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Hugo Ropero: “Lo de Cabezas fue un crimen político encubierto”

A 18 años del asesinato del fotógrafo de Noticias, un repaso por las hipótesis del homicidio de quien fuera su jefe al momento de realizada la foto que mostraba al gran público al empresario Alfredo Yabrán. Su paso por el fotoperiodismo, sus libros, los viajes y el recuerdo de aquel pasado.
Texto: Félix Mansilla/Fotos: Nico B Mansilla

Hugo es un tipo grandote de vozarrón fuerte, peinado para atrás con mirada firme que apunta a los ojos. Es una tarde de febrero en La Laguna de Lobos donde vive desde hace algunos meses. Está escuchando Artaud de Pescado Rabioso y de alguna manera, sus palabras y las historias se van mezclando con aquel pasado y éste presente. La idea, entonces, fue realizar un repaso por su camino en la fotografía y la literatura, para luego volver a los días de la muerte de José Luis Cabezas.

A través de la memoria, Hugo vive el presente. En 2008, lanzó “Maldita droga. Una historia del paco” (Editorial Norma) en donde cuenta sus experiencias en ese mundo oscuro del que logró salir. Parafraseando a Arthur Rimbaud en esas páginas, cuenta: “Probé el licor prohibido de la destilería de Satán (…) me imaginaba dentro de un estuche de mí mismo”. La paranoia, las malas amistades, el miedo y la desidia, quedan claras en el final, cuando cierra. “Hoy vivo sin paranoia, sin voces, sin autos. Trato de tejer prolijamente todos los andrajos que fui dejando en ese triste derrotero”. A siete años de la salida del libro, Ropero explica que fue “una manera de hacer catarsis sobre algunos episodios grises de mi vida”.

“Llegué a Noticias, pero primero fue la editorial Perfil. Fue en el año de la guerra de Malvinas. A Noticias entré a trabajar en el 88. Ahí descansan muchos años de mi vida”, dice con una media sonrisa. Pasaron dieciocho años de su salida de revista Noticias donde fue Editor General de Fotografía y jefe de José Luis Cabezas.

Luego de su paso por el medio emblema de editorial Perfil, creó El Planeta Urbano junto a su compañero Gabriel Pandolfo, quien fuera vicedirector de Noticias hasta 1997. De regreso a esos recuerdos, Hugo respira, piensa y reflexiona sobre aquellos años de periodismo gráfico, política, farándula, investigaciones, aprietes y descaro estatal, el mismo que se llevó a su amigo.

En “Asesinato de un periodista” —material inédito— lo describe a la perfección. “Tenía una manera muy particular de contar las cosas en imágenes. Sus encuadres se burlaban de la línea del horizonte y lograba que las modelos volaran o que personajes de la política y los negocios se caracterizaran para sus reportajes”. El libro narra la previa al homicidio y su hipótesis sobre cómo fue el desarrollo del caso que conmocionó a toda la prensa local tiempo después, pero que luego quedó impune con todos los implicados libres.

En esas páginas, recorre detalles esenciales para entender lo que Ropero indica como una “farsa”. Sus argumentos, se basan en múltiples datos que enmarcan la contienda de intereses alrededor de los negocios entre el Estado y empresas privadas vinculadas a los servicios de correo en la década del uno a uno. Pero el camino comenzó mucho antes.

Su adolescencia estuvo atravesada por el sueño de muchos de los jóvenes que conocían eso que hoy denominamos como rock argentino. Sus comienzos con la fotografía se dieron de modo práctico, “observando a los que saben”, asegura. Corrían los años 70 y Hugo estaba ahí, expectante.

Como de memoria, narra: “De chico me empezó a interesar la fotografía. Miraba las revistas de aquellos tiempos como París Match y todos esos productos que venían de afuera y las de acá también. Recuerdo a Carlos Abras, quien en la revista Siete Días hacía ‘La Argentina desde el aire’ y con un helicóptero recorría lugares. Después laburé con él finalmente y terminé siendo su jefe”.

¿Qué significa viajar para vos?
Viajar, para cualquier persona, es abrir la cabeza. Cualquier viaje que hagas al exterior te hace ver otras culturas y eso te cambia la cabeza. A mí me tocó hacerlo periodísticamente con toda la inquietud que conlleva eso y con todo lo bueno que te sucede en el mientras tanto, porque sos periodista y sos bienvenido en todas partes. Va, no todas las veces (risas), pero fue una gran experiencia.

