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Historias quebradas

Texto: Félix Mansilla/Foto: Jimena Rodríguez

En 1982, con 32 años, Horacio ofreció en los diarios locales asistir psicológicamente a aquellos ex combatientes que desearan atenderse en su consultorio.

Cinco años antes, en 1977, se había licenciado en la Universidad Nacional de La Plata luego de haber comenzado la carrera “para probar” tras no poder anotarse en Medicina. Finalmente, la psicología lo entusiasmó. Realizó su residencia en el hospital Melchor Romero, donde adquirió un poco más de experiencia y camino. El Profesorado en Psicología vino después y continuó dando clases en las carreras Docentes en el Instituto 43 y en el 153 de Lobos. Pocos meses antes de la contienda los últimos manotazos de la dictadura al mando del etílico Galtieri imponía un chauvinismo que pareció convencer a más de la mitad de la sociedad argentina.

Los diarios aumentaban el fanatismo con discursos eufóricos que inundaban el centro de la Capital con ecos en cada uno de los rincones del país. El 2 de abril el desembarco en las islas. Ineficacia militar, fervor entre botas y la mentira mediática, desembocaron en un episodio que dejaría 649 caídos en batalla y más en la posguerra. Tras el conflicto en las islas, Horacio decidió brindarse ad honorem y prestar ayuda psicológica a los chicos recién vueltos de la guerra.

La rendición (14-06-82)

La rendición (14-06-82)

“Era un inexperto”, cuenta 33 años después. Ante la pregunta de cómo surgió la idea de dar, explica que “a veces uno hace cosas que son buenas para el otro, pero que a uno lo hacen sentir bien. Nunca esperé recibir reconocimiento por eso. No fue una cosa que me interesó divulgarla”, menciona seguro. Sobre aquellos días de la posguerra, Horacio pone el acento en el recuerdo: “Para mí era una experiencia nueva porque nunca había atendido a veteranos de guerra. No solamente vi gente de acá de Lobos, también lo hice con personas de Marcos Paz y Las Heras. Tuve que aprender un poco”, confiesa con una sonrisa de entendimiento y las cejas arqueadas.

Un no lugar. El pasado siempre reaparece y si hablamos de las Malvinas la representación simbólica apunta hacia la batalla en primer término y sobre aquello que conocemos por imágenes fotográficas, después. En el libro «Cruces: idas y vueltas de Malvinas» (Edhasa, 2007) de Federico Lorenz y María Laura Guembe, la mención de la guerra aparece en modo de repaso en imágenes nunca antes vistas después del conflicto con Inglaterra. Entonces, el acento está puesto por lo que ellos llaman “romper con el sentido común de la guerra, una guerra de propaganda en un contexto de censura”. En el mismo sentido, las palabras de Horacio van hacia ese punto, teniendo en cuenta que “lo que uno puede ver en una guerra es difícil de imaginar”. Nadie más que los que allí estuvieron pueden hacerlos.

Esa idea de Lorenz y Guembe, desplaza el objetivo sobre el significado de “la propaganda en un contexto de censura”. Por su parte, Alba presenta el contexto sobre el rol de los medios de comunicación en cuanto al comportamiento social de aquellos días, remitiendo a que “en la psicología social ocurren una serie de fenómenos que funcionan acorde con lo que hacen ver los medios de comunicación. En aquellos primeros momentos antes de la guerra, cuando se tomaron las Malvinas, era todo euforia y patriotismo. Los medios hicieron todo un trabajo en ese sentido y a la vuelta lo que sucedió fue ‘de esto no se habla’”.

Sin asumir responsabilidades serias, poco después de la rendición del 14 de junio del 82, el Ejército confeccionó un informe, en 1983, en donde destacó que eran soldados que “no fueron nunca organizados, equipados e instruidos para enfrentar adversarios capacitados para emprender operaciones a nivel mundial. Los costos y esfuerzos que ello implicaba estaban totalmente fuera de las posibilidades de nuestro país”. Los paralelos y similitudes en las historias de los suicidios después de la guerra se entrelazan, pero el final es siempre el mismo.

