Por NBM

Llévame a ver un tren

Por Félix Mansilla

Pensar en un tren es una forma extraña de entreverarse con un puñado de significados con aroma a cotidiano. Resulta algo así como enfrentarse a un millón de recuerdos que se parecen a la fugacidad de las estrellas, esas que se ven perdidas en cualquier noche clara de verano, presumida eterna o como algo parecido a la eternidad. Eso se proyecta cuando pasa un tren: la propia eternidad congelada en momentos. La impresión es la misma que cuando era chico y desde la camioneta de mi viejo mirábamos pasar ese fierro pesado con ruedas en las barreras de la calle Chacabuco. Se detenía el instante, eran vagones interminables. También, de grande, cuando me empezó a interrogar cómo sería la vida de aquellos que miran como presos desde la ventanilla.

Esas miradas que se pierden en los paisajes urbanos o se mezclan con el dorado de los trigos en época o el verde predominante de la soja-que-prende-hasta-en-la-montaña. Eso sólo puede pasar viajando en tren. En las rutas abundan carteles que invaden el paisaje para convencer a todos. En un viaje en tren no. Se ve el horizonte o cómo se esconde el sol o cuando sale. Ahí no existe el asedio, el paisaje no luce como el mundo de hoy. En los vagones hay magia cuando se viaje de espalda y la vida en la ventanilla parece perceptible sólo como a vuelo de pájaro o en un fuera de foco programado, entendible. Las vías recorren a cada paso los pueblos o lo suburbano de los barrios que se amontonan anaranjados, sin revoque.

Mis viejos cuentan que antes “ir a ver el tren” llegando a la estación era el mejor plan del mundo cualquier domingo en Salvador María. Uno, se pasa el domingo mirando fútbol o planeando lunes, por eso, pensar en cómo sería el convite parece algo ilógico: “¿Vamos a ver el tren?”. Mi viejo nos contó quinientas veces que de chico esperaba el día de los muertos cada 2 de noviembre para viajar en tren y tomar un helado en Lobos.

Lo que más le gustaba era el viaje aspirando el humo espeso que cubría los vagones, contando los palos de luz o sintiendo miedo en los puentes de fierro de Las Garzas y el Salgado. Muchas de las anécdotas que sé sobre el noviazgo de mis viejos, por ejemplo, tienen ruidos de trenes. Mi viejo cuenta que la primera vez que se quedó a dormir en la casa de mis abuelos maternos en la estación —el viejo Lalo era ferroviario— casi falleció de un infarto entrada la madrugada, cuando comenzó a temblar el parquet de la habitación de huéspedes por el paso de un gigante viajero de carga.

Otro recuerdo —de esos feos de la infancia— es aquel en el que después de un regreso nocturno se olvidaron de mí en el auto y quedé a oscuras en uno de los galpones de la estación, mojado hasta los talones. O cuando los domingos salíamos a caminar por la vía con mi prima Estefanía. Toda una aventura, como adivinar las letras del cartel de Salvador María en los días de primer grado.

Ahí está toda la memoria de la infancia, cuando veía a mi abuelo hacer un intercambio de aros: un lenguaje de caballeros, un código de los que saben. Era genial. Pasaba el tren de carga y justo cuando el plano de la ventanilla del maquinista salía del cuadro que apuntaba al andén, el viejo le tiraba tipo fresbee el aro de colores con “el palo” al maquinista, que hacía lo mismo con una cancha de sabio zorro de las vías. Era un pase libre.

La casa de mis abuelos en la estación fue un bello lugar, muy típico de las construcciones inglesas: su distribución espacial con habitaciones altas, frías en invierno, frescas en verano. Ese lugar fue hasta que el viejo se jubiló cuando llegó la ola de privatizaciones. Cada vez que escucho el tape de Roberto Dromi en los programas de archivo, cuando enumera las ventas (televisión, telefonía, peajes, concesiones viales, aeronavegación) y yerra al mencionar el dichoso “decálogo menemista de la reforma del Estado”, me produce un rechazo parecido a un sentimiento de injusticia. El secretario de Obras públicas del menemato e ideólogo de la primera etapa de las ventas del patrimonio nacional —también los trenes— explica socarrón: “El mandamiento uno, son palabras de C.S.M, nada de lo que deba ser estatal, permanecerá en manos del Estado” (aplausos).

Un paralelo de la desesperación que implican los cambios de paradigmas, donde lo que antes fue sufrió el desgaste que funciona para dar lugar a lo presumido como obvio. La misma sensación que siente Román Maldonado, el personaje encarado por Darín en la aclamada obra de Campanella, en el momento de la asamblea donde finalmente los socios de Luna de Avellaneda deciden vender las instalaciones del club para que funcione un bingo. La propuesta “eficaz”: doscientos puestos de trabajo.