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¿Cómo empezaste a interesarte en el universo fotográfico?
Siempre tuve una tendencia artística. La fotografía me empezó a entusiasmar desde muy chico, siempre estaba interesado en la música, pero me di cuenta que no estaba para instrumentista y en seguida lo taché. A los 14 años empecé a laburar en un laboratorio: a revelar, a preparar químicos. En aquel entonces, la fotografía se aprendía así, no se estudiaba en las escuelas, sino que se daba una transmisión de boca en boca. A los 16 ó 17, me empecé a meter en el mundo de las bandas de rock. Conocí al fotógrafo Rudy Hanak en un recital y él me llevó un poco a conocer el mundo del rock.

Allí, Hugo dejó la huella en algunas tapas de la banda Pastoral y en el book interior del cuarto disco de León Gieco (LP IV que tiene a “Solo le pido a Dios”, “Cachito, campeón de Corrientes”) en 1978. La placa, se hizo conocida con la canción de León, un hit tras el conflicto con Chile.

Selfie con Alfonsín pág 11

Selfie con Alfonsín.

“Las fotos del interior del LP con todos los músicos que lo acompañaron son mías, tenía apenas 17 años”, cuenta. Además, asegura que en aquella época “no había tantos ni era común que un tipo tuviese una cámara de fotos como ahora. Hoy no andás por la vida sin una cámara de fotos”, afirma.

El mundo rock fue tu primera experiencia, ¿qué vino después?
Después, frené un tiempo y cuando volví al ruedo, lo encontré a Rudy que me llevó a conocer a la gente de Editorial Perfil. Ahí comienza mi carrera periodística. Empecé a hacer fotoperiodismo, exactamente. De aquellos años, recuerdo que salía a la calle a laburar y no volvía a mi casa porque me enviaban a París, iba a Colombia, viajes por todo el mundo.

New York por Hugo Ropero

New York por Hugo Ropero.

¿Existe aún ese archivo personal?
Lamentablemente de aquellos años no me quedan más que recuerdos, porque en aquel entonces los fotógrafos no veíamos el material porque ni bien llegábamos dejábamos los rollos en el laboratorio y después veíamos las fotos editadas. Lo pienso hoy y es una pena porque la verdad es que hice muchísimas fotos a una inmensa cantidad de personajes interesantes y en lugares hermosos.

¿Cómo era ser fotógrafo en aquellos años?
Yo era fotógrafo, pero sabía, además, todo lo que responde a laboratorio: fotografía con placa e iluminación. Ahora, con los programas digitales es otra cosa. En aquel tiempo, en Perfil, que no era tan rigurosa como Atlántida, los que hacíamos fotos cubríamos varias secciones, no había exclusividad en la actividad (fútbol, moda, sociedad), entonces, empezábamos a usar luces con portátiles que en Atlántida estaban prohibidas y las manejaban sólo los tipos exquisitos. También, como sabía todo el tema del ‘estudio’, estuve diez años en todo lo que tiene que ver con el laboratorio y producciones que se hacen en estudio.
Por Hugo Ropero

Conociste mucho, viajaste mucho ¿no?
Tuve la suerte de hacer todo eso, como viajar que me encanta. Ir como periodista es distinto que viajar de turista porque siempre tenés algo para hacer. Fuimos a Perú y lo hicimos a Alberto Fujimori (presidente entre 1990 y 2000), estuvimos en Washington cuando viajó Menem a ver a Clinton. Conocí muchos países, lugares de Latinoamérica sobre todo, mucho Estados Unidos donde viví algunos años, un poco menos Europa, como París donde fui algunas veces. Conocí Rusia, fotografié las ferias de Moscú. Viajé bastante.

¿Trabajaste para medios del exterior?
Sí, en Estados Unidos trabajé para la editorial American Media que saca unas revistas estilo tabloide y de toque sensacionalista, muy graciosa. Se venden muchísimo allá. Cuando cayeron las Torres Gemelas yo estaba viviendo en Miami. Fue todo muy complicado.

