guayaba208

Guayabas

Por Mariano Contrera*

Era una tarde insoportable, estábamos en primavera pero la temperatura ascendía a cuarenta grados. Escribir un texto que transcurra en la plaza 1810, parecía simple al principio, pero ni una idea se caía de los árboles. Estaba ahí, buscando inspiración en la hora muerta, ese bache entre después que cierra el banco y antes de que abran los negocios y salgan los chicos del colegio.

La fuente apagada llamaba a remojar las patas, y el lagarto Tacho (habitante estable de la plaza, que tiene su guarida debajo del Monumento al Bombero) disfrutaba de sus primeros calores al sol. El cuidador de la plaza, sentado en un banco cercano, era el único allí aparte de mí. A paso lento, arrastrando las alpargatas recorría, siguiendo cuidadosamente un recorrido que abarcaba la sombra de las plantas. Tendría sesenta, grandote el tipo, y pelado completo. Se acercó. A un metro de distancia de mí, se estiró y tomó un fruto de la planta bajo la cual estaba sentado.

—¿Una Guayaba? —dijo el viejo estirando la mano, ofreciéndome algo.
—¿Perdón? —no sabía a qué se refería. Tenía cara de bonachón, de buen tipo, parece que estaba aburrido y con ganas de hablar.
—Guayaba ¿nunca probaste? es una fruta tropical que extrañamente se adaptó a estas latitudes —clavaba una de sus largas uñas en la dura cáscara del fruto, y lo abría. Jamás me había percatado de la existencia de una planta frutal en la Plaza 1810.

Parecía ser de esos viejos que saben de todo, por lo que le comenté de mi búsqueda de inspiración para escribir sobre la plaza, tal vez tuviera alguna anécdota digna de ser contada.

—Qué sé yo, tenés el Monumento a la Madre que corona la fuente, está el Monumento al Bombero y el lagarto que vive debajo, el Homenaje al Empleado Público, el recordatorio a los Héroes de Malvinas, el busto de Perón y Evita—. Aquí estuvo como diez minutos el viejo despotricando contra la maldición de los lobenses por ser la cuna de Perón, con improperios varios. Aparentemente no simpatizaba. —Es una fruta rara, tiene un gusto algo extraño, como a kiwi, de exterior verde y blancas por adentro. No era un fruto de lo más sabroso, más bien indefinido en cuanto a sabor, pero antes que nada—. Mientras el viejo seguía.

—Y después tenés las dos réplicas de estatuas griegas, que son las más desubicadas si se quiere. El discóbolo, que es la denominación convencional de una famosa escultura griega realizada por Mirón de Eleuteras en torno al 455 A.C, es un retrato en honor a la disciplina olímpica de lanzamiento de disco, tallada en mármol. La otra es la Venus de Milo, esa joven que vez ahí adelante con el busto al aire y un lienzo cubriéndole la cintura, es una de las estatuas más famosas esculturas de la antigua Grecia y se cree que representa a Afrodita. Si bien a la original le faltan los brazos, a ésta le fueron agregados —parecía saber bastante de historia y de las esculturas, y cuando creía que era todo un erudito, salió con la siguiente anécdota.

—Recuerdo una noche que al flaco Flores lo habían pelado al póquer en Los Naranjos. Un “amigo” tuvo la mala idea de comentarle que un beso a la estatua podía a cambiarle la suerte. Fue tal el golpe que se dio el flaco cuando cayó con la estatua encima que tuvieron que llamar a la ambulancia de los Bomberos para sacarlo de abajo ¡Tendrías que haberlo visto! —estalló en carcajadas el viejo. Qué sé yo quién diantres era el flaco Flores, simulé una risa para no ofenderlo. Escupió un par de semillas de Guayaba y continuó su relato.

—Bueno, lo curioso es que el deportista la observa, mientras ella displicentemente le da la espalda, mirando hacia la calle 25 de mayo. Resulta que ambas esfinges las donó la misma persona, un médico acaudalado que vivía sobre la calle Belgrano, enamorado de una joven de apellido Cantú que vivía en donde ahora está esa heladería. El viejo las hizo poner específicamente en esa posición, y le hizo saber a la dama que estaría allí como la estatua, mirándola y esperando a que ella se digne a no darle más ese dorso desnudo bellamente tallado, esperando al menos una contemplación, que gire ese exquisito cuello bellamente tallado, y lo honre tan solo con un dulce beso de su mirada. Yo era chico en ese entonces, tendría cinco o seis años, pero recuerdo que todo el mundo comentaba eso. La piba era jovencita, veinticinco tal vez, hermosa, gordita pero rubia de ojos claros, piel rozada. Todo ese puterío la traumó, la gente comentaba cosas, que a ella le gustaba provocar, que era una descocada, de todo se decía. La pobre chica, ni salía de su casa, no podía ir a bailes ni a reuniones que ya le sacaban el cuero. Eventualmente dejó de tener amigas, todo el pueblo no dejaba de comentar el tema de las estatuas. El tiempo pasó, ella se fue unos años al campo de la familia en Elvira, pero la fama de loca no la abandonó.

—La vida en este pueblo tiene muchas cosas buenas, como la tranquilidad y el conocer a los vecinos y tener ayuda cuando se la necesita, pero también tiene sus cosas malas. Cuando te tildan de loco, de yeta o de degenerado la fama te sigue hasta la muerte, y fue así que Faustina Esperanza Cantú murió como una pobre loca, colgada de una rama de esta misma planta de guayabas.

—¿Pero quién te contó esta pavada? —fue lo primero que esgrimió mi abuela al leer el texto. Siempre chequeo los textos con mi familia y en esta ocasión fue extraordinariamente incluida ella, que no vive normalmente con nosotros, está en el asilo de ancianos, ya que no está muy bien de la cabeza.

—No sé, un viejo que cuida la plaza, supongo que sabrá algo de todo eso, ¿por? —no entendía los rezongues de la vieja, aunque protestaba por todo últimamente, por lo que no era tan extraño tampoco.

—Eso es una pavada, el viejo tarado ese te dijo cualquier cosa. La chica de Cantú se casó con un tipo de Capital, un tipo de plata y se fue a vivir a la Recoleta. Me acuerdo porque era unos años más joven que yo, pero algunas veces hemos hablado en alguna reunión. El viejo que vivía en la calle Belgrano no era médico, era un tiro al aire con fama de galán. Martínez o algo así era el apellido. Se jugó toda la plata que tenía, le gustaba la timba casi tanto como el chupi. Tenía un par de campos heredados que se los terminó jugando. Una vez arruinado, se terminó enganchando una vieja con algo de plata, de las Chacras —parecía estar convencida de lo que decía, pero había algo que faltaba explicar.

—Eso no explica las estatuas abuela. ¿Por qué pusieron esas y justo en esa posición? —pregunté ingenuamente. La abuela se encogió de hombros, mientras meneaba la cabeza.

—Qué se yo, las tendrían de oferta en la fábrica de estatuas. Capaz fueron a comprar alguna de San Martín y no les alcanzó la plata. Y están puestas así por pura casualidad m’hijo. Usted también se cree cada cosa.

Parecía más convincente la explicación de la Nona, aunque suele desvariar, no está muy bien. Quizá la verdad es una mezcla de ambas, o de ninguna de las dos, pero lo interesante es encontrar la más atractiva. Que cada uno elija.

*Lobense, autor de los libros “La idea fija” y “Media hora de felicidad” (Editorial Cien Km).

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)

Un pensamiento en “Guayabas”

Los comentarios están cerrados.