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La grieta que amontona

Por Félix Mansilla

—Al galpón de La Grieta, en la estación de trenes —dijo el más fresco que se sentó adelante.
—¿Quién toca, che? —preguntó el tachero más canchero de Silver City.
—Los Natas.
—Uh, altos motoqueros esos locos —arrojó entre tosidas entrecortadas. Sus manos sujetaron fuerte el volante/timón del Peugeot lancha 504, viejo y ruidoso.

El taxi avanzó a alta velocidad por el empedrado del barrio de la vieja estación de trenes. Los muchachos no hablaron entre sí durante el recorrido que empezó en el centro hacía tres minutos. Antes de llegar, el taxista preguntó si había drama en hacer dos cuadras en contramano.

—Son dos cuadras y los dejo en la puerta.
—¿…? —asintieron sin opciones.

Fue un viaje que a velocidades normales dura diez minutos, pero la lancha los dejó en cinco sin diagonales de por medio. Al toparse con el imponente cuadro del Meridiano V, vieron infinidad de autos y bicicletas que se amontonaban sobre el cordón pronto a una interminable fila de eucaliptos centenarios. Desde adentro fluían ruidos entrecortados. “Hola. Si, si. Hola, ¿se escucha?”. Sentadas sobre una tranquera llena de musgos —en el estacionamiento improvisado del predio— tres chicas compartían el humo de un charuto importado. Entre risas y abrazos, la de vestido verde, calzas negras y zapatos de bailarina, cruzó al otro lado de la calle.

—Ey, Lu ¿qué pasa? —interrogó la que se bajó apurada en dirección a su amiga—. ¿Qué encontraste?
—Al final nada. Parecía una moneda —explicó con desilusión. La que se quedó en la tranquera las esperó.
—Ustedes dos están cada vez más quemadas. Muuuy quemadas —rió.

El portón de acceso al galpón de La Grieta no tiene mucho de distinto a cuando era un depósito de encomiendas de los Ferrocarriles provinciales. Un pequeño hall bien iluminado deja ver el brillo de los ladrillos barnizados, las cumbreras viejas y el techo de chapas. Sobre una mesa pequeña llena de panfletos del centro cultural, una caja de zapatillas con billetes y un cuaderno de hojas cuadriculadas, dos chicas cortaban las entradas. Media hora después, The Siniestros comenzó un show que duró poco más de una hora.

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Luego, los músicos de Natas subieron al escenario. La algarabía rebotó en lo alto de las chapas. Los aplausos se multiplicaron en 360º de una locura a punto de comenzar. Una infinita distorsión de guitarra acopló en las paredes y fue imposible hablarse sin preparar la garganta. Los músicos movían sus cabezas como en una expresión positiva sin fin: cabeza abajo-nuca en cuello y así. Tras el primer tema el bajista de la banda, pelo canoso, remera negra arremangada en los hombros y porro humeante en la boca, dijo un seco “buenas noches”. Los golpes de una batería semiacustizada y ruido a tacho compacto, dieron el pie a una melodía de guitarra sucia de metálico emanar. El guitarrista, barba rala, nariz fina y capucha zombie, se movía como hamacando un bebé. Caminaba hacia el sitio de la batería de espalda al público y se hacía señas con el batero que ya estaba con la remera mojada y una expresión con la boca dura y los pelos con suspensión. La mayoría movía las cabezas sin dejar de mirar el espectáculo. Cerca de donde estaba una chica menuda, un flaco de brazos flacos y piernas flacas, se tambaleaba demasiado. Molestaba sin querer demasiado. Como pudo se acercó a uno de sus amigos con el andar flaco.

—Gordo, sacame de acá que estoy re loco —dijo en una expresión dolorosa, con los pómulos ajustados—. Sacame de acá —su mano de dedos largos apuntó simbólicamente a la entrada. Su amigo lo tomó del brazo pidiendo permiso y disculpas entre la multitud. El flaco ya se había escabullido y pisó a más de uno al pasar. En el playón cercano a la barra se apuró y sólo dejó a su paso gente que observaba su andar zigzagueante sin darle demasiada importancia. Su amigo lo encontró y lo desplazó con el ímpetu de un lazarillo en apuros. El flaco se perdió.

Mientras el guitarrista encapuchado afinaba con la vista clavada en el piso y su pierna derecha pisaba pedales entre cables, el bajista se volvió hacia su amplificador y prendió el cigarrillo que ya no se notaba en sus labios. Acomodó la correa del instrumento y con la mano derecha tomó el cigarro y lo volvió a acomodar en la caja negra. Con movimientos lentos, la visión en el techo y un vaivén moderado, no dejaba de desdoblar notas gruesas que rebotaban en cada pecho como un golpe expansivo. El batero sacudía más los pelos que no dejaban notar su rostro mojado.
Al terminar el set de los Natas, las luces se prendieron y la gente siguió parada. Sobre el escenario, los plomos comenzaron a desarmar la batería que en menos de cinco minutos quedó guardada en un baúl cuadrado con ruedas diminutas. Sobre el cemento donde termina la rampa que conduce a la pista, había una mesa llena de discos de bandas locales. Más de ciento cincuenta placas de producciones semiartesanales se prestaban a salir como el comienzo de un acontecimiento actual con proyección futura. Muchas bandas, muchos discos y arte, que es cultura.

Al costado de la mesa de discos los Natas conversaban con tonos roncos y pausados. La mesa, de dos metros y medio de largo por uno de ancho, brillaba como un espejo a contraluz. Allí, dos chicas observaban las contratapas y averiguaban los precios. Al lado, el bajista de Natas prendió otro charuto que compartió con una joven de baja estatura que lo felicitó por el show.

La humareda espesa del cigarro siguió circulando entre músicos y asistentes. El trío charlaba con los que se acercaban a preguntar los precios de los discos, mientras tomaban de una botella marrón de cerveza sin etiqueta.

En la barra quedaban pocos consumiendo. En el piso se veían los vasos de plástico aplastados, colillas de cigarrillos y papeles de panfletos desperdiciados. Sobre una escalera que conduce al altillo de la cantina, una pareja de jóvenes se besaba como la última vez y otras dos charlaban con señas. Debajo de los escalones, el flaco zig-zag dormía con la cabeza entre sus piernas acurrucadas. Al costado, una mancha de vómito gris opaco tocaba la punta de goma de sus zapatillas de lona roja, manchadas con el negro smoke de la ciudad.

Sus amigos le hacían una ronda como custodiando el trance y charlaban bebiendo de la misma botella. En la salida quedaban pocas bicicletas y ningún auto. Sobre el empedrado, los taxis al acecho levantaban a los caminantes con vuelos nocturnos. La chica de la entrada seguía en la vereda repartiendo panfletos de los próximos shows en La Grieta. Como salida de foco, la luz de un patrullero con velocidad de rutina pasó sin hacer ruido.

El oficial hizo un paneo con los ojos negros bien abiertos. La camioneta se detuvo. Tres chicos se quedaron callados. Otro escondió el humo detrás. Fue un minuto. Después se alejaron sin dejar rastros. Lo que acababan de ver, no pasó en ningún otro lugar del globo. Por lo menos esa noche.

(de la edición Nº 27, enero 2014)