En este caso, lo obvio es respaldado no por el sentimiento de una construcción social/cultural oxidada por el tiempo, como es hoy el significado “social” de un club —punto de reunión, siempre compartir, aprender, como la acción de un «todos juntos, ahora»— derrotado por la fatalidad sin sentimientos de lo que en el orden mundial se polariza sin opción: eficacia-igual-triunfo. Ese advenimiento configurado desde una lógica basada en una prometida eficacia, arrojó los resultados por todos presenciados pero por pocos vividos como un real cambio de época.

En el recuerdo aparece un ejemplo que explicó un profesor de la facultad sobre los cambios de paradigmas entrados los años ochenta. La reflexión —un poco tirada de los pelos, pero eficaz— ahondaba en cómo la forma de pensar aquello desde un presente reconfiguraba los modos de ver el/los cambio/s. Ahí, flotaban los rezagos de la crisis del petróleo. Ya los hombres alejados del prototipo común —bigote gordo, Torino o V8, cigarros 43/70, bremer, mocasines— no eran tales desde esa perspectiva porque usaban los Citroën Topolino. Un auto “para mujeres”: tres válvulas, frágil, bajo consumo. Ese orden, cambió como cambiaron las costumbres o la manera de analizar el pasado.

Esos reemplazos conceptuales conllevaron dolor, tristeza y resignación, como la de esos pueblos cada vez más fantasmas en el interior, donde el único motor de comunicación rodaba sobre rieles de arquitectura inglesa (recomiendo ver el documental «La última estación» de Pino Solanas). Esa mole de fierro traía todo, quizá lo más esperado. Un rodante que unía pueblos, aparejaba el progreso y que fueron vendidos a precio vil.

Las manos de la esperanza quedaron en otras, extranjeras, cumpliendo la profecía criolla: “Ramal que para, ramal que cierra”. Como alguna vez nos contó Don Costa —un viejo personaje de El Mondongo, en La Plata, atleta, medio pianista, padre ejemplar jubilado de las destilerías de YPF, al que entrevistamos en varios encuentros como testigo de la historia del barrio— al referirse a las privatizaciones de los noventa: “El que te dije no sólo vendió el canario, no le alcanzó y también vendió la jaula”. En un tramo de su vida el tren funcionó como puente y allí, sobre rieles, conoció a su esposa con quien tuvo cinco hijos.

Él se refería a ella como “el gran amor de mi vida”. Lo más anecdótico de todo es que Don Costa una vez, en un aniversario, le escribió un poema que de memoria nos narró así: “Te conocí en el tren que va a la vieja hilandería/Bajabas las escaleras con un corte sin igual/que a mí me hizo pensar/esta mina va a ser mía”.

Ver un tren significa muchas cosas, entre ellas —sino la más sentida— es la de la inspiración de un miedo tajante por la fortuna de saber que si te pisa uno es el verdadero fin. Como una vez, cruzando las vías cerca del paredón donde lo hicieron leña a Moreira, mi vieja gritó como en una película de Hollywood:

—¡Cuidado, viene el tren! —dijo, pero el gigante estaba regulando en la estación.

Ese mismo miedo fue el que me recorrió el cuerpo hasta el punto de pensar en si me orinaría como un chico ante lo que mis ojos no querían ver. Estábamos en las vías probando la moto avejentada de Pablo, el Oso Yogui, que se la había comprado al Pollo a un precio por demás accesible. Esa moto había estado tirada en un galpón por más de veinte años y era una aparatosa máquina de dos ruedas de rayos gruesos, tanque gordo. Su nombre: “La Júpiter”. Color: un azul que no resistió al tiempo y quedó medio verdoso. La bestia motora abandonó su marcha en medio de las vías y no hubo forma de hacerla arrancar empujándola, así que Nico Verdún —nuestro MacGyver de bolsillo— encontró el desperfecto. Se había quemado uno de los fusibles. Su baquía sobre la mecánica me convirtió en un ayudante recién llegado al taller.

—Pasame tu paquete de puchos —dijo Verdún con uno en su boca.
—Si estás fumando —respondí sin decir Pascual.
—Es para que el aluminio haga contacto. Para que reemplace el fusible —ladró sin usar inútil.

Estábamos con el asunto, ordenando las cachas viejas de La Júpiter que yacían en el pasto, los tornillos, el polvo. Verdún, tenía la cabeza debajo del tanque. Yogui, estaba tirado descansando después de empujar como una bestia y transpiraba boca arriba como los jugadores de fútbol antes de salir a un alargue infinito de Mundial. Levanté la mirada y vi que Guido venía caminando como un barrabrava, agitando el brazo derecho como entrando al estadio, con el dedo índice apuntando a mi pecho. Le devuelvo el gesto pero observo que el agite era cada vez más pronunciado, apurado, como gritando “andate a dormir vos”.

