15-Llaves

Llave maestra

Por Facundo Cottet*

—Abrí vos que dejé las llaves en el auto— le dije a Matías cuando nos encontramos en la puerta de la redacción.

Así empezó todo en la tarde del viernes: pensando que había dejado las llaves de mi casa, del trabajo y del candado de la bici (un manojo de siete metales que tienen sonido propio), adentro del auto. Pasó la jornada laboral, las noticias —que no variaron demasiado— y emprendimos la vuelta. Subimos al auto con Matías y dije: “Si no están las llaves en la guantera, las perdí. No hay otra alternativa”.

Y sí, las había perdido. Lo mejor es que no tengo otro juego, no tengo copia, no tengo ningún plan que me salve el momento para volver a entrar a mi casa. Pienso: “Siempre lo mismo, soy un colgado. Qué desastre. Cómo hago ahora. Es viernes a la noche, una cerrajería me va a sacar un pulmón para abrir tres cerraduras y fabricar tres llaves. Todavía no cobré y cada vez tengo menos plata. Igual hay gente que la pasa peor”.

—Andá —le digo a Matías—. Esto va a llevar tiempo.

Volví a caminar con la linterna del celular por calle 8. Habían pasado seis horas y calle 8 es una de las más transitadas de la ciudad de La Plata ¿posibilidades de que estén tiradas en la vereda? Cero en infinito. Di vuelta el auto, abrí el baúl, levanté las alfombras, moví los asientos. Me resigné y empecé a pensar en la mala suerte. Gran error.

A la tarde le había jugado a la Quiniela y justo a esa hora, mientras buscaba las llaves desesperadamente, se sorteaba la nocturna en la Provincia. Escribo sobre la Provincia de Buenos Aires, le juego a la Provincia, dije, como si eso iba a ser una señal o algo. Nada. Mientras las bolillas corrían en la lotería y Crónica transmitía el sorteo en vivo, yo buscaba cada vez con menos esperanzas las llaves. El destino se burlaba de mí. En el bolso donde guardo anotador, lapicera y esas cosas, tenía las llaves: de la casa de mi vieja. Igual fui hasta mi casa.

En el viaje ni música puse. Estaba enojado conmigo. Es duro enojarse con uno mismo estando solo, por eso tiré un par de mensajes contando la novedad. Llegué a mi casa, busqué en la vereda, en los cordones y hasta en la puerta, atiné a probar si estaba abierta y por supuesto que no. Perdí.

Saqué la última plata que me quedaba del cajero, para entregársela en bandeja a un cerrajero el sábado por la mañana y que se haga el fin de semana conmigo. En el medio, me fijo qué salió en la Quiniela. Le jugué al 49 a la cabeza, la carne y al 31, después, la luz. Salió 10. Me acordé de Maradona, el único 10. A ese número le había jugado, pensando en Diego hacía un par de semanas en la ruleta del casino. Tampoco había tenido suerte. El sábado va a ser duro. Me voy a dormir, ideé.

Soñé, siempre sueño y casi siempre me acuerdo qué pasó. Aparecieron varias imágenes y una que me quedó. Sí, las llaves. Sí, soñé que las encontraba y que justo cuando las agarraba, porque estaban tiradas en la calle, casi me pisa una camioneta extraña que nunca jamás había visto y que era muy ancha, tan ancha que ocupaba casi toda la calle.

Andaba despacio pero me encaraba y yo no me movía. Qué pajero que soy sigo pensando mientras me cambio para ir a la cerrajería, creyendo que si voy un sábado a la mañana, en vez de sacarme un pulmón con lo que me podían llegar a cobrar un viernes a la noche, me iban a sacar un dedo, algo menos traumático, qué sé yo. En una de esas me salía menos.

Abro la puerta para salir. Antes, manoteo el morral. Es nuevo, me lo regalaron y todavía no lo conozco tanto. A esas cosas creo yo que hay que conocerlas, saber usarlas. Este bolso, a diferencia del que tenía, tiene mil doscientos bolsillos, es de cuero. Más armado. Agito el bolso, la puerta ya está abierta y me imagino la secuencia en la cerrajería.

—Hola, necesito abrir tres cerraduras y fabricar tres llaves. Las perdí y no tengo copia.

Me veo frente a un tipo con una chomba del local. Pienso que hay una mujer que está esperando que le den la llave del auto. Imagino un señor, de más de cincuenta, pidiendo un presupuesto por un portón eléctrico. Imagino cómo es el que atiende y el que labura atrás, haciendo copias.

Seguro es el hijo del que le pone la cara a los clientes. Imagino el ruido de la máquina que hace duplicados y yo parado. Imagino los llaveros de Gimnasia y Estudiantes que están en un mostrador a la venta. Todo eso.

La puerta ya está abierta. Agarro el bolso para irme a la cerrajería y escucho un ruido. Agito el bolso, —ya estoy flasheado— escucho un ruido a llaves. Agito más fuerte el bolso, sigo escuchando lo mismo, lo doy vuelta, lo vacío. En el bolsillo principal no hay nada, aprieto fuerte el cuero y manoteo algo. No encuentro el cierre o el compartimento a donde efectivamente, creo, están las llaves. Es un cierre escondido. No sé cuándo puse algo ahí. Están las llaves. Salvé el pulmón y el dedo.

Me acuerdo de un poema de Fabián Casas que se llama “Sin llaves y a oscuras”, en la que cuenta que se queda encerrado, afuera de su casa con una bolsa de basura en la mano y dice que así puede llegar a ser la muerte: paradójico.

Escribo y pienso en la moraleja de todo esto que empezó el viernes a la tarde. Confíen en sus sueños. O revisen bien cuando buscan algo.

*Platense, Periodista. Redactor del sitio www.letrap.com.ar

(de la edición Nº 52, enero febrero marzo 2017)