Por NBM

Hábito en sus ojos

Por Félix Mansilla
Ese sí que fue el anochecer de un día agitado. Nos pareció hermoso tomarnos tres días de campo. Sin querer, fueron las vacaciones previas a la llegada de Bruno, que ahora tiene cinco. Mi memoria narra el primer amanecer en el medio de la nada que nos encontró abrazados, observando cómo en el horizonte se fundía el naranja con el amarillo. Los dos solos en la inmensidad, como esperando algo.

Ahora sé que fue un ser de luz, que trajo a nosotros luz. Al día siguiente, la mañana fue especial. Hablamos de un montón de cosas, pero sin hacernos mal. Charlamos del pasado, revisitamos el presente, pero nos conformamos en pensar que la eternidad duraría la vida. Ella me pasaba el mate, repetía su enojo por el cigarrillo con el sol entrando, como siempre. Me miraba, mientras yo sentía cada gramo de esa energía que encuentro hoy en sus ojos. Sobre todo su sonrisa que ahora recuerdo como entre las nubes o el ahora que no es un todavía.

Cuándo vas a cambiar, repetía y al tiempo comprendí que ya no éramos como ese amanecer que nos volvió sombras en cada pestañar ausente. El amor es, sin salida, es. Ella transpiraba como mujer, siempre seria, después. No dejaba de observarla en el silencio de aquello que supe que me arrastraría al tiempo que respiro.

Ahora, en el ayer, la construyo en el ideal que cimenté con los desperdicios del alma que me hiere, pero de la que salí contemplando el aurora de mis desvelos mansos. En ese pensamiento, ella aparece como el ángel que nos cuidaba cuando niños en las piernas de mamá. Ella es eso: una vida que se fue, pero vive en el recuerdo. Y siempre amanece temprano cuando la olvido.

El tercer día —última alborada con el sol arriba, en las cejas— fue el reflejo de lo que en este instante me cruza como la muralla del tiempo escrito en la historia, la mía. Un punto de quiebre o el corte final de una perspectiva que me acaricia, que me acompaña, pero en el verde de una reseña llena de sentir. El río Salado corría eterno frente a nuestros ojos. El sabor de la yerba era otro. Supuso que era por el humo de la leña de aquel eucalipto viejo y arrollado por el viento. Nos besamos y desee que esa foto se congele en las miradas, como un atajo que no deja retorno.

Cerca del puente, una familia de patos había como salido de compras o volvía de unas vacaciones con canciones de agua y cielo. Pregunté de qué hablarían o quién llevaba los pantalones en esa relación animal. Ella sonrió, pero me miró con las mismas dudas de siempre, sobre si lo que decía realmente lo pensaba. Sin creer. Ella vivía sin creer en los demás. Del otro lado, cerca de un alambrado, las vacas miraban para arriba, como buscando respuestas o viviendo la vida sin pensar en los sueños. Desarmamos los tendales, llenamos los bolsos, guardamos el recuerdo.

Ahora pienso a la vida como con la valija a medio armar, porque siempre estamos preparados para los viajes. Adonde nos lleve cada respiro, cada alma que aparece sensible sin sabernos preparados para las sonrisas con sol. El olvido habita, el pasado nos dice. Eso que perpetuamente viene no es el futuro, sino el crédito de que estamos salvados para siempre.

El camino de tierra, las ventanillas abiertas y la naturaleza la pusieron de malhumor, pero sé que fue volver a la rutina lo que le molestó en el regreso. Por eso hablaba de los quehaceres, de cómo lo espeso de la humedad habría desmejorado las paredes de aquella, nuestra casa y los residuos en el patio, destrozados por los perros. Pero la quise así, hasta que se abrió un corazón, como el durazno que cae o el caracol que busca vivir más alto que sus antenas.

Después del hábito de miradas frías en los ojos, todo comenzó de vuelta en caminos tan prontos como bifurcados por una línea que teje el desamor que un día llega y crece. Porque un día dejamos de querer, aunque sin admitir que es gris.

Y pasaron los años y nos acostumbramos a padecer, a no decir, a callar eso que se incendia o se parece a la calma que enseña el silencio. Todos queremos que nos escuchen, pero ella prefirió no mencionar más nada. El frío que le imprimió el temor a lo largo de los años, no dejó que las semillas que planeamos puedan apenas salir al aire del dolor compartido.

Bruno viene a visitarme los sábados que ahora son de él. Con su pequeña guitarra me dice quién soy. Por qué estoy acá. Le leo cuentos, le invento historias. Al final, eso que recibo me llena con sólo sentir sus brazos o sus besos con ápices de babas que se irán de pura ira. Sus conclusiones con la cara, su estilo en las formas de acercarse a los demás. Conserva de mí aquello que soñé con la libertad, porque al fin no hacemos más que elegir a cada instante. Menos respirar. De ella, sus ojos.

Ahora que duerme bajo el árbol de la verdad, que las vacaciones son para nosotros solos, el vuelo del fin quedó lejos. Lejos como amanecer en el verde de los recuerdos truncos. O como la falsa estima de proponerse volver. Ahora no me pregunto para qué, porque la respuesta me dio este amanecer en el que pienso sin poder dormir.

Foto de portada por Nico B Mansilla

(de la edición Nº 32,  junio 2014)