Portada de Media hora de felicidad.

Media hora de felicidad

El segundo libro de Mariano Contrera recibió una mención de honor en el certamen literario internacional “Palabras sin fronteras”, con su cuento “Ivair Snocksovich”.  Media hora de felicidad, refleja eso que alguna vez vimos y pensamos al observar el paso de las horas.

FOTO MARIANO

Media hora de felicidad fue editado por Cien Kilómentros.

Quien haya leído el primer libro de Mariano Contrera (29) —La idea fija (2010)— puede notar que tiene humor sobre todo, humor negro y sarcasmo, excusas que disimulan historias no tan risueñas. Casi tres años después, con la salida de Media hora de felicidad, Mariano explica que “no es que me planteé ir para un lado concreto. No es que uno lo planea para decir ‘va a salir así’. Fue saliendo y como que a lo último supe bien qué rumbo empezó a tomar y lo terminé”.

A través de quince relatos concretos, certeros en su prosa, el nuevo libro se despeja un tanto inmerso en la diferencia de lo que anteriormente fue el motivo. Un cambio de frente desde el humor para no agotar las tramas en los dramas, una forma de ver distinto lo cotidiano, de hacer historias que serán recordadas por el lector como parte de la memoria descriptiva y acentar la pluma sobre los detalles que hacen a cada cuento.

En sus narraciones, aparecen personajes que son parte de un tema en concreto o la resolución de finales abiertos para dejar masticando la continuación en la recepción. Un hombre divorciado que se entrega a la bebida junto a un perro fiel como Demóstenes en A la sombra, que abre Media hora de felicidad. Alcides Zamudio, un psicólogo y psiquiatra jubilado, vicioso, picaron que cuenta anécdotas de su labor en el pasado, al que Contrera rescató con un café en Pink Freud.

Así, cada producción es la continuación no caprichosa de una línea de relato renovado. Un puchero con Don Juan Manuel de Rosas, fruto de la imaginación entre el presente y pasado, capaz de conducir a ciertos momentos donde aparecen mitos locales, árboles sin olvido, la vastedad en la siesta del campo —donde siempre pasan cosas— la promiscuidad entre parientes y finales infelices, como el del pobre Esteban, un ladrón diagnosticado con el Trastorno Obsesivo Compulsivo (T.O.C), que lo hace víctima en sus andanzas porque al robar no puede evitar quedarse a ordenar cada casa que visita con intenciones sucias, pero con una Limpieza profunda como meta incondicional que lo lleva a terminar con su obsesión en la cárcel, mirando un partido de Boca en la televisión con “una mancha en la pantalla”.

Los sueños reales después aparecen en Central Disco, relatos de un DJ que cumple su anhelo de vida al montar una cabina en los patios de comidas en el Mercado Central, “donde todo es posible”. Allí, el narrador contempla que “hay que buscarle la vuelta a las ambiciones, quizá se cumplan de la manera en que menos esperamos, o tal vez recién una vez plasmados podemos conocer nuestra verdadera pasión”.

La mayor parte de los cuentos del libro forman un inconsciente reflexivo en sus costados entre líneas: sobre la vida, sobre las derrotas, sobre antihéroes de barrio, locos o simplemente personas que son retratadas en eso que mejor les sale, ser personajes desviados, con comportamientos simples pero raros al ser parte de su propio guión. La Playa, —quizá el relato que mejor define el por qué todos los personajes tienen/buscan/van hacia media hora de felicidad— desanda mediante el pesar de un hombre que espera el fin de sus días junto al mar, que fracasó en el negocio del cine, de las trampas, en ser por un rato detective y quiere terminar así, solitario, escribiendo su propio final, consciente de ello.

Trasmutan citas de Balzac, de “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway y la clara visión sobre las conclusiones del paso por la tierra. Trago mediante, el hombre mira a su espectador, con ‘cara de viento en contra’: “La vida no nos tiene sucesos fantásticos preparados en cada esquina y heroísmo. Llegué a la triste conclusión de que la vida es solo un drama, una tragedia, ya que al personaje principal lo espera siempre el inevitable final de su muerte. (…) la única manera de luchar contra eso es saber cuándo darle un cierre dramático a la historia”.