¿Qué podés contar de aquel episodio que, de alguna manera, cambió el mundo de hoy?
Miami es una playa, un lugar turístico y cuando cerraron el espacio aéreo fue una ciudad-desierto. Todo el mundo especulaba que se venían los ataques de ántrax y hubo un ataque en la editorial que yo laburaba. Llegó un sobre contaminado de ántrax y se murió un colega cubano. Me acuerdo que me llamaron desde Clarín y después empecé a salir en todos los medios como ‘el argentino víctima del ántrax’. Hasta Mirtha Legrand me llamó en vivo, en la mesa había especialistas en el tema. Caras me hizo una nota allá junto a mi mujer y mis hijos. En fin, me pasaron un montón de cosas.

¿Cómo analizás todo ese camino aprehendido en el fotoperiodismo?
Muchos años después, pasó lo de Cabezas, lo de José Luis. Por tener algunas diferencias con la editorial Perfil después de todo el caso, junto a un amigo, Gabriel Pandolfo, creamos la revista El Planeta Urbano. En las primeras notas, mandamos a un tipo a China a hacer un informe sobre moda, apostábamos fuerte. Hoy, sigue estando al nivel de cuando la ideamos. Los que la hacen actualmente eran nuestros compañeros de Noticias. Haberla creado me queda en el recuerdo personal.
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¿Cómo definirías el proceso de tu crecimiento profesional con la fotografía?
Después de haber trabajado en toda la época del rock & roll, comencé en la editorial pensando que las sabía todas, pero después me di cuenta que no sabía nada. Tuve la suerte de comenzar trabajando con los mejores. En aquellos años, los fotógrafos salían a hacer fotos en blanco y negro y en color, por eso, desde la editorial preferían que acompañen a los fotógrafos más importantes para que salgan mejores producciones, sobre todo, cuando cubríamos los temas de los chicos de la calle y la vida urbana de aquellos años. A mí me encantaba acompañarlos, porque eran tipos que sabían laburar. Lo más importante era verlos hacer fotos.

¿Qué recuerdos siguen vivos de aquellos comienzos?
Una vez me tocó acompañar a un fotógrafo a una producción de fotos a un cabo del Ejército que fue el primero que confesó que durante la dictadura había torturado en la ESMA. Estuvimos con él una semana, fuimos al estudio. Había un ventanal. Él (fotógrafo) le dice que mire la cámara. Puso un lente largo. Yo observaba todo. Fue una apertura: el foco estaba en las manos, los ojos del tipo detrás. Quedó en la revista declarando: “Yo torturé”. Fui anotando todo, aprendiendo esos trucos todos los días. El photoshop, creo, de alguna manera le quitó a la foto la credibilidad, la magia de la creatividad. Antes, se trabajaba distinto.

¿Cómo recordás la década del 90 estando en revista Noticias?

Los 90, que fueron los peores años del país, fueron los mejores para mí. Tenía un buen trabajo, pero fue una época que hoy miro con otros ojos, porque fue todo un despilfarro total. Ganábamos en dólares, todo era desorbitante. En aquellos años no había otra visión desde el periodismo, no estaba dividido en dos como sucede hoy que existe otro punto de vista que te muestra cómo te lava cabeza un medio y cómo nos han lavado la cabeza durante toda la vida Clarín y compañía. Hoy, dentro de todo, hay posiciones que le hacen frente al monopolio. Antes no, todos pactaron con el Grupo. Lo digo porque viví desde adentro las andanzas de toda esa serie de runflas empresarios. La polaridad que existe actualmente, empezó a despertar a muchos recién ahora.

¿Era percibido ese manejo poderoso en aquellos años?
Es decir, uno en el trabajo cotidiano no se da cuenta de eso, pasa todos los días. Las notas que yo les mandaba a hacer los periodistas no marcaban una tendencia, no trataban sobre cosas que no se podían decir, digamos, pero el poder siempre se manejó de la misma forma: con los medios dominantes que son muchos y son un frente amplio. Lo que está pasando ahora, quizá sirva para que la gente se avive de algunas cosas.

La foto de Cabezas a Klodzyck, Jefe de la Bonaerense (pág 11)

La foto de Cabezas a Klodzyck, Jefe de la Bonaerense.

