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La sed verdadera

En tiempos donde la velocidad de la imagen invoca el vacío, la revista Dulce Equis Negra rompe esa pared y traspasa la fotografía a través de una sutileza única, atemporal y duradera. Su editor, Marcos Adandía (52), confiesa: “Veo a la fotografía desde una posibilidad más creativa, expresiva y filosófica”.
Texto: Félix Mansilla. Foto: Nico B Mansilla

El tono de voz de Marcos Adandía no lleva prisa. Con las palabras juntas en cada respuesta, expone paz interior, experiencia y —sin intención— traza un paralelo con aquello que reflejan sus fotografías. Un poco espantado de tanta urbanidad, decidió junto a su familia cobijarse en la tranquilidad del verde asegurado que brinda la Bahía de los Lobos.

Luego de renunciar a la agencia Noticas Argentinas, donde trabajó como reportero gráfico más de veinte años, repasa hoy la senda que inició en 2005 con la revista Dulce Equis Negra, junto a Clarisa Tramontini (“mi compañera de vida”) en la realización y Maia, su hija, en la selección del material.

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Laura Conte por MA

La tarde no se parece en nada al invierno y el sol se desparrama lúcido. A lo lejos, se oyen los quejidos de ramas que arden desparejas, sin humear. Marcos acerca el mate, arma un tabaco y reposa aliviado. En una mesa ratona, la tapa de la edición Nº 17 de DXN con la Madre de Plaza de Mayo Laura Conte (madre de Augusto Conte Mac Donell, detenido desaparecido el 7 de julio de 1976), parece observar la escena. Sus ojos también hablan de la propuesta de Dulce Equis Negra.

En cada número, las sensaciones se mezclan, aparecen historias y cosas que no se dicen pero que flotan fuera de cuadro. La calidad gráfica y diseño de la producción es como la de los buenos libros. Marcos, aclara que “es una revista, sólo porque contiene algunas publicidades”.

El encanto —o la curiosidad insostenible— aparece, además, en el interrogante primero: por qué Dulce Equis Negra. Con paciencia y las manos en leve movimiento, Marcos cuenta que la idea de llamarla así surgió del “bello” poema de Patti Smith, Juramento (hecho canción como “Gloria”, en Horses, 1975).

“El poema refiere, de alguna manera, al modo de desentenderse del sentimiento de la culpa que es uno más de los factores de poder y dominio de nuestra cultura. Es un sentimiento que no conduce a nada más que a sentirte una basura”. Con la mirada como buscando en la memoria, recita pausado algunos pasajes de Juramento: “Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos (…) mis pecados son míos y grabo en mi palma una dulce X negra y asumo toda responsabilidad (…) Así pues, Cristo, te digo adiós echándote esta noche. Yo misma puedo encenderme la luz y la oscuridad también está bien. Te colgaron por mí, hermano, pero conmigo no te pases. Tu muerte fue por los pecados de alguien, pero no por los míos”.

Así, cada edición semestral se sumerge en temáticas abarcadas por un concepto encadenado: vidas retratadas, paisajes urbanos o desolados, alejados del sentido común fotográfico. Esa es la forma de plasmar y narrar a través de imágenes que van más allá. Marcos, apunta sobre el hecho creativo y su esencia, como el puente o pasaje que “sirve para modificar algo en quien lo hace. Uno no debería aspirar a más que eso”.

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Tzitlaly

Su estilo está demarcado en parte por la nostalgia del blanco y negro y sobre todo en las miradas. “De la fotografía me sedujo siempre la idea de aportar cosas, denunciarlas, afirmado con aspectos del período de la fotografía post Vietnam de revista Life. Así fue mi comienzo”.

Fuera de las ligas

Como en un punto y aparte de la charla, Marcos aclara sobre su acento (a veces) chileno. “Tengo muchos muy queridos de allá. Se me pegó y me sale de a ratos. Además, tener un poco pegado ese acento es más sensato que decir ‘living’, ‘ok’ o ‘working’, términos más ‘cool’”.

A más de diez años del lanzamiento, por las páginas de Dulce Equis Negra pasaron no sólo colaboraciones de fotógrafo/as —Adriana Lestido, Baylón (España), Sergio Larrain (Chile), Graciela Iturbide, Gustavo Gilabert, Constanza Niscóvolos, Anders Petersen (Suecia)— sino, además, una amplia variedad de escritore/as, poetas, periodistas y críticos de arte de la talla de John Berger (Inglaterra), Josefina Licitra, Osvaldo Bayer, Mariana Enriquez, Marcelo Valko, Pablo Ramos, Patricia Rojas, Juan Sasturain, Martín Caparrós, Pablo Llonto, Pablo Perantuono, Héctor Tizón, Jorge Boccanera, o del universo del arte plástico, como Silvia Katz, León Ferrari y Maia Adandía.