Empezó a correr hacia nuestra dirección sin dejar de agitar. Seguía con los pasos como llegando a una parada de colectivo, apuntando con las dos manos cual saque lateral, hasta que interpreté sus labios. Intercambio de gritos.

—¡Viene el tren!
—¿Qué?
—¡Que viene el tren!
—¿El tren?
—Sí, el tren.

Y a los lejos —a no más de trescientos metros— vi la trompa del expreso que se acercaba lento pero venía como un toro que no dejaba de mirarnos venoso en cada ojo. Solo faltó de fondo la conclusión de “Un día en la vida” de The Beatles y el final hubiera sido de lo más épico. Esa escena llevada a un film habría arrojado comentarios de la crítica, tales como: “Muy bien lograda” o “deliciosa, ecléctica, audaz”.

Yogui se despertó de su sueño de oso. Verdún, con el pucho en la boca a lo valiente, sacó La Júpiter de las vías sin exhalar apenas un aire. Guido, se corrió a un costado cual gacela con la cara blanca y mascando chicle como un rapero. En tanto, yo sentía mi respiración que sonaba adentro como amplificada en ecos de pasillos oscuros en una fábrica abandonada. Medio minuto después el gigante se alejó sin prisa y nos miramos con ganas de reír pero asustados por la experiencia transpirada. Lo más parecido a una escena de película bien yanquilandia, porque supimos —por el solo instinto de supervivencia— que no iba a pasar nada, pero lo anecdótico fue vivirlo en las entrañas.

Veinte minutos después, sentados, fumando en las vías nos preocupaban las mismas cosas que antes del tren: cómo hacer para que las chicas se fijen en nosotros y no en los mostris más grandes. Éramos unos predestinados, valientes —a Verdún ya le decíamos El Héroe—, soñadores. El recuerdo en cada sobremesa post-asado siempre finaliza así: “Pero qué cagaso nos pegamos con el tren, eh”.

El miedo y también la ternura se viven arriba de un tren. Fue a la hora de la siesta, volviendo del Parque Pereyra Iraola, en cercanías de La Plata, allá por febrero de 2011. Con Anita —fotógrafa y amiga de la agencia de noticias— habíamos llegado hasta la estación Iraola a cubrir las novedades del rastrillaje por la búsqueda de Jorge Julio López. Un testigo encubierto había brindado detalles vagos a la causa sobre un cuerpo, supuestamente, el del aún desaparecido López. Ni bien llegamos nos dimos cuenta que todo era un montaje mediático que luego confirmaríamos hablando con el abogado querellante. Al regreso, con Ana casi ni hablamos.

El cansancio de la espera —llegamos a las 10, pero en cualquier acontecimiento se habla al mediodía para los informativos del almuerzo— hizo que a mis penas de amor las cuelgue en el paisaje verde de las acacias que rodeaban el contorno de las vías, haciendo tubos cortos con entradas de sol intermitentes. Una vez surcados esos cuadros impresionistas, el sol entró iluminando las caras de todos los habitantes del vagón.

En una de las paradas se renovó un poco el contingente y entró a escena un negro que adiviné uruguayo. Era un mulato de mediana estatura y aspecto resuelto, con un bongó en la cintura, remera Nike blanca ajustada y una gorra como las que usa Galeano. Se presentó con un mohín actoral y de alguna forma creí que nos alegraría el viaje.

Anita, con los pies al aire que no le llegaban al piso, abrió los ojos grandes, ansiosa. Por mi parte, traté de dejar la prisión de mis recuerdos para escuchar y solo escuchar. Comenzó a tocar un ritmo suave y con los dientes marfil en una sonrisa Colgate, entonó la canción del Negro Rada que dice “aparte de ti tu boca…”. Ahora vuelvo a esa sensación de no-tiempo al escuchar al cantante pronunciar “tus ojos me dicen cosas”. Eso sucedió arriba de un tren, con una casi noticia por escribir, los silencios secretos de Anita y el sol de febrero sin pausa.

Traer las experiencias de los viajes en tren no son las mismas ni tan diferentes a las que viven quienes a diario se suben sin ganas. La espera, la preocupación, el presentismo y la gente, quizá hacen a que ése viajar no sea placentero como el hitazo de Pipo Pescador. Pero es mejor que hacerlo en colectivo o en un subte. El tren atraviesa la Historia, las historias y el tiempo. Por eso siempre yo quiero ver un tren.

Foto de portada por Nico B Mansilla

(de la edición Nº 31, mayo 2014)