Maldita policía
Después del repaso personal, Hugo desanda los recuerdos de su amigo José Luis Cabezas. Su hipótesis sobre el homicidio, da por tierra eso que señala como “una creencia general”, sobre que lo mandó a matar Alfredo Yabrán. Así lo describe a Cabezas: “Era un tipo muy simpático y convencía a los entrevistados de hacer cualquier cosa. Le gustaba mucho ir al ballet, cubrir eventos culturales. Lo cargábamos porque se subía a los escritorios de los políticos, les hacía tomas geniales. A todos en realidad. A Ernesto Sábato lo puso en las escalinatas de un colegio en frente de Tribunales con un fondo de playa que era una tela. A Sábato ¿entendés? y Sábato aceptó (risas).

Ernesto Sábato por José Luis Cabezas.

Ernesto Sábato por José Luis Cabezas.

¿Cómo era José Luis en el cotidiano?
Era el típico jodón. A algunos les caía mal porque era muy jodón. A veces, le paraba el carro porque jodía pero no todos lo entendían. Siempre lo cargaba al inglés de la redacción, Anthony Walsh, al que le decía “anchoni, anchoni”. Ese tipo después se suicidó. Llegó a ser asistente de José Luis. Hacía chistes todo el día. Lo que a mí me pasó de joven con los viejos fotógrafos, a él lo mismo con nosotros: nos admiraba. Por ejemplo, en 1995 fui al Caribe a hacerle fotos a un funcionario que vacacionaba allá, Armando Cavalieri. Yo le conté a José Luis cómo le hice las fotos. Había puesto a una chica posando, a Marcela Goldín, mi asistente, pero había puesto un lente largo haciéndole fotos a este tipo que jamás sospechó nada. Cuando él le sacó la foto a Yabrán hizo exactamente lo mismo con Cristina, su esposa. Con el tiempo, entendí que José Luis escuchaba y aprendía. Cabezas era uno de los mejores fotógrafos que tenía. Le hizo la foto al tipo que lo mató, el Jefe de la Policía Bonaerense, Pedro Klodzyck. Todos los que estuvieron en esa nota murieron: el inglés que se suicidó, el periodista Carlos Dutil y él que hizo las fotos. Increíble.

A tantos años, ¿cómo crees que sigue la memoria de Cabezas en los medios de comunicación?
La historia quedó en la nada. Es decir, lo que quedó para los medios y para la gente es que a Cabezas lo mató Yabrán para acallar al resto de la prensa, ya que se sabía que el empresario esquivaba el perfil público. El tema no fue así. Mi hipótesis es que a Yabrán le hicieron una cama, fue un trabajo de inteligencia, igual que el caso de ahora del fiscal Alberto Nisman. Fue un mensaje de la alta inteligencia.

¿Cuál es tu hipótesis sobre el asesinato de Cabezas?
Hubo varias puntas. Una de ellas fue la Policía Bonaerense. Klodzyck, que trabajaba para Duhalde (en aquel entonces Gobernador de la provincia de Buenos Aires) es el que lo mandó a matar a José Luis. Duhalde, conjuntamente con Cavallo, junto a un grupo de empresarios, incluyendo al Multimedios Clarín, sabían lo que iban a hacer. Querían sacarlo del medio a Yabrán, que les molestaba para hacer negocios a tipos como Franco Macri, quien finalmente se quedó con el correo. Todos ellos planean el asesinato. Cómo lo planean: ¿A Yabrán qué no le gustaba?, ¿tenía alguna amante? ¿tomaba drogas? No, estaba más limpio que el agua mineral. No le gustaba que le saquen fotos, porque eso le permitía pasar desapercibido en cualquier lugar para hacer negocios. El plan, entonces, fue: saquémosle fotos y matemos al fotógrafo. Así, se pensaría que fue él el que encargó la muerte.