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En la nota «La guerra invisible» (por Cecilia Sosa en Radar, Página/12, 11/3/07), Lorenz cita las palabras de María Laura Capparelli, esposa de un ex combatiente que se suicidó pocos años después, al mencionar que tras el triste final “ella tuvo una actitud muy fuerte de sostener la historia del marido. Contaba cuánto le había costado todo después de volver. El período horrible que había sido. Y eso que él pudo volver a trabajar y a estudiar. Hablaba con enojo, no tanto con la gente sino con el Estado. Denunciaba la falta de apoyo psicológico”. Fue un tema escondido.

Alba, amplía: “La mayoría de los chicos lo que menos quería era hablar del tema. Los que venían lo hacían empujados por sus familias. O sea, el tema de por qué no querían conversar se daba por lo traumático que pudieron haber vivido, y además porque habían recibido por parte de la jefatura el consejo de no hablar absolutamente nada”.

A eso, se suma la gran estafa. En el repaso, Guembe vuelve a su infancia, donde presenció la farsa: “Me acuerdo de la colecta patriótica, la recolección de dinero, las cartitas a los soldados. En la radio, la convocatoria era insoportable. La sensación era que cada torta que hacía una madre, al otro día estaba en el frente”, relata. Sobre el silencio derivado en miedo a reprimenda por parte de los ex combatientes, Horacio cuenta que “había una resistencia a tocar esos temas”. Aquí, un repaso por el recuerdo de aquellos años.

¿Cómo surgió la idea de prestar ayuda psicológica a los ex combatientes de Malvinas?
La idea surge porque percibí que después de una situación tan compleja nadie puede volver a su casa luego de semejante trastorno y no haber tenido ningún tipo de herida psicológica. Entonces, me ofrecí para eso. Me surgió espontáneamente porque consideré que nadie se podía acercar solo y yo tenía la disponibilidad para hacerlo. Fue una cosa totalmente natural. En ese momento vinieron más veinte chicos de acá y la zona. El fenómeno que ocurrió fue que para algunos estaba todo bien y entonces una ayuda psicológica que puede durar no menos de seis meses para poder decir que alguien hizo un tratamiento, la hacían, pero venían un mes o dos meses, otros tres semanas y no después no lo hacían más.

¿Cuáles fueron los temas más difíciles de atravesar por parte de los soldados?
Hay un denominador común que es el estrés post traumático y que a algunos los afecta de alguna forma y a otros de otra. Mi trabajo se redujo más que nada a poder hacer que el sujeto pudiese narrar todo lo que había pasado que fue lo más difícil. Ahí, uno se encontraba con todas las trabas. El hecho de venir de ese lugar y reencontrarse con su familia, tenía dos situaciones. Una, la de pensar que estaba todo bien, y la otra, de negar lo que habían pasado. Entonces, ese conglomerado hacía que digan: “Yo vengo, pero de qué voy a hablar”.

¿Muchos continuaron con la terapia tiempo después?
Sí, pero de esas veinte personas continuaron el tratamiento solo dos. Muchos de ellos lograron reinsertarse, pudieron estudiar, conseguir meterse en el mercado laboral y hay muchos que después no sé qué pasó, porque no tuve más referencias. El tema es que vinieron, volvieron a sus casas, todo divino, pero después debían enfrentar la realidad. Algunos tenían elementos como para empezar y otros no, porque eso depende también de su historia anterior.

Visto en perspectiva: ¿Vivió aquella experiencia como inicial en su carrera como psicólogo?
Ahora me parece lo más normal, pero en aquellos momentos me encontré con la paradoja de que aquellas personas tenían la posibilidad de pedir ayuda pero que por su situación no colaboraban. En ese momento, pensaba en por qué no querían colaborar contando las experiencias. La negación y el hecho de volver a sus casas y al mes, sentirse en la obligación de contar todo lo vivido, no fue fácil. Mi trabajo fue en aquellos primeros momentos. Luego, investigando llegué a conclusiones generales en donde uno sabe que el veterano de guerra, más en los casos de los soldados que estuvieron en Vietnam, tienen conductas de violencia, de alcoholismo, porque sienten que no pueden entrar en el engranaje.

