Indio 1

Indio en la Biblioteca

Paseo por parte de la intimidad de un mito con poesía que recorre también otras de sus manifestaciones artísticas: dibujos y pinturas, ropas, libros, manuscritos y bocetos de canciones.

Por Félix Mansilla

La invitación de Horacio González a la muestra “El tesoro de los inocentes. Indio en la Biblioteca” en los primeros días de febrero, abrió el camino y despertó la curiosidad de los miles de visitantes que la conocieron. “Pasaron siglos antes de que el rock se formase, y probablemente estemos viendo ahora las infinitas formas de su transmisión”, dijo el Director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno al suplemento Radar Nº 960.

La intención, también ajustada en las paredes de la sala, explican más el por qué: “De una manera u otra, la poética y la voz ásperamente melancólica del Indio Solari tratan la cuestión del enfrentamiento, palabra que tiene visos policiales, religiosos, metafísicos, hegelianos y de lucha (…) Vemos sus dibujos: enfrentamiento pacífico entre formas de la naturaleza vegetal y la figura humana (…) Los mitos saben muy bien vivir la vida de su propio pasado. El Indio Solari llama ‘rock’ a una de las tantas formas de vivirse en el presente mito”.

Comienza el paseo. El verde del patio de la Biblioteca está decorado con fotografías del Indio posando con las ruinas de Epecuén a sus espaldas. Los visitantes, salen de la muestra y el paisaje sigue ambientado como en el interior, con una producción de fotos de 2010 tomadas por el fotógrafo Edgardo Kevorkian en Epecuén con el Indio posando sobre las ruinas, desafiante.

Peregrino literario

Un recorrido por ese universo casi-poco-conocido del Indio Solari, mejora la perspectiva al resignificar los vínculos entre una obra reconocible —con los Redondos o con sus Fundamentalistas del Aire Acondicionado— en formato sonoro y sobre aquella parte de todo lo que no se ve en la superficie.

La muestra que finaliza en marzo, invita a seguir pensando en el proceso de la vida artística de un personaje tan adorado y cuestionado en la nube de nuestro rock. Su prosa ornamentada, mezcla de climas subterráneos, estados mentales oscuros y mensajes en clave, se descubren una vez más al deslizar esa conceptualización sobre otras ramas del arte que practica como un entendido en cada una de las temáticas.

En ese contexto personal, conviven referenciadas desde un aparente ‘estilo Solari’ la pintura y la literatura como un modo más de manifestar su naturaleza. En el interior de una vitrina pueden verse libros que pasaron según los años y que son, al igual que Solari en estos lares, un clásico. Un repaso por los títulos de obras puntales del siglo XX (A sangre fría de Truman Capote, Cartas a Théo de Van Gogh, La espuma de los días de Boris Vian, entre muchos más) comienza a dar forma a ese terreno poco conocido, porque se sabe poco sobre qué lee y qué música escucha el Indio.

En las paredes de la Biblioteca se pueden también leer sus contemplaciones sobre la literatura universal. “Así como un músico me invitó a otro, mi guía fueron los escritores de esa nueva izquierda, quienes me acercaron a otros autores que el sistema había desechado y hasta prohibido por ‘inadecuados’ y peligrosos. Nada de orientación académica ni notas reflexivas en el margen de las páginas. Una diversidad producto de la renuncia al sentido común de la sociedad que me arrastró de Gurdjieff a Conrad, de Artaud a Cooper y Laing. De Schwob a Roussel. La generación beatnik, Idries Shah, autobiografías de cineastas, haikus y Kenneth White, correspondencias (Wagner y Liszt, los hermanos Van Gogh), Durrel, Vonnegut, Capote, Wolfe, Vian, Cohen, etc., etc.”.

Dicho aporte se encamina como fabuloso, reabre y despierta más el interés sobre lo que rodea su obra. La distancia y aquel contexto de lectura no le hacen mella, sino que lo acercan hacia el presente.