Es decir, la foto de Cabezas fue la excusa para involucrar a Yabrán…
Exacto. Primero, el operativo de la playa, que estoy seguro que se lo armaron a Cabezas, avisándole a Yabrán que en la costa estaba todo ok, sin fotógrafos. Estaban haciendo inteligencia. A los que les molestaba nuestro laburo era a la Policía Bonaerense. La nota de Klodzyck salió con el título de Dutil “Maldita policía”. Klodzyck, molesto, planeó darnos un escarmiento a los de Noticias. ‘Si vienen a hacer fotos, le secuestramos al fotógrafo’, fue el mensaje. Lo mandan a Gustavo Prellezo a estar cargo del operativo, que fue el autor material. Qué iban a hacer: matar al fotógrafo con un revólver que le habían afanado a Pepita la Pistolera, dueña de unos prostíbulos de Mar del Plata, quien diez años antes habían entrado a la casa tres tipos para matarla y se los cargó a los tres, de ahí el sobrenombre. Cómo iban a endilgarle el asesinato: robándole el revólver .38 de su marido, un tal Maidana. La cuestión fue que con ese arma matan a Cabezas, se la devuelven y aparece un testigo encubierto que dijo dónde estaba el arma del asesinato.

A partir del asesinato, comenzó la investigación, los rumores, las sospechas.
Como los asesinos de Cabezas eran los policías de esa zona, eran ellos los que iban a investigar el crimen. Se lo iban a endilgar a Pepita la pistolera y ahí terminaba la cuestión. Pero los que planearon todo, fuera de la policía, sabían que iban a usar un programa, el Excalibur, que cruza los llamados telefónicos. Entonces no era impensado que Prellezo, amigo personal de Ríos, Jefe de Seguridad de Yabrán cuando el empresario veraneaba en Valeria del Mar, tuvieran contacto al momento que Yabrán visitara la playa para saber que estaba libre de la prensa. El secreto era que cuando cruzaran los llamados iban a aparecer contactos entre Ríos y Prellezo, que cuando mata a Cabezas no tiene ni idea del quilombo que se le viene después. Jamás declaró nada, sabía que le hicieron una cama. Él creyó que todo terminaba con Pepita la pistolera como culpable.

Allí, empezó el armado que indicaba al empresario del correo como el autor intelectual…
Ni bien matan a José Luis, Duhalde, que fue el que inventó todo esto, inmediatamente separa a toda la policía y pone a un grupo de informática a trabajar con él. Entonces, aparecen llamados de la oficina de Yabrán a Ríos, de las oficinas de Yabrán a gente del Gobierno como el ministro de Justicia Elías Hassan, que tuvo que renunciar. El crimen de Cabezas fue político: la idea fue socavar a Menem, sacarle peso político. Nada que ver con lo que la gente cree acerca del asesinato de Cabezas.

¿Cómo se llega al supuesto suicidio de Yabrán?
Cuando en un momento se sientan a negociar Menem y Duhalde para ver cómo finalizan todo, deciden hacer que desaparezca el empresario. El problema, es que Menem tenía negocios con Yabrán. Fingieron la muerte del tipo y se acabó. Para mí, está acá, en Argentina.

¿Qué piensan tus compañeros de Noticias sobre tu hipótesis?
A Gabriel Michi, que estaba en la fiesta con Cabezas antes de que lo mataran, no lo puedo convencer. Él vivió todos los embustes de la Inteligencia. Una de las cosas que cuenta es que una vez un posadero le comentó que habían ido unos tipos de traje que andaban preguntando por él, que eran del riñón de Yabrán. Refuto esa idea: ¿Puede Yabrán, que era dueño del correo, mandar a preguntar a un posadero dónde está el fotógrafo? Era el dueño del correo: tenía las direcciones de todo el mundo. Así es la historia. Cabezas fue un chivo expiatorio. Nada fue casual. Estoy seguro que la muerte de Dutil y Anthony no fue casualidad. Murieron con pocos días de diferencia. Dutil, lo habíamos mandado con El Planeta Urbano a Guatemala a hacer una nota sobre Médicos Sin Fronteras y jugando un partido de fútbol le agarró un paro cardíaco y murió. Anthony, el inglés asistente de Cabezas, se suicidó el día antes. Cuando me llama Jorge Gainza, el fotógrafo de Dutil en Guatemala, me cuenta de su muerte. Los tres tipos que hicieron la nota “Maldita policía” a Klodzyck, están muertos. Esas son mis hipótesis.
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Cada 25 de enero vas a las marchas de Cabezas: ¿Tenés esperanza de que se resuelva el caso?
Si asisto a las marchas es para que la memoria de José Luis no quede impune. Pese a que muchos no manejan lo que pienso, considero que no fue lo que cree la opinión pública.

(de la edición Nº 40, marzo 2015)