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Las almas del titiritero

Por Nicolás Bernal

El viejo titiritero le había propuesto un enigma al hombre en la única taberna del lugar. Sabía que no tenía tiempo, que eran pocas las horas que le quedaban para seguir viviendo si no resolvía aquello propuesto por el arrogante anciano que divertía a todos en el bar que jamás cerraba y nunca se quedaba sin alcohol.

El titiritero que necesitaba un alma más para un personaje nuevo de su obra de teatro, propuso al hombre este juego con la ilusión de que perdería y le dé la opción de arrebatarle la vida a lo que él mismo llamaba: “Lacras de cantina”. El enigma consistía en las siguientes palabras encubiertas: “Pedro es argentino y su mujer”, lo que había de descubrir aquel hombre era la nacionalidad de la mujer de Pedro.

Una vez realizado esto, comenzaría a mezclar un juego de cartas españolas y diciendo en voz alta: 1, 2, 3 por cada carta que dé vuelta, y así sucesivamente hasta quedarse sin cartas. Ganará solo si al terminarse las cartas ni una sola vez coincidió el número que dijo con el número de la carta que dio vuelta.

Entre vasos y risas desconocidas por el furor ocasionado en la obra de los muñecos, el hombre comenzó a mirar detenidamente una hoja para resolver lo indicado por el viejo que observaba a sus alrededores y se reía entre una risa sobradora y desconsoladora. Toda la gente del lugar, extraños y conocidos, esperaban con altas dosis de ansiedad la acción a desarrollar por el desafiado.

El hombre que sin estar borracho daba el mismo aspecto que si lo estuviese, repetía una y otra vez en su cabeza la frase: “Pedro es argentino y su mujer”, “y su mujer”, pensaba, “y su mujer” seguía repitiendo, sin ninguna probable respuesta.

Por esas cosas increíbles que tiene el cerebro empezó a deletrear palabra por palabra en voz alta, el bar en silencio escuchaba: “Pe, e, de, erre, o, e, ese, a, erre, ge, ene, te, i, ene, o, y griega, y griega: y griega su mujer”, gritó tan fuerte y contento que hasta el cantinero del lugar se acercó a la mesa para ver qué estaba ocurriendo. La cara del anciano soberbio lo decía todo, estaba rojo, con una bronca que muy pocas veces había experimentado, durante diez minutos no dijo nada y solo una vez tragó saliva. Estaba perdiendo algo esencial para sus espectáculos, estaba dejando ir un alma humana. Ocurrido esto, el geronte invitó al hombre a pasar a resolver la especie de solitario propuesto.

El borracho no borracho o no se sabe, dio vuelta la primera carta cuando dijo: “Uno”, y salió el rey de espadas. Dijo: “Dos”, y salió el tres de copas. Dijo: “Tres” y salió el cinco de bastos. Así rápidamente, bajo la misma fórmula, llegó a eliminar más de medio mazo hasta que al nombrar el uno salió el uno de oro.

Las personas del lugar desaparecieron, todo se transformó en un fondo negro y solo quedó la mesa, él y el titiritero que había cambiado la cara de furia por una más alegre. El hombre sabía que perdió, que eso mismo significaba entregarle la vida al perverso viejo. Quería escaparse, salir corriendo pero algo lo ataba a la silla, una especie de fuerza súper natural o el mismo miedo.

El viejo lo miró serio, giró la cabeza y moviendo la mano invitó a sentarse a la mesa a sus muñecos. Ahí estaban todos los personajes de la obra del titiritero, llenándose el vaso de vino, riéndose, mirando al hombre que había perdido, señalándolo, sobreactuando la primer victoria del hombre que creía que salvaría su vida. Entre todo ese alboroto, el viejo titiritero miró al hombre y le dijo:

—Festejá, estos son tus nuevos compañeros.

El hombre se sintió vacío y sin piernas. El hombre ya estaba transformado en muñeco.

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(de la edición Nº 44, julio/agosto 2015)

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