whiskie berreta en la garganta, pero en el alma, no en la mente. Se me cruzó, además, la película protagonizada por Susú Pecoraro y Alejandro Awada —«Verdades verdaderas», de 2011— que cuenta el comienzo de la segunda vida de ella, cuando empezó a luchar, a persistir. Aunque un día dejé de creer a una parte de todo el espectro que abarca la política, verla por tercera vez a Estela, la segunda en realidad, fue como un flash, mezcla de pies en el piso, cabeza en el aire y alma en explosión.

Esto dicho así —sin un poco de contexto— se vuelve alocado/alucinógeno/fabulador, por eso, es necesario hacer algunas consideraciones así se entiende el por qué de ese flash en medio de una rueda de prensa bajo el techo de un recinto estatal rancio. Trabajé tres años en una agencia de noticias digital, para la que una vez por semana cubría las sesiones del Concejo Deliberante platense junto a Anita, la mejor fotógrafa que conocí en el ruedo periodístico; sus capturas son únicas, ella es menuda. No debe haber cosa más aburrida que escuchar a un político —o a muchos— sermonear a sus opositores y para la tribuna.

Para tener una mejor idea, es peor que esperar en la sala de un hospital el parte médico de un coma cuatro o a Papá Noel con seis años. En lugares así uno se convierte en paciente, porque sin esa actitud no se puede convivir, definitivamente, en esos pasillos que huelen a farsa detonada, hegemónica y llena de vicios. Es mejor dormir en las butacas de Retiro en invierno que esperar a que se termine una sesión ordinaria, donde nada parece ordenado y todos se dicen de todo, a veces, cosas que por ser tantas veces reiteradas se vuelven livianas y ni convenía anotarlas. Armar una noticia con eso —las ordinarieces— podría haber inspirado al editor un cambio brusco: “Mansilla, a la sección farándula”.

Era la ordinariez rentada, actuada. He visto desde ediles mujeres que no hilvanaban bien una frase sin antes consultar a su secretaria o ver entrar tarde en cada sesión a un concejal que venía ojeroso, con la corbata desordenada y se tocaba la nariz a cada rato y a cada rato se levantaba para ir al baño. Un cocainómano sin límites, prendido fuego pero que igual levantaba la mano para votar temas de los que no tenía una sola idea formada. De terror ése ex concejal elegido por el pueblo platense. En estos lugares uno puede encontrar cualquier tipo de cosa que por más mal que esté, la recubre un manto —con mal uso— democrático. En ese lugar, he visto de todo. Ni hablar de los colegas que se morían por ser compinches de los concejales, los saludos en los pasillos parecían el abrazo con Carrozas de fuego de fondo .

Lo más divertido fue una vez en la que una colega me agendó en su teléfono, en un largo cuarto intermedio. Para chapear, dijo al tipear con los pulgares: “Eh… Félix, mirá, justito, debajo de Felipe Pigna”. Nadie le avisó que el phone del historiador lo tienen hasta las maestras jardineras. Pobre, Belén, una engrupida. Pero, entre muchas de las experiencias, la más terrible fue la de ver cómo un guardaespaldas del intendente le sacaba el chumbo a un policía y amenazaba a un tipo que fue no recuerdo con qué reclamo al despacho del intendente.

Era un culata igual a Carusso Lombardi pero de casi dos metros, como la puerta de una casa chorizo. Todo eso, en los pasillos del lugar donde se supone que se desarrolla una gran parte de todo lo que llamamos y reconocemos como democracia. Ni hablar de los dichos entre ediles, de la calaña/partido que fuesen, todos salen de la misma astilla. Estaban aquellos que por decisión de la parte de asesoramiento de imagen tenían que hacer algún acting para salir en los diarios. Esos, siempre mantenían una rutina fácil de detectar.

Tres breves pasos: 1) Pedir la palabra con actitud de quien quiere levantar la nota del trimestre. 2) Comenzar con palabras como “grave situación” o “según la información de público conocimiento” (si hablan sobre pobreza, dicen seguro “achicar la brecha entre ricos y pobres”). 3) Arrojar insultos encapotados a sus rivales políticos, del tipo “ladrón” o “mentiroso” o “hipócrita”. Con eso alcanza para ser un concejal, puedo asegurarlo. De alguna manera, creo que esas prácticas me sirvieron para volverme alguien desconfiado en cualquier tipo de discurso proveniente de políticos, el que sea, despierte o no simpatías o acercamiento hacia lo que pregonan ante las cámaras y los micrófonos.

El 2011 fue un año electoral que en los corrillos municipales se vivió a pleno. Marzo fue tibio, pero a mediados de junio, ardía. Por suerte escapé antes. Fue el año en el que más café tomé. Sentía que ya los había pagado. Así con casi todos los concejales, sus secretarios (los de la oposición todos hombres, viejos) y secretarias (las del Pro y partidos afines, todas con actitud de Barbie, increíble, onda “Gordi, ¿lo esperás acá al concejal? ¿ tomás café?”. Nunca dije que no).