En ese transcurrir, el interior de DXN no envejece jamás y es su atemporalidad marcada la que destaca todos sus rumbos. Nostalgia. Silencio. Continuidad paratextual. Desorden armonioso. Alegría. Memoria. Tristeza. Vacío. Y presente. Marcos, sensato y con el objetivo claro, desliza que “si bien hay artistas conocidos y famosos que tienen material que va con DXN, no los hemos publicado. Y por ir en ese camino, es que han transitado textos de John Berger u Osvaldo Bayer”, asegura.

“Recibir una carta en donde Berger nos habla sobre la coherencia del mensaje de la revista, nos llena. Si buscamos una aprobación, es la de este tipo de personas y no de la gran masa o para vender más revistas. Dulce Equis Negra siempre ha circulado por fuera de las ligas”.

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Taty Almeida por MA

Las golondrinas de Plaza de Mayo
En el ensayo fotográfico Madre, que comenzó en el Museo Nacional de Bellas Artes en 2013 y recorrió varias ciudades del país, Marcos retrató a quince Madres de Plaza de Mayo. Un recorrido por esas imágenes —ellas, con y sin pañuelo— invita a entrar por sobre esas miradas que expresan muchas emociones.

Sus arrugas, sus bocas y sus pañuelos parecen decir sin hablar sobre la memoria y la lucha. Sobre dicho trabajo, el crítico John Berger escribió: “Viendo los retratos, rápidamente olvidé que estaba mirando fotos, una tras otra. Por el contrario, me encontré observando rostros, tratando de descifrar una pequeña parte de las infinitas experiencias que han vivido”.

Por su parte, el viejo Bayer expuso: “Gracias fotógrafo, artista celestial, por darnos este testimonio de vida. Aquí en estos rostros está la Vida contra la Muerte. Un testimonio inigualable. Aquí hay verdadera historia. La historia de las Vencedoras (…) Heroínas de la eternidad”.

¿En qué parte de tu vida se ubica tu inicio/impulso por la fotografía?
Mi relación comenzó en 1989. Ese año me fui a vivir a Bariloche. La estaba pasando muy mal económicamente y tenía unos amigos de Buenos Aires que fabricaban camperas de cuero, quienes me dijeron que si cruzaba a Chile podía venderlas allá a buen precio. Conseguí a un conocido que iba a Chile y me llevó, gratis. Llegué a Osorno con el dato de un amigo de Bariloche que me había dicho que si le conseguía una cámara Nikon F2 me la compraba a la vuelta. En Chile, esas cámaras estaban a buen precio. Llegué con poca guita a allá y pasé por una casa de fotografía y tenían en la vidriera una Nikon FG-20; yo ni idea de cámaras. Entré y le propuse al vendedor cambiarle dos camperas por la cámara. Así fue. Me quedé un tiempo ahí pero no me fue bien con eso y me volví. Al tiempo, fui a verlo a mi amigo pero me dijo que la FG-20 a él no le servía. Para mi eran lo mismo, tenía un tele 80-200 marca Osawa, medio berreta, pero en ese momento yo no lo sabía. No la quiso y me quedé con eso de clavo (risas).

¿Ahí comenzaste a interesarte en el universo fotográfico?
Tenía unos conocidos que hacían fotos en jardines de infantes, escuelas, comuniones y en el cerro a los esquiadores. Era algo que hacían todos los años y me invitaron a hacer fotos con ellos. Ese fue mi comienzo con la fotografía. Al poco tiempo conseguí un lente corto y empecé a hacer fotos por mi cuenta. Estaba todo muy difícil para vivir, pero eso me ayudaba. Era un recurso más. Yo vivía a las afueras de Bariloche y comencé a hacer un taller con una vecina, Julieta Steinberg, una reportera que había laburado en medios de Buenos Aires. Hacía unos cursos de blanco y negro y fui aprendiendo.

