B-Por Fer Sambade

Los fantasmas del pasado

Por Thomás Gui

Cuando estoy solo me acuerdo de ella. Esto no sería un problema salvo por el hecho de que me encuentro solo la mayor parte del día y el último tiempo con mucho tiempo libre entre manos.

Peor, porque la cabeza no para un segundo y vuelve una y otra vez al pasado. Lo malo del pasado es que tiende a volverse ideal y, cuando la recuerdo, sólo puedo recordar lo bueno.

Algún optimista dirá que eso está bien, es algo sano, tal vez, pero recordar sólo lo bueno tiene una trampa: hace que tu presente tenga un poco menos de sentido, porque, si sólo hubo bondad y cariño, entonces, ¿por qué me siento tan solo y triste?¿Por qué no estoy con ella?

Cuando estoy rodeado de gente tiendo a sentirme más solo, aún más que cuando estoy solo de verdad. Si la gente me cae mal, es peor. Por esto, trabajar se está volviendo un castigo. Estar encerrado todos los días con el resentimiento ajeno es terrible. Suficiente con la depresión propia. Así que cuando no estoy trabajando, estoy durmiendo, y cuando no hago ninguna de las dos cosas, salgo. Salgo fuerte, a beber pesado.

Muchas veces lo hago solo y vuelvo a casa de día, aniquilado, arrastrando los pies, peleando contra mis demonios y dejándome ganar. En medio de este torbellino de autodestrucción me encontré con alguien que no veía hace mucho tiempo y, en este caso, los recuerdos que me atan a esta persona son malos, en su mayoría, con algunos buenos pero siempre al borde de la tragedia cómica. La falta de contacto con el mundo (o el contacto con sus peores representantes) y el constante encierro mental me volvieron un ser huraño y desinteresado.

Tal vez por eso pude quedarme hablando con ella. Sí, una mujer. Siempre que estoy desequilibrado alguien viene a patearme la balanza. Había mucho humo, poca luz, y yo estaba tomando desde hacía mucho tiempo, pero me dedicó una sonrisa y un saludo cariñoso y así pude quedarme. Repito, lo malo del pasado es la idealización de lo bueno, y debido a que a esta persona me ataba un pasado de malas experiencias, pensé que iba a terminar en algún quilombo agradable en algún punto de la noche. Lo mejor que puede suceder con el pasado es que uno se haga amigo. Esto fue lo que sucedió después de un par de cervezas y una charla bastante interesante. Acordamos que las malas experiencias que nos vinculaban también podían ser vistas con humor. Me contó que tenía una vida difícil, así que le ofrecí mis reservas de humor y alegría. De repente, el presente se hizo un poco más agradable.

La gente transpira sus problemas y estos se hacen evidentes sin importar la fuerza que la persona haga para ocultarlos. Yo transpiraba pasado, ella estaba sumergida en el presente. Por eso me dijo de irnos juntos y por eso yo respondí que sí. Caminamos por las calles desiertas de la madrugada. Paramos en un kiosco a comprar forros y puchos. Ella pagó todo.

Fumamos un pucho, ella con la caja de preservativos en la mano, riéndonos cada vez que la mirábamos. Decidimos no hacer nada. Nos despedimos en una esquina, con un beso en la mejilla y una sonrisa. No quedamos en volvernos a ver. Sabíamos que los dos éramos parte del pasado, y el pasado debe quedarse en su lugar.

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Foto por Fer Sambade

(de la edición Nº 43, junio 2015)