De esos tiempos rescato con resentimiento haberme vuelto alguien que cada vez que escucha a seres de esta raza, piensa en que son todos unos mentirosos vende humo y ladrones, farsantes de guante blanco, escudados con verdaderos equipos donde forman escondidos jueces, abogados y periodistas que venden e inventan las noticias. Una gran parte de lo que consumimos de los diarios, la radio y la televisión, está armado, es un circo. Es la misma verdad esa frase gastada que dice que “se apagan las cámaras y se acaba el show”.

Pocos, re pocos, son los políticos que hablan sin cassette o dicen algo sin que esté bajo el asesoramiento del departamento de Comunicación. Todos hablan con el diario debajo del escritorio, se refieren a las cosas como si nadie estuviese informado. Ante cualquier pregunta que supere la agenda, arrojan respuestas ambiguas, sin sentido pero rutilantes, como todas las que usan aquellos que no tienen qué decir. Eso me hartó. Nada serio o poco serio en todo caso, ya que ninguno se la jugaba, todos obedecían a eso que representamos como que “viene de arriba”. Doscientas veces en mi interior sentí durante alguna entrevista a estos impostores la expresión pasiva o reprimida de largar un “dale, decilo, no vas a ser tan cagón”, mientras los muñecos le hablaban al grabador. Pero bueno, las cosas que parecen de la vida real no son así tan reales como aparentan ser.

Todas esas feas sensaciones diarias, lograron un aburrimiento letal mezclado con resignación. Lo más divertido de cada sesión era el final, cuando el presidente daba por cerrada la jornada. Ahí respiraba como recién llegado a la punta de un cerro. Concejales, mozos, asesores, barras bravas y secretarias, se levantaban corriendo como en las viejas largadas de la Fórmula Uno donde los pilotos salían disparados hacia sus bólidos. Después de eso, con los colegas —desde los recién llegados al mundo del periodismo político con libreta en mano y los más viejos, con notebook y café humeante— hacíamos notas de lo que había dejado el mitin, que nunca bajaba de las tres horas. En fin, experiencias del pasado.

¿Quién busca sin cansarse?, ¿acaso no buscamos estos finales a cada tramo de la vida, con cosas chicas, simbólicas, como en las películas? Bueno, ahí se condensa la épica o aquello presumido como una lucha utópica, pero que hoy se expande como real y posible. A poco de enterarme la noticia, pensé más en el fuego y me acordé de un tema de Protoplasma, Otoño, que dice “siento arder un fuego que no quema”. Fue así, algo encendido pero sin parecerse a la acidez o al propio calor de sus llamas. Se me vino la sensación de cuando sentí por tercera vez de cerca a Estela. Ella estaba a menos de medio metro y el aura que la envolvía era más que la de una abuela cualquiera: brillaba y la cubría una especie de halo que observé perplejo, sin respuestas, pero absorbido por su flama. Era como un anillo grande de color blancuzco lo que la envolvía, lo más parecido al sol entre las nubes en ese instante donde los rayos queman el blanco para desperdigarse y llegar a la Tierra.

Fue un miércoles cualquiera, una tarde cualquiera. Esa sesión contuvo un momento que hoy repaso como una experiencia religiosa sin dioses ni cruces. Verla ahí sentada junto a otras abuelas —porque antes que nada son abuelas, unas viejitas que se mueven juntas para todos lados— me despidió por varios segundos del mundo real. Estaba con el grabador, mi cámara pocket y ninguna pregunta por hacer. Me pasa lo mismo cada vez que conozco de cerca a las personas que admiro. Hace poco me pasó con Osvaldo Bayer, después de ver la obra “Las putas de San Julián” en el Cervantes. El viejo estaba ahí, dispuesto a las fotos y los saludos, pero no me salió hacerlo. Bueno, con Estela igual. No pensé en preguntarle nada y solo sentí eso que emanaba en el ambiente una especie de paz reflejada, claras como campos de lavanda.

Alrededor, los fotógrafos no paraban con los flashes y los alcahuetes de siempre rodeaban a las viejas para que se pueda comenzar con los honores. El ambiente me pareció totalmente secundario/efímero/fugaz/sin sentido más que nada porque todo lo que la rodeaba parecía superfluo, inclusive las demás abuelas. Estela respondía a todas las estúpidas preguntas de la prensa “más leída” de la ciudad. Su sonrisa de dientes desparejos, la mirada de su ojo caído y cansado de parpadear, sus manos gordas y el perfume a flores recién regadas, me hicieron contemplarla sin dejar de ver en su cuerpo la lucha.

Estela, una mujer de una coherencia intachable, porque siempre su objetivo fue claro, y como dice Casas en uno de sus libros: «los que saben a dónde ir, no dudan». Será por eso y por su don de la sonrisa o la seriedad tierna que enseña. No lo puedo descubrir hoy, a muchos años de ese momento, pero prefiero que se refleje así, como fue: sentido en la piel, con los pelos de punta, nerviosos. Sí puedo tratar de escribir —intentar ser espontáneo— para hacer papel aquella sensación que pocas veces viví al ver a alguien en quien creo, que me despeja la Historia. Con el cuerpo, con las ideas, los anhelos y sus esperanzas. Ahora, sabemos al menos un poco más sobre cómo se hace para pasar toda una vida sin noticias, hasta que un día te avisan que viene. De eso debemos aprender. El éxito está ahí, en esas luchas de todos los días, arremangados. Parece que llega ¿no?

(de la edición Nº 35, septiembre 2014)