Plumas de pájaro

Ilusión

Por María Mansilla
Todos los días alrededor de las dos de la tarde, después de comer, me acostaba a dormir la siesta con mi papá. Me contaba muchas historias, las cuales me imaginaba todo el tiempo y quería que vuelva a contar una y otra vez. Caperucita Roja, Los tres Chanchitos y muchos más. En las tardes lluviosas me contaba cuentos agregando efectos especiales de rayos y truenos. Todo eso me encantaba, me dejaba sorprendida. Lógicamente, tenía cinco años.

Entre todos aquellos cuentos, también me prometió llevarme a volar en el “lomo”, pero con la condición de que le busque cualquier clase de plumas. Recuerdo que en cuanto me dijo eso no dudé en salir a buscarlas. Mi impaciencia sigue vigente.

La camioneta de papá estaba repleta de plumas. Cada vez que me subía le recordaba que me tenía que llevar a volar, a lo que él me respondía: “Buscame más plumas que te llevo”.

Me acostaba a dormir y no paraba de pensar e imaginarme volando, viendo Salvador María, mi pueblo, desde arriba, las casas, los campos y la gente. Todos los días era lo mismo. Comíamos, nos acostábamos y me contaba otras historias. Mi viejo es un tipo de contar historias e inventar. Siempre repetía los mismos cuentos, pero a mí no me dejaban de gustar ni me aburrían. Eso marca lo que es la inocencia.

Yo podía estar en cualquier lugar y si había una pluma la agarraba y la guardaba para dársela a mi papá y que me llevara a volar. La emoción que me daba imaginarme en lo alto es inexplicable. Me imaginaba en la espalda de mi viejo, mirando todo, las plumas pegadas en sus brazos y demás cosas desprendidas de mi cabeza. Pasaba el tiempo y no me llevaba.

Yo lo consideraba como algo pendiente, algo que mi papá me había prometido; algo así como un cumplido. Pasó y pasó el tiempo y no me llevó a volar. A medida que fui creciendo me di cuenta que era algo imposible: cómo si poniendo plumas iba a poder volar.

Yo sé que es algo sumamente imposible, pero me quedaron la ilusión y las ganas. Tengo en mi cabeza esa imagen de cómo creía y pensaba que iba a ser esa “experiencia”. Algo imposible, porque vivimos y nos alimentamos de las ilusiones.

(de la edición Nº 21,  julio 2013)