Offside 22

La realidad y el recuerdo: el Bocha Maestranzi

A 20 años de una jugada tan heroica como involuntaria. Por Víctor Menta (corresponsal sección Sudeste Pcia. Bs. As.)

El Bocha Maestranzi fue un mediocampista central tan metedor con los rivales como elegante para salir jugando con sus compañeros. “Cabeza levantada y toque, pierna fuerte y los huevos así de grandes” era el lema que lo definía y que llevaba tallado artesanalmente a cuchillo en su canillera derecha. Oriundo de la ciudad de Tres Arroyos, el Bocha supo ganarse el afecto de dirigentes, plateístas y de las mujeres e hijos de sus adversarios de turno. Su carrera continúa siendo, para la gran y anónima popular futbolera, un perfecto misterio frente a punto de ser revelado.

Victorio Abel Maestranzi llegó a la mayoría de edad jugando para Once Corazones de Indio Rico, en el vecino partido de Coronel Pringles. Los partidos de Liga, por esa época, se complementaban con picados y torneos por plata en los también vecinos Cháves, Juárez y Dorrego.

La etapa “Regional” del Bocha (así la llama su más encumbrado biógrafo, Ernesto “Tito” Scarmentti, en “El Bocha de la gente”) también trae el amor: conoce a su primera novia, Elisa Recalde, quien sería con los años su única pero no tan fiel esposa. Pero como esto no es la cola del banco, se dejarán de lado detalles que no hacen a la historia futbolera de este crack olvidado.

En su plenitud, a los 26 años (“como el Diego”, apuntaba acertadamente el ya mencionado biógrafo), llegó a jugar un segundo tiempo para la Reserva de Rosario Central en lo que se conoce como su etapa “Rosarina”. Ésta terminó abruptamente cuando el Canalla jugaba con su clásico rival y el Bocha, en la boca del túnel del Gigante y tras el aburrido 0-0 que protagonizó la Tercera, gritó un gol leproso con alma y vida.

Sus compañeros y algunos cancheros lo molieron a golpes y a patadas para terminar siendo salvado por la policía. De estas cumbres y de sus consecuentes desdichas, el Bocha pasó por varios clubes del ascenso y también por los que participaban en ligas regionales. Es en esta etapa del “Periplo” cuando escribe (o, mejor dicho, juega), sin embargo, su página más gloriosa a la vez que incógnita para nuestro protagonista.

Independiente de Neuquén disputaba el ascenso y el Bocha había llegado al Rojo con el objetivo de ponerse bien en lo físico y tener una temporada aceptable que termine con los comentarios soeces y las críticas despiadadas de los alcanzapelotas y de los cantineros de la divisional. Decían que ya no la entregaba redonda, que había perdido el tiempo para ir abajo.

Mientras los murmullos se confundían con el aliento, Independiente ganaba 1-0 promediando el segundo tiempo frente a un rival que buscaba a los pelotazos y con más entrega que destreza el empate. Miguel “Mazacote” Abbuttendi, el recio zaguero chileno que había llegado ese año a Independiente junto al Bocha, quiso despejar una pelota que había quedado rondando peligrosamente en la propia medialuna.

El tremendo fierrazo le dio de lleno en el parietal izquierdo al Bocha. Cayó inexorablemente; estaba K.O. Interviene rápidamente su involuntario agresor junto con los camilleros, el árbitro y hasta baja de la platea Juan José Javier, el Dr. J., reconocido veterinario de equinos de la zona, socio y fanático del Rojo neuquino. Tras unos minutos en que su mente navega por un mar blanco, el Bocha vuelve en sí, se incorpora y le levanta el pulgar al DT como para seguir.

Sin embargo, en la siguiente jugada y tras haber ido al piso a cortar un peligroso pero desordenado ataque rival, se le trabaron los pies y los ojos se le pusieron en blanco. Y ahí quedó, tirado, boqueando, mirando el límpido cielo que cubría esas áridas tierras patagónicas. Inmediatamente intervino la fuerza pública, el referí detuvo el partido unos minutos y fue llevado, en el Rastrojero del Dr. J., al nosocomio local. Toda la cancha aplaudió respetuosamente de pie al “Mártir del Ascenso”, como sería reconocido por el periodista local Raimundo B. Ochiuzzi.

El Rojo aguantó centros frontales, laterales que buscaban llegar al área para que el 9 la peine y hasta un par de intentos de corners olímpicos; el 1-0 final le significó el ascenso y el momento deportivo más importante de su historia. El Bocha quedó en observación, presuntamente amnésico pero estable. Cuando recobró la plenitud en lo que a ubicación tiempo y espacio refiere, no pudo recordar nada de ese histórico partido.

Algunos médicos de Buenos Aires llegaron a diagnosticar que nunca más, aunque pasaran mil años y el Bocha los viviera, recordaría absolutamente nada de ese ascenso. He aquí la historia del Bocha Maestranzi, el más famoso futbolista tresarroyense. Su historia de vida representa la lucha del hombre por su supervivencia y el único caso registrado en el mundo de un deportista que tocó el cielo con las manos (junto a su equipo; nadie se realiza individualmente sino lo hace colectivamente) al tiempo que nunca podrá recordarlo.

(de la edición Nº 37 Aniversario III, noviembre 2014)