Laguna

Lobos 1970

Por Mauricio Villafañe*

El tiempo no para. A un tiempo le sucede otro, inexorablemente. Los emblemáticos años ‘70 fueron antecedidos por los ‘60, una suerte de coctelera de fenómenos preexistentes y recientes que va a desembocar en la larga y polivalente década de 1970.

La represión dictatorial, la democracia fingida y/o tutelada, la proscripción contra el peronismo pero también nuevos movimientos, sonidos, modas: los resultados de este resumido panorama sesentista van a desatarse en una época que claramente tiene un punto de inflexión en 1976. Antes de él, la liberación, la esperanza, el horizonte cercano y palpable de un mundo mejor.

Después, el terror, el saqueo y las tragedias más hondas y caras de nuestra historia. De estos tiempos pero en referencia a los países centrales, María Dolores Béjar marca una cuestión importante: la emergencia y la creciente presencia de la cultura joven. En Argentina, el rastreo de ella es tarea de Sergio Pujol en “La década rebelde”.

El choque generacional que implica la diferenciación de la juventud se combina con los aires de cambio y renovación tanto en la cultura de masas (operada por la tevé y la publicidad) como en las movedizas arenas políticas y educativas de la época (ascenso de Frondizi y “modernización” de la Universidad) para hacer una específica dinámica cultural juvenil que va a configurarse al ritmo de los fuertes vaivenes de la década del ‘60.

La ruptura y/o el desafío al represivo orden de cosas existente no hacen más que incrementarse al tiempo que el estilo hippie se expande y define, en buena parte, al joven rebelde aquí y allá. Los ‘60 prepararon y abonaron el terreno, propiciaron en gran medida los giros (épicos, trágicos) ideológicos y culturales de los “pibes” en los ‘70.

Laguna
Ahora, refiriéndome en concreto a los primeros ‘70, diré algo obvio pero vital para los fines de este escrito: emergía la música rock. La semilla plantada por Los Beatles se diseminaba vigorosamente y no tardó en prender por acá. Y cuando digo “acá” es acá: nuestra Laguna fue el escenario del primer festival masivo y al aire libre de rock en la Argentina. En realidad, fue un intento de festival ya que el gobierno provincial, alertado por el intendente de turno, negó el permiso. Se incurrió así en un flagrante acto de censura, muy acorde, por cierto, con una mentalidad que oscila entra el temor nacido de la ignorancia, la estupidez y la más rancia mediocridad.

La ocasión era el Día de la Primavera: esperar su llegada con lo mejor de la “música joven”, concursos, regalos y fogones; todo coronado (valga la redundancia) con la elección de la “Lobita Reina”. Se esperaban 200 mil personas pero el número real tras la censura, si bien es importante, quedó muy lejos de esa movilización. Los y las audaces acampantes, jóvenes “barbudos y maxifalderas”, transcurrieron las jornadas del trunco festival en un marco de absoluta paz a pesar de la decepción. Nadie invadió ni destrozó nada, no se registraron heridos ni ahogados o cosas por el estilo.

Es más, comerciantes y vecinos criticaron la medida de censura al haber impedido a miles de personas el conocimiento de la Laguna como punto turístico. Prescindiré de la comparación con Woodstock porque los contextos son bien diferentes. Sí podré decir que se habían convocado en Lobos a los principales artistas del momento y que este “Primer Festival de la Música Joven” en la Laguna fue organizado por el locutor y disc-jockey Edgardo Suárez.

Será, de alguna forma, el germen de los “B. A. Rock”. Al respecto, la tercera edición (1972) será el soporte del primer documental de esta pionera etapa del rock argentino titulado “Hasta que se ponga el sol”. En él se registran las actuaciones de Sui, León, La pesada, Pescado, Litto, Pappo´s Blues, entre otros.

Para terminar este repaso por un pedazo de la historia de acá, un fragmento de la nota de la revista “Panorama” (septiembre de 1970) sobre el (casi) festival de Lobos: “…la interdicción oficial ahuyentó a los trovadores y a buena parte de los 200 mil acampantes (…) Apostados en la tranquera, celosos policías lugareños vigilaban cualquier invasión (…) Pero si nadie podía hollar el paraíso, nada impedía acampar en los lindes. Y así se hizo (…) Entonces, Lobos fue una fiesta, aunque a medio trapo: circuló el calumet de la paz, se tañeron las guitarras, trepó airoso el sonido de las flautas, los cuerpos se broncearon. Entre los juncales crecieron las risas y los cantos y pocos se sustrajeron al llamado del amor. Tanta profusión de estrafalarias vestimentas y pelambres selváticas alimentó la curiosidad de los pueblerinos. Para ellos, este acceso al reino del asombro significo cambiar el escenario de la tradicional vuelta al perro: en vez de la plaza, el camino de la laguna (…) Para desconsuelo de los sempiternos aguafiestas, el petit week end concluyó en paz: hubo unos minutos de silencio- la ultima noche- para oír el croar de las ranas y antes de separarse, los acampantes se intercambiaron vinchas, collares, amuletos, abigarradas camisas, mantones y otras prendas del empilche hippie”.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 32, septiembre 2014)