Por NBM

La familia Funes

Por Menocchio
En el proceso de descripción de personajes cotidianos de nuestra ciudad comenzaron a surgir muchos nombres. Cual árbol, estos nombres fueron ramificándose. Por cuestiones de tiempo, de espacio, que vaya a saber si no son la misma cosa, y porque desde que la vida es vida uno tiene que elegir, entre los miles de designes, elegí el de “El petiso” Antoño, Ambrosio Funes y porque su larga historia lo reclama, decidí incluir a su familia. Los Funes poseen un árbol genealógico tan largo como sinuoso. “Según consta en los archivos de la Real Chancillería de Valladolid, los Funes hicieron probanza de su hidalguía en esta institución. Se sabe que los Funes tienen o tuvieron radicación, entre otros lugares, en: Galicia, Las Islas Canarias, País Vasco y/o Navarra, Cataluña, Andalucía y Aragón.” Recuerdo que estas palabras se lucían en un pergamino encuadrado que estaba colgado arriba de un sillón bordo gastado en el humilde living del viejo caserón donde se crió Antoño. Aquellas augustas palabras que describían los inicios de los Funes allá por el siglo XIII, contrastaban enormemente con el carácter “veinteno” que había adquirido la familia por las fuerzas históricas.

Mientras uno viajaba hacia atrás en el tiempo, intentando imaginar esa hidalga familia que describía el árbol genealógico, podía toparse de un momento a otro con el terrenal presente y encontrarse, por ejemplo, con Don Ambrosio, padre de Antoño, vestido casi siempre, con una camisa celeste sobre una musculosa blanca, una bombacha verde militar metida dentro de un par de medias bien gruesas, sea invierno o verano y unas alpargatas, sea invierno o verano.

Ambrosio siempre tuvo la asquerosa costumbre de andar meditabundo chasqueando su boca seca por los amplios rincones del caserón, lo que sacaba de quicio a cualquiera que lo escuchara, pero sobre todo desencadenaba una furia rabiosa en su mujer que al escucharlo lo cagaba a pedos —“¡Paraaa Ambrosio! ¿O sos loco vó?” —. Él, sin salir de su contemplativo estado, apenas encogía los hombros, se frotaba las manos con una sonrisa pícara y exclamaba con vos tenue —“¡Éeesa! vieja Siriaca”— mientras enfilaba para otro ambiente pensativo.

A pesar de esos gritos y de la corpulencia que escondía su acostumbrado vestido blanco con flores naranja, Doña Esther Siriaca Damasco era una mujer muy amable y trabajadora. Se la veía refregando ropa todo el día en un piletón enorme de cemento que tenían en el patio, cociendo alguna camisa o cocinando.

La recuerdo revolviendo durante toda la mañana los suculentos guisos de mondongo que preparaba en una hoya enorme de aluminio y también recuerdo los tazones de té con leche acompañados por un trozo de pan que nos servía en la merienda.

La tradición de ponerle Ambrosio a cada hijo varón, fue adoptada por la familia Funes aproximadamente en el 1800 cuando Ambrosio Funes, comerciante oriundo de la católica y Federal Córdoba, juró ante la virgen de Calamuchita que el nombre Ambrosio y la fidelidad al Sargento Eustaquio Moldes atravesaría a la familia Funes hasta la última estirpe de ésta.

De este hábil comerciante la familia también heredaría el gran sentido de la oportunidad que tanto los distinguió y que les permitió salir provechosos de cuanta situación se les presentase. Alguna vez Don Ambrosio nos narró la historia de cómo este personaje, al que él llamaba “el abuelo Funes”, había conseguido una chacra en Lobos. Con toda su cautela nos contaba.

—En aquel tiempo… En aquel tiempo la tierra sobraba y entonces unos terratenientes le dijeron al abuelo: “¡Don Funes! súbase a un caballo y cabalgue hasta que el animal se muera, hasta allí será su propiedad—.

Ni lerdo ni perezoso parece ser que Don Funes se hizo de un alazán viejo y cinchón que no le costó ni dos mangos y encima le aguantó todo el tramo que va desde Córdoba Capital hasta Lobos. Increíblemente resistió alrededor de seiscientos kilómetros el decrepito caballo y hubiera seguido de no haber sido por el altercado que tuvo una noche en una cantina de campo.

El gaucho más malo y matrero de la zona, desorientado como chancho en departamento a causa de una borrachera, lo confundió con un retador y lo tumbó de un piñón para siempre. Obviamente que a Don Funes no le dieron la prometida extensión de territorio, aunque, a charla pura y reacia porfía, pudo conseguir unas cien hectáreas por los pagos de Los Lobos, en pleno límite con el indio.

Este viaje le había resultado bastante rentable a pesar de no haber obtenido todo lo prometido. Lo poco que gastó en el caballo viejo lo recuperó y con provecho al obtener de los hombres que lo desafiaron, otra vez a fuerza de charloteo, un caballo mucho más joven y la pequeña chacra terminaría siendo su nuevo hogar donde comenzaría una nueva vida.