Muchos factores indican la problemática del significado de la posguerra…
Claro. El número de suicidios que hubo fue mayor a la cantidad de los que murieron en Malvinas. O sea, esto quiere decir que el hecho traumático es terrible. Es decir, lo que uno puede ver en una guerra es difícil de imaginar. Son todas historias de vida quebradas. Son quiebres críticos en los cuales hay personas que por su ámbito, por su familia y por otras cuestiones, lograron poder pasar ese abismo y otras que no.

¿Has tratado con familiares de ex combatientes?
Sí, mucho después he tratado con hijos de veteranos de Malvinas. De alguna manera, eso origina trastornos en los cercanos. Porque el padre de una familia que no funciona adecuadamente acarrea situaciones que tienen que ver con ese momento familiar. Hay casos en los que se han dado hechos traumáticos en sí, donde ciertas personas se han suicidado. Hay una sumatoria para el lado de la familia con todo lo traumático. En el estrés post traumático se viven situaciones de angustia de máximo nivel. Por ejemplo, no es que volcaste con el auto y ese hecho te va a quedar. Lentamente lo podés superar porque vas a manejar y adquirir de nuevo la confianza. Acá suceden una serie de hechos trágicos que no te dan espacios, son como un bombardeo de cosas trágicas que no dan espacio a la elaboración, digamos, y eso es lo que enferma. Al revés, no sería normal. Que alguien pase por una guerra y esté fresquito como una lechuga tampoco es normal. Esto es, “estuve en Malvinas, me mataron muchos compañeros, pero yo estoy bien”. Eso es negación. La situación genera tanta angustia y allí aparece la negación. En esos casos, funciona un mecanismo de defensa, la negación, para evitar la angustia. Los mecanismos de defensa todos los llevamos, lo que ocurre es que a veces la elaboración de esa defensa es tan grande que no permite la elaboración del problema. Llevado al extremo, es negar un hecho. Como las personas que pierden a un familiar cercano y a la noche dicen que hablan con él o que lo mandó a hacer un mandado. En esos casos, hablamos de algo psicótico. En el neurótico hay negación para reprimir, hablar menos o restarle el contenido afectivo que tiene eso.

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Este tipo de casos, son un patrón general de personas que estuvieron en los campos de batalla…
Hay ejemplos paradojales como la de quienes estuvieron en Vietnam. Dos pilotos de avión: uno mató a quinientas personas, el otro a seiscientas. El primero dice que anda bien, normal y el otro va a tratamiento psiquiátrico. Entonces, la paradoja es: ¿Cuál es el normal? ¿El que no necesita tratamiento o el otro que lo está atravesando? Generalmente, en la mayoría o en todas las situaciones, el que vuelve no es reconocido como tal y en el caso de Argentina peor, porque además de no ser reconocidos fueron escondidos. De allí, el efecto de la posguerra. El hecho de que a lo que uno vivió, se le suma el hacerle sentir al otro como un desclasado, el pasado como algo que no se mira ni se toca. Es una segunda negación.

¿Qué conclusiones hace del camino de lucha de los ex combatientes en la actualidad?
Los ex combatientes buscan el reconocimiento acerca de que aunque no hayan ido a Malvinas hay gente que quedó en retaguardia en Río Gallegos y pretende también cobrar como el resto. En realidad, estuvieron movilizados pero no los llevaron a las islas. Esa es su lucha. A nivel general, lo que marca la situación son los números con más de 600 suicidios. Después, no sé exactamente en qué tiempo, se puso por misma gestión de los soldados, gente rentada para trabajar con los veteranos. En el marco social más grande, de mayor a menor, perdí contacto con muchos a los que no vi más. A los pocos que conozco y puedo ver, han logrado funcionar y superarse, tener su trabajo, su familia, muchos se pusieron a estudiar. En lo macro, la conclusión es que hubo más muertos después de la guerra.

(de la edición Nº 41, abril 2015)

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