¿Cómo continuó ese camino en el sur argentino?
Fue un tanto breve, porque al poco tiempo murió mi viejo y me volví a Buenos Aires para acompañar a mi vieja. En esos momentos, me anoté en la escuela de Avellaneda a hacer un curso de fotografía. Después, año 93, preparé una carpeta y salí a buscar trabajo y conseguí de una en la Agencia Noticas Argentinas; se había ido un fotógrafo y me tomaron a prueba por unos días. Salí a hacer una cobertura sobre una inundación en la Boca y salieron lindas fotos. Al jefe les gustó y me tomaron. Laburé ahí hasta hace tres meses. Cuando había partido al sur me había ido peleado con la humanidad. Vivía en la montaña, solo y lejos de todo y no me interesaba hablar con nadie. Es algo que a veces me pasa con la sociedad argentina de hoy. Después de ese camino, volví de alguna manera a recomponerme a través de la fotografía.

¿Es arduo el trabajo de reportero gráfico?
Efectivamente. Te mandan al Congreso, a una manifestación, a un gran incendio, a un partido de fútbol o a lugares que me conmovieron como la explotación de la AMIA. Recuerdo que fue llegar y encontrarme con cosas que me sobrepasaban. También, el oficio tiene su contraparte; cubrir el primer show de los Rolling Stones acá, en el ‘95, muchos recitales más y mucho fútbol también.

 

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Diana

¿En qué momento decidiste darle un marco más artístico a tus fotos?
Una vez que comencé en Noticias Argentinas, me empezaron a llamar de otros medios. Revistas para cubrir las notas, esas cosas. Una vez, me ofrecieron desde Rolling Stone hacer una gira por el oeste de Estados Unidos con los Fabulosos Cadillacs. Laburé dos años en periodismo para revistas, en el Journal de Brasil, para un montón de lugares, pero rápidamente me agotó la relación interna con la fotografía. Tenía una visión más romántica que la del reportero gráfico.

Sentiste que tu mirada iba por otro lado…
Claro, porque en el periodismo son todas pinches empresas a las que no les importa nada, es pura rosca y están a favor del gobierno que les baje dinero. Me agotó esa cuestión personal y empecé a ver a la fotografía desde una posibilidad más creativa, expresiva y filosófica. Ese tipo de trabajo diario se empieza a repetir. Hubo en nuestro país intentos de llevar a la fotografía para el lado creativo, como la revista Latidos o Página/30, Tres Puntos, donde la fotografía tenía cierto espacio de tinte creativo, con cuatro o cinco páginas para desarrollar las notas; había una cosa más creativa. Los medios grandes, en cambio, no le dan a importancia y mucho menos ahora que es casi todo Photoshop.

¿Cómo fue la experiencia de haber trabajado para la Rolling Stone de la primera época?
En 1998, me pidieron que haga la gira Fabulosos Calavera de los Cadillacs en Estados Unidos. En ese momento laburé en blanco y negro y en polaroid. Me dieron bola y pedí no sé cuántos cartuchos de polaroid e hice lo que quise. Le dieron 10 páginas y salió linda la nota. Luego la revista mutó, fue tomando un rumbo mucho más hacia el Fotoshop y el estudio. La estética se asentó en eso y quedó todo lo fotográfico en un plano secundario. Hoy, es lisa y llanamente una revista de La Nación y su grupo de revistas. Hacen de moda, arquitectura, countries y también de rock. Están en ese plano de puro business. A lo que era en el pasado, más amplia, creo que se la comió el sistema, digamos. Es la Para Ti del rock (risas).

¿Cuándo descubriste esa otra parte, la alejada del fotoperiodismo?
Cuando comencé a hacer un taller de ensayo fotográfico con Adriana Lestido. Eso fue lo que me hizo el click en la cabeza. Comencé a interpretar la fotografía en base a la literatura, a la filosofía y al pensamiento. A entenderla como una herramienta, como un instrumento para, por un lado, conocerme y por otro expresarme, decir. Ver de otro modo y expresarme con aquellas cosas sin hablar, con el tiempo necesario para que un trabajo esté lo suficientemente desarrollado, sentido. Como decía Andréi Tarkovski, sobre que en el arte o en cualquier expresión, para que movilice algo en alguien más, para que despierte algo “tiene que estar la energía espiritual de quien lo hace puesta en la obra”. Esto, en el proceso creativo, tiene que ver con prenderte fuego, transitar angustia, desesperación, no estar nunca satisfecho con lo que hacés y de tomarte el tiempo. Yo creo mucho en el trabajo.

