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Nada bueno nos puede pasar

Por Tomás Gui
Las paredes tiemblan y el banco sobre el cual me siento, también. Mi culo tiembla y transmite el temblor al resto de mi cuerpo y a mi mano derecha, que sostiene unos centímetros por sobre la mesa una pinta de helada, deliciosa y dorada cerveza.

Las esquinas de la servilleta pegada a la base del vaso aletean por el temblor. La débil superficie de espuma se agita y se espesa un poco más. El tren pasó hace un rato, pero el vaso todavía se agita. Mi mano derecha tiembla en mi cuerpo quieto. Mi mente se derrumba.

Tal vez mi mano derecha sea el único escape de una mente que puja por apagarse y llevarse con ella el cuerpo que la contiene. Saber que es el fin, pero que para el fin en sí mismo falta mucho tiempo, hace que la mente se agite en una ansiedad perpetua y desenfrenada a la cual no se puede oponer control alguno. Miro por la ventana y veo los autos detenidos.

Gente corre entre ellos en varias direcciones. Pronto el temblor del mundo se renueva. Las copas que cuelgan sobre la barra del bar repiquetean al golpearse suavemente unas con otras. El rumor se apaga y sólo queda mi mano derecha sosteniendo el vaso, ahora casi vacío.

Hago señas a la mina que atiende. Un tipejo pelado, encorvado sobre la barra, aprovecha que ella se acerca a mí para mirarle el culo. Es una buena mujer, debo aceptarlo. Con algunos años encima y un maquillaje caricaturesco para cubrirlos, puedo verla a la madrugada, recién levantada, con una sonrisa que derrota los años. Con ella a punto de llegar a mi mesa, inclino el vaso y bebo el resto del contenido. Cuando llega no habla, pero levanta las cejas.

Comprendo. Pido otra, levantando el vaso tembloroso con mi derecha temblorosa. Antes de regalarme su espalda y su culo maravilloso, me dedica una sonrisa, la sonrisa de mi imaginación. Las cuentas siempre son regresivas.

Nada se puede hacer hasta perder el control, el control que nunca se tuvo y siempre se soñó o se creyó poseer. Pero es cruel tener que esperar de pie y resistir los golpes de la misma manera, sabiendo y obligados a saborear que nada bueno nos puede pasar ni nadie nos puede salvar.

Llega la nueva cerveza, rápido se va y en un gesto de renovado agotamiento pido otra más. Miro fijo la mesa y cuando veo el vaso lleno y transpirado que se apoya delante mío, levanto la cabeza para ver una sonrisa que se mantiene fija y me apunta al centro del alma y empieza a vibrar junto con las paredes, mi culo, mi mano derecha y mi cerveza. Mis ideas, quietas. Ella sabe.

Todos creen saberlo. Sólo puedo sentarme, transpirar y desear que las cosas tengan sentido. Adentro, desespero. Afuera, la gente corre y los autos se detienen. La vida sigue. La vida siempre sigue. Mi mano derecha tiembla. Sonrío. Deseo que nadie pierda el tren.

(de la edición Nº 36, octubre 2014)