La palabra bien utilizada

La palabra bien utilizada

Por Matías Sáez

—Ahí estaba el flaco, parado y mirando al horizonte. Bah, parado, viste como se paraba él, por el temita ese que tuvo de adolescente. Tenía los ojos como extraviados, como si en ese momento se hubiera detenido el tiempo y lo único que importara fuera el sol escondiéndose lentamente en aquel atardecer de otoño. Le gritamos, le hicimos cosquillas y uno de los pibes hasta le tocó el culo a ver si reaccionaba, pero nada. Estaba como hipnotizado.

—¿Pero qué otoño? Si fue la semana pasada, Walter. Qué te pasa que relatás las cosas como un boludo, te agarra lo poético de golpe… El sol escondiéndose lentamente… Estuvo nublado toda la semana, no sé qué decís. Además, de onda, yo estoy trabajando y vos estás con tareas pasivas jodiendo al resto. Y otra cosa, el flaco ese, era flor de estafador. Dejó culo pa´ arriba a medio pueblo.

—Pará un poco querido, un poco de respeto por los que no están, ¿te parece bien hablar así del flaco justo ahora? Y sí, utilizo la poesía, porque estoy haciendo un curso con Justina Serrezuela, la reconocida escritora noruega que me está enseñando a encontrarle el sentido poético a la vida. Y así, de un atardecer nublado te hago salir el sol, de un verano te hago un otoño y de una boludez hago algo agradable. Porque la palabra, ¡aaaay la palabra! ¡qué linda que es la palabra bien utilizada! cosa que nunca entenderás tú, pobre zopenco ignorante; pobre y simple ser humano invadido de una actitud de descreimiento y odio a todo lo que hace sentido artístico. Oooh! Cuánto lo lamento, estimado amigo…

—No puedo creer lo que escucho, esa Justina te está quemando la cabeza, ¿vos te oís las cosas que estás diciendo? No entiendo nada lo que hablás, o sea, entiendo a lo que vas, pero no del todo los conceptos, me cuestan un poco los conceptos. No me gusta que me trates de ignorante ahora que leíste un libro de esta mina. Vos no sos el de antes, cambiaste para mal y nunca me terminaste de contar lo del flaco cagador ese.

—Cambié para bien, vos no estás a mi nivel, eso es lo que pasa Javier. Te dejaste estar, te quedaste en el tiempo, en cambio yo decidí cultivar mi intelecto. Y lo del flaco, mirá, mejor te lo explico con unas palabras que escribí en la clase de la profe Justi: “Inédito, hermoso y arácnido clima, que en tus superficies haces brotar el dulce sabor de las flores de la primavera, que acarician el alma de quien las mira y golpean fuerte en los corazones de quien las ignora. ¡Ooooh! ermitaños seres que muertos de miedo se esconden tras esos reflejos de una realidad olvidada! Malditos sean ellos y sus espíritus insípidos, incoloros e inodoros! ¡Acérrimos enemigos de la razón!”.

—¿Estás bien? Le hiciste un poema a un tipo que se arrimó a un inodoro ¿Me estás hablando en serio? No te digo, esta mina Serrezuela te está robando la guita, Walter. Siempre tan tonto hombre, ¡avivate chichipío! El tipo va, se hace el intelectual y paga una fortuna de cuota ¿para qué? Para hacerle un poema a un tipo arrimándose a un inodoro. Aunque pensándolo bien, el inodoro me hace acordar al flaco y también a tu profesora, los dos son igual de garcas, ¡ahí está la relación! Mirá, yo te voy a ser sincero, voy a ir a la comisaría a denunciar a esta Justina para que no le robe la guita a nadie más.

—Ni se te ocurra hacer eso, odio que vayan a la comisería por pavadas!
—¿Comisería o comisaría?
—Es comisería, creo, pedazo de insulso ignorante.
—Mmm ¿estás seguro? Yo no te quiero contradecir porque vos sos el poeta, ¿Qué estás anotando?
—Me anoto la duda. Sí, ¿qué me mirás? Me hiciste dudar. Hoy tengo clases con Justina, le voy a preguntar, seguro que se puede de las dos maneras…

(de la edición Nº 26, diciembre 2013)