También, de alguna manera, transmitiste esa experiencia en talleres: ¿Qué aprendiste?
Comencé a dar unos talleres durante dos años en donde pasaron cosas interesantes, pero me encontré con que yo inducía a la gente a que se tiren a las llamas, digamos. Les decía: “Esto es descarnado, no es un pasatiempo y sirve para conocerse, revisarse, en tu experiencia, en los lugares en donde no está iluminado, es un proceso creativo y por ahí lo que salga será doloroso”. Si vos tenés una buena guía, una dirección no estás mostrando el dolor como regocijo del dolor, sino la experiencia de reconocer ese dolor, atravesarlo y, a la vez, poder estar en paz y estar bien. Si bien en ese desarrollo los alumnos crecían, me encontré con la realidad de invitarlos a hundirse en las llamas, como decía Artaud, y por momentos me desbordaba con todo eso; no era un psicólogo. Inducir a que entren en crisis hacía que luego yo quedara hecho trizas luego de cada taller tratando de contenerlos. Por otro lado, hay montón de necesidades de la gente, no dichas ni confesadas, que son la de llegar al éxito, la urgencia de hacer diez fotos y la necesidad de tenerlas colgadas en una galería. Yo no soy amigo de eso. ¿Para qué vas a llenar las paredes con cualquier cosa? Si querés que algo logre sentido, no te tomes seis meses, tomate cinco años o el tiempo que lleve para que se vea algo con sustancia que tenga que ver con la experiencia de vivir. Todos estamos atravesados por una serie de cuestiones a pesar de ser individuos: la sexualidad, el miedo, la libertad, cosas que nos igualan. Entonces, cuando nos expresamos sinceramente, estamos diciendo ‘esto soy yo, aunque te esté fotografiando a vos’. Todos tenemos una mirada distinta de una misma realidad.
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Yo creo que eso es el amor
Marcos hace una pausa. La tarde va dando comienzo a la ausencia de luz y con otro termo de mate, algunos silencios nada incómodos y el tono suave, recomienda leer “Cartas a un joven poeta” del checo Rainer María Rilke. Apelando a la memoria, repasa y dice. “Es un joven poeta que le escribe a él pidiéndole consejos, preguntándole si debe escribir poesía y él le dice: ‘váyase a su lugar más silencioso y solitario, donde nadie lo esté mirando. En ese lugar, pregúntese: si usted no haría poesía ¿se moriría? Si la respuesta es que sí se moriría, entonces, escriba sin importar lo que digan los demás”.

Otra vez un leve silencio. Vuelven las palabras. “Para mí, la relación con el hecho creativo tiene que ver con esa necesidad pura y genuina. Si por algo se corrompe —el mercado, el éxito o la pregunta ‘qué hago para ganar el premio del Salón Nacional’— deja de ser interesante o se agota. El camino lo elegís. Si cumplís con el canon, seguro lo vas a ganar al premio”.

“Muchas veces, en los grandes festivales de fotografía te encontrás con figuritas de colores y gente mirándose el ombligo, sin nada de verdadero y más cooptado por el mercado. Muchos no dicen nada, son fotos gigantes para impresionar, pero no pasa nada. El consumo y todo lo relacionado con la necesidad de vender le quitan lo mágico. Si uno lee las cartas de Van Goh en cuanto a su hecho creativo, dice ‘puta, está naciendo todo el tiempo, muriendo, viviendo mil vidas y eso, es lo que vale’. Y fue un artista no reconocido en su tiempo. Yo creo que eso es el amor: amar lo que uno hace”.

¿Cómo analizás el presente de todo lo vinculado con lo ‘fotográfico’?
Hoy, creo, que con la fotografía digital tiene que ver con el tiempo que estamos viviendo, la tecnología a pasos abrumadores sobre el tiempo del espíritu de la naturaleza. Por más que todo avance, el hombre no va a dejar de ser naturaleza, muy distintos a los tiempos del mercado. Si el hombre termina imbuido en ese ritmo, pasa lo que pasa: no tenés paz con lo que hacés. Podés hacer 30 fotos y colgar en una galería, pero qué te pasa a vos, adentro con lo que hacés. Vas a recibir elogios, te van a palmear la espalda, vas a tener un copa para brindar, pero qué pasó en vos. En cuánto mejoraste tu vida. En la actualidad creo que está disociado el objetivo a la necesidad de consumo, a la necesidad comercial, con el vértigo con el que se maneja nuestra sociedad: millones de imágenes de todo tipo, consumo masivo. El proceso creativo, en cambio, es interno y no tiene tiempo. Tiene que ver con el misterio, con un tipo de carga que no puedas explicar. Amplifica los horizontes de las posibilidades, tiene que ver con la libertad: hacer algo más allá de lo visto y establecido. En el camino que hago, trato de retratar a uno desde el ser divino y sagrado, lo que está adelante mío es un templo, con memoria, con experiencias, con el agua de tu papá y tu mamá que en vos se transforma en otra cosa. Tus miedos de pequeño, tus alegrías. Todo eso, conforma un nuevo mapa, una nueva trama, un mandala. Son infinitas las posibilidades. Todo para saber quién sos y qué querés. Se puede llegar, pero no es sencillo. Tal vez te lleva toda una vida.