Antoñito, Ambrosio Funes, como dice el dicho, fue un hombre de “sueños grande y de casa chica”. En su adolescencia temprana soñó con llegar a ser el más grande de los Funes. Soñaba con que dentro de dos mil años, cuando sus predecesores vean el árbol genealógico, su nombre preponderase por sobre el resto de los nombres de la familia.

Primero, persiguió el sueño fantasma de brillar como futbolista. Jugó tres increíbles temporadas en Provincial, de wing derecho, donde dejó el cuero, el alma y la misma vida por la camiseta. En las dos primeras dos temporadas llegó a ser el goleador con treinta y cuarenta goles respectivamente. Fue ovacionado en cada partido por su público.

La tercera y última temporada fue para el olvido, el equipo quedó detrás de mitad de tabla y Antoño había perdido mucha efectividad: tres goles en los pobres cinco partidos que jugó. De igual modo su público lo bancó, sobre todo por el gol agónico en el superclásico con Rivadavia.

Antoño hizo uso de su habilidad persuasiva y tras simular terriblemente un penal, hizo una queja tan insistente y abrumadora que el referí terminó comprando y echando al jugador de Rivadavia. Por supuesto lo pateo él y convirtió a los treinta del segundo tiempo el único gol del partido. Al poco tiempo dejó el club y jugó dos temporadas en Salgado. En ambas su juego fue pobre. Fue en esos días que Antoño escuchó por primera vez un disco de los Beatles.

Gritó, saltó y lloró cada tema. Desde ese mismo año abandonó el fútbol para volcarse a la poesía, práctica que apenas le duró dos o tres años. Aquí, un fragmento de uno de sus poemas:

“…Volar por el extremo, proyectarse indómito,
Llegar a la meta y desarmarse en un grito redentor.”

Tanto en este poema, titulado “Por la punta”, como en tantos otros que escribió Antoño, se deja ver que su pasión por el fútbol seguía indemne. Ésta fogosidad por este popular deporte, se metió en los genes de los Funes allá por los años treinta y pico, cuarenta, en los principios de la profesionalización de este deporte.

Exactamente en 1933 se creó la liga lobense y fue en esos comienzos que, Archondo, Ambrosio Funes, más conocido como “el Coqueto” Funes, maravilló al público pueblerino. Sus habilidades con la pelota eran magnificas. Cuatro extraordinarias temporadas le bastaron para que un club del ascenso se fijara en él.

Todos los fines de semanas por las tardes, Archondo deleitaba a la pueblada con sus goles y firuletes y por las noches era un habilidoso galán. En la cancha era como en el bar y en el bar como en la cancha. Recibía la pelota con la suavidad con la que cogía una copa de buen whisky, se aunaban, salía al ruedo, ahuyentaba giles con un prodigioso movimiento, sacaba a bailar todo lo que podía y en la primera oportunidad conquistaba el objetivo. Tanguero de pura cepa, malo como el colesterol, Archondo, tuvo varios encontronazos tanto dentro como fuera del campo de juego.

Es conocida la anécdota de aquel reñido encuentro que disputaron Provincial y Athletic. El arquero de Athletic estaba siendo figura y para sacarlo del partido, Archondo no tuvo mejor idea que dedicarle un firulete a la hermana de éste que se encontraba en la tribuna. Esto provocó una ira desenfrenada en el guardameta oriundo de Carboni que en un mano a mano lo cruzó a la altura de la rodilla y lo desplomó por el área. Archondo, que siempre fue de pocas pulgas, se abalanzó sobre el guardameta armando una tremenda bartola que terminaría con el arquero y un defensor expulsado y con un penal a su favor.

Esa última pelotera no terminaría ahí, ya que un mes después en un baile en el Club Argentino, Archondito Funes sacaría a bailar un tango a la hermana del portero a la cual le había dedicado los firuletes. La gente impresionada por la habilidad de la pareja para el baile formó un círculo enorme alrededor de ellos y comenzaron a elogiarlos con aplausos.

El hermano de la señorita, arquero al que Archondo hizo expulsar, no soportó la humillación y con una carrera de unos veinte metros se lanzó en plancha ‘con los tapones de punta’ sobre las piernas de Funes, causándole una rotura de ligamentos que lo dejaría fuera de las canchas y de las pistas para siempre. Trágico final para habilidoso tanguero delantero.

Los que conocieron al hijo de Antoñito afirman que poco ha mantenido de la tradición familiar. Cuentan que una vez convertido en un gran magnate en el rubro de la construcción de piletas, abandonó el país y hasta se atreven a afirmar que cambió en su documento el nombre Ambrosio por el de Axel y en sus ostentosas salas de estar ya no cuelga la historia de la familia y en cambio brilla sobre un enorme sillón, un magnifico cuadro de diseño con la inscripción: Todo pasa.

(de la edición Nº 32, junio 2014)

Foto de portada por Nico B Mansilla