14-La armónica

La armónica

Por Mauricio Villafañe

Soñaba con un cuarto blanco que no tenía puertas y sólo se apreciaba una pequeña ventana. De repente el poder del sueño lo puso bicicleteando en unos caminos familiares junto a desconocidos amigos. Mientras tanto, esas preguntas le resonaban en la cabeza dolorida por una noche larga de tantos excesos como carencias. Se daba vuelta para un lado y para el otro.

Quería abrir los ojos pero eso lo mareaba. Sabía, sin embargo, que ese día impostergable se acercaba inexorablemente: los viejos amigos volvería a reencontrarse. Las horas se pasarían a mates y a anécdotas de todo tipo para llegar, por fin, a agarrar los instrumentos de vuelta. Y el vino pasaría como un río por sus gargantas y los cigarros negros las pondrían rojas de excitación.

Él, en medio de un improvisado concierto, advertiría:

— Che, ojo con la armónica que tengo una boquera, eh… No la toquen a ver si los contagio.

Nada podía salir mal esa noche. Sin embargo, el aviso cayó o sonó demasiado tarde: Mario, Beltrán y Silvio tenían las cuencas de sus ojos vacías, babas espesas y de colores exóticos recorrían ya la comisura de sus labios al tiempo que sobre sus cabezas una fuerte y tibia vaharada se elevaba al cielorraso.

Preso de la desesperación, se acercó y abofeteó a sus amigos que ya no eran de este mundo. Sintió rabia y lloró hasta que ya no tuvo lágrimas. Levantó la cabeza y vio lo peor: Mario tenía la lengua hinchada y violácea, Beltrán miraba con ojos rojos cómo sus brazos, que usualmente colgaban paralelos a su cuerpo, se movían ahora como epilépticos en el suelo. Lo miró con una sonrisa perdida que desnudó su boca: sus dientes se habían hecho arena; todo el ambiente olía como al fondo de un cajón.

Silvio lanzaba gases pestilentes y absurdos por toda su perimida humanidad. Profería palabras en lenguas muertas y levitaba a metro y medio del suelo. Entre tanta confusión y Apocalipsis, pudo ver a la armónica tirada arriba del sillón. Brillaba maliciosamente, como un instrumento de Dios o del Diablo. Por su culpa y una maldita boquera, derivada de haber sufrido una úlcera por los panchos de diferentes puestos callejeros durante veinte días consecutivos, su vida y la de sus amigos más entrañables ya no tenía sentido.

No podía tolerar la imagen de ellos destapándose mutuamente la tapa del cráneo para comerse su propia materia gris. Un trueno afuera y el chirrido de la frenada de un auto último modelo lo sacaron de esas tremendas e inevitables visiones. No tuvo más que pararse y acercarse al balcón para lanzarse al vacío.

Ese último viaje duró segundos, su cabeza no pensó más al tiempo que se dibujaba una estúpida sonrisa en su mismísimo suicidio. El estruendo de su cuerpo inerme al chocar y reventar contra el asfalto despertó a los vecinos que llamaron a la ambulancia y a la policía.

Personal de la Morgue y de las fuerzas de seguridad encontraron, en un bolsillo del occiso, una armónica que pasó a aportar como prueba en la causa. Eso sí: nunca más, a partir de esa noche, volvió a ser tocada por nadie.

(de la edición Nº 45, septiembre 2015)