¿Qué análisis hacés sobre “la fotografía” en las redes sociales?
En ese marco siento en mí una gran ignorancia porque no tengo Twitter ni Facebook, a gatas uso el mail. Pero me da la impresión que existe un estado de dormidera, donde una gran mayoría consume un estándar de cosas que sólo multiplican el acto de consumir, hasta la intimidad del otro: o para que te quieran o para que te acepten, o para ‘ser amigos’ o para que te pongan Me Gusta. Hay ahí, un acto de compra-venta, donde se va vulnerando algo que, yo creo, debería ser sagrado y cuidado, como es lo íntimo. A su vez, estamos hechos de relaciones y todo lo que sucede tiene una relación. Pero, dónde queda esa otra relación. Se llama “virtual” y no mienten sus propulsores, se llama así porque es virtual. Además, uno en realidad muestra lo que quiere que los demás vean. Esto, ajusta cada vez más eso de estar mucho más pendientes de la mirada del otro, algo que nos aleja cada vez más del hecho de ser libres. Lejos de ponernos en un estadio de expansión o libertad, tememos que los demás nos puedan ver la hilacha. Las cosas que tenemos adentro son más importantes. Para mí, el camino va por otro lado.
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En ese universo de lo inmediato: ¿Qué lugar ocupa una publicación como Dulce Equis Negra?
Reconozco y sé, que en México existe una revista que se llama Luna córnea, a la que respeto mucho y en la cual me he inspirado para hacer Dulce Equis Negra, pero no hay muchas publicaciones que apunten a eso sin caer en el juego del mercado. Por no ir a buscar la tapa de Sara Facio no estás en las ligas de acá y es como si no existieras y ése es el precio. Eso es un costo a pagar, pero uno debe estar confiado y dispuesto a eso. Existen, de todos modos, gente con experiencia que colabora con la publicación sin pretender nada. La revista, desde hace 21 números, siempre tuvo el mismo diseño, el mismo espíritu, estético e ideológico, aunque algunos trabajos sean ensayos o documentales. La revista es nuestra mirada, junto a mi compañera de vida y mi hija, en quien he cultivado el universo de la fotografía. Ella pesca todo y es muy fina en su mirada. Hago fotografía pero igual mi trabajo es encontrar la mirada de otros fotógrafos.

Con más de diez años en la calle: ¿Qué cosas valorás y resignificás al hacer DXN?
Desde un principio la idea de Dulce Equis Negra ha sido invitar a que otros puedan expresar su experiencia de la vida, en donde cada motivo sea una frase, cada trabajo sea una palabra. Ese trabajo puede contemplar cuestiones sobre la muerte, la vida, el dolor, el nacimiento, la relación con los hijos, como si fuera una canción. La intención es esa: que cada número sea una canción o un disco, digamos. Entonces, cuando el camino lo marcan las experiencias y no todo lo que te pueda corromper con vos mismo, va a estar plasmado en lo que hacés y te va a permitir a estar en paz con vos mismo, porque va a ser más verdadero. El otro camino tiene pies de barro. La visión occidental va por ese camino, en cambio, la visión de nuestros pueblos de América más hacia el otro: no sos un kamikaze que entregás la vida, vas a hacia la vida. Cualquier dirección que nutra cada cosa que hacemos, irá por esa senda.

Será que la canción llegó hasta el sol
¿Qué diría Patti Smith? “Tuve la oportunidad de conocerla y contarle que de alguna manera ella es la madrina de la revista. Fue en 2006. Pedí cubrir la conferencia de prensa de su llegada. Conseguí alguien que me tradujera y le conté. Y como sé que ella es fanática de los caballos, le llevé una copia de una foto de uno y los datos de mi mail y contactos, porque además quería pedirles sus fotografías. Quedó encantada y me dijo que le encantaría publicarlas en la revistas. Con eso ya estaba hecho. Pero al otro día, suena el teléfono. Era Patti Smith, loco (risas). Quería saber si tenía entradas para su show. Ya las tenía y me dijo que si no las dejaría en la recepción del hotel. Semejante bestia y tanta humildad ¿no?

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 (de la edición Nº 50, julio agosto septiembre 2016)