Solari (sic): “Con mis lecturas, a través del tiempo, me he comportado como un peregrino revoltoso. He curioseado todo lo que trajo hasta mí la cultura rock (…) He olvidado casi todo, menos la emoción que me prestó cada uno de ellos y me llevó (con alegría) a atreverme a hacer mi trabajo”. En las paredes más abertura, todo un palo. “El tesoro que no ves. La inocencia que no ves. Los milagros que van a estar de tu lado. Cuando comiences a leer”.

La traición está fría

El tesoro más buscado

A partir de esta iniciativa cultural que recorre los comienzos de Patricio Rey, pero a su vez, sumerge al espectador a ir más allá con objetos que también dicen cosas, se pueden apreciar en sus dibujos contemplados con temas que se desarrollan dentro de un guiño a medias sobre la historia conocida post Redondos.

Alguna vez, el Indio definió el final de la banda poniendo de manifiesto el punto sin retorno: “Lo que duele de la traición, es el tiempo”. Años después de la despedida, los idas y vueltas comenzaron cuando se expandió en la red —¿obra de algún matón de la Internet?— un show completo de la banda en Racing en 1998.

Como lo explicó en una carta enviada a la redacción de Rolling Stone, en agosto de 2009, tras unas declaraciones de Skay sobre quien a su parecer el Indio pretendía adueñarse de los símbolos de la banda, la ruptura comenzó ante la negación del guitarrista y de la Negra Poli a realizar copias del material (“la última vez que estuve cerca, éste ocupaba un garaje entero”) que con el tiempo sería oro en polvo como aquel show en el cilindro de Avellaneda.

De regreso a la historia que se puede pensar luego de recorrer la muestra, el valor de aporte a la cultura rock argenta se desprende no sólo en las canciones y sus mensajes, porque deja abrir los ojos y arquear las cejas observando detalles que terminan de recolocar al personaje en eso que antes parecía demasiado oculto o no tan visible: camisas de sus memorables shows en el interior del país, la gorra negra con orejeras que usó en Mendoza en septiembre del año pasado, dos pares de sus lentes tipo Lennon, una mini guitarra, máscaras arcaicas, entre más de un centenar de objetos que completan todo el aura del Indio.

Otros de sus lados a la sombra, se puede ver en sus pinturas: presenta seres de miradas fijas y perdidas, rodeados de un fondo amarillo verdoso. El estilo de sus dibujos —estética del entorno redondo— parecen recorrer la costa de un río turbio, aparejado por olas oscuras de rostros como salidos de un templo de seres subterráneos y miradas escondidas bajo máscaras de banquetes insanos, delirantes.

Los conceptos apuntados también recorren su lado dolorido, como en el que se encuentran cinco personajes —una mujer con antifaz que hace luces; un señor oculto bajo el ala de su sombrero; un burro con cuerpo de persona enrejado en un traje y con las manos en la espalda y un hombre con cabeza de gallina que tose sin remedio, mientras un calvo de lentes negros toca el piano a un costado—.

Detrás, un cartel dice “La traición está fría”. La imagen, desempolva mitos y el Indio, allí, en ese dibujo, es el único preocupado por la música. Otra joya de El tesoro de los inocentes, son el archivo de revistas de la época de levantada de los Redondos.

Sobre las paredes, se leen textos como “¿Cuánto te pagan por izar la bandera?” publicada en la revista Cerdos y Peces en enero de 1990. En las imágenes que ilustran la nota, donde se ve una mujer con la foto de un hijo desaparecido y un señor que camina cabizbajo, el Indio desprende su pensamiento sobre el comienzo de una década inefable, dejando en claro por qué pertenece a la vanguardia, extensa, hasta el presente.

“Somos el miedo de quienes temen a los cambios pues su status depende de la rutina y del tiempo en otras personas. El miedo de las tecnologías caprichosas que nos obligan a valorarlas adoptando siempre sus supuestos básicos. Somos el viejísimo miedo agazapado en todos los rincones del Imperio y estamos encantados ¡encantados!”.

(de la edición Nº 40, marzo 2015)