Media horita —que inspira el título del libro— revuelve el pasado en común de un puñado de abuelos en el Hogar de ancianos de la ciudad, a los que se le hace vicio una dosis diaria de caramelos Media hora, porque es el dulce amargo que los vuelve a sus años jóvenes. En dicho cuento, el Dr. Zamudio es el protagonista que se encarga de salir a buscar el elixir de los viejos, un objeto de culto en el rubro golosinas por su escasa presencia en los kioscos de cualquier lugar.

Media hora de felicidad amplía la perspectiva en el temple de Contrera, quien da cuenta de que el paso del tiempo, la experiencia y seguir, logran un resultado eficaz, el de contar historias que superan la ficción, con personajes que aparecen como reales, sin ser más que los que si observamos bien están, pero no se dejan ver.

Después de La idea fija, aparece Media hora de felicidad ¿Cómo viviste el proceso creativo?

Se fue desarrollando con menos humor, siendo un poco más serio, por ahí como fruto de los cambios que sufre uno. Escribir Media hora… estuvo en el medio de los cambios, irme a vivir en pareja, tener un hijo. Eso hace que por ahí tenga menos tiempo para dedicarme, pero es parte del proceso, que es que sin duda algo que influyó en la escritura o en las temáticas del libro. La idea fija lo escribí estando soltero y ni bien salió comencé a escribir éste, a la otra semana, sin ninguna ambición, digamos, sin apuro.

¿Publicar hace que vivas el compromiso personal de empezar a escribir nuevas historias?

Estoy siempre escribiendo, menos en los espacios restantes a la publicación, brindando tiempo a los detalles, a la relectura, a las correcciones, cuando empiezan las dudas, cuando se toman las últimas decisiones. Las preguntas: ¿para qué mierda hago esto? Esos son los únicos espacios que no escribo. Todo es esperar cómo queda la tapa, en esa parte es cuando me dedico a eso solamente.

¿El gusto de narrar viene con vos desde chico?

Siempre me gustó escribir, pero lo hacía en ámbito del colegio. Después empecé a estudiar en el Instituto el Profesorado de Inglés. En la materia Lengua Escrita hacíamos muchos ejercicios de escritura, por ejemplo, mediante el uso de temáticas para elaborar narraciones, continuar producciones de los inicios de otros textos, cosas así, que siempre hacían que estuviera en ejercicio. Me sirvió, está bueno eso, aunque todo en inglés.

¿Cuándo comenzaste a volcar al papel?

Las ganas de escribir se dieron, además, cuando Alan Dimaro lanzó la editorial Cien Kilómetros (ver el viaje Nº 10, agosto 2012) cuando empezó a estudiar edición. Uno de los primeros libros que editó fue “Carne y sangre” (NdR: de Diego Gainza, lanzado en 2010). Todos estuvimos un poco metidos con eso. Tiempo después, Alan me dice ‘a ver cuándo te publicás uno vos’, pero sin saber que yo escribía. No sé si fue en joda o lo planteó como un desafío. Ahí, de inmediato me puse a escribir para el libro que luego sería “La idea fija”. Unos meses después le mostré el material. No se lo esperaba.

En La idea fija se anuncia una forma muy, digamos, Fontanarrosa de contar ¿A qué apunta lo nuevo?

Ese acercamiento a Fontanarrosa se da más que nada en el tipo temáticas con humor en La idea fija, no en el estilo precisamente que en el Negro está bien definido en lo que escribió, que es entretenido, accesible. A lo que apunto es lo que se puede leer en las historias, que las pueda leer cualquiera, sin niveles complejos en la escritura, es decir, historias digeribles.

¿Qué tipo de literatura alimenta tus gustos por la escritura?

Leí y leo de todo. Ahora pienso en Freud, “La interpretación de los sueños”, Darwin “El origen de las especies”, también libros de política: El Manifiesto Comunista, libros de autores liberales, novelas de John Grisham, quien habla del mundo de los abogados, del derecho. Frank Kafka, Edgar Allan Poe… Creo que lo importante es no perder ritmo con la lectura.

¿Qué podés contar de Media hora de felicidad?

Está compuesto por quince cuentos, con historias de amor, de relaciones personales, reflexiones.
Hay un cuento de un director de cine que está medio desquiciado, que transcurre en Mar del Plata. Él quería que la película de su vida transcurriera allí, quiso que su vida fuera una película. En La playa, me pasó de intentar incluir el humor pero desde un lugar más tragicómico. Quedó así.

(de la edición Nº 18, abril 2013)