Ringo 1

Narigón del siglo

Por Félix Mansilla

Hace poco escuché en la radio que hablaban de Ringo Starr. No recuerdo a cuento de qué, pero Ringo estaba en el medio de la charla.Un quía —amparado en la necesaria libertad de expresión— dijo algo así como: “Ah, sí, el que hacía reír a los Beatles”. Me alcanzó esa oración para saber que esa persona vio otra película o sintió apenas la punta de la espesura de toda su resonancia musical. La cuestión es que a Ringo nadie —o pocos— le reconocen su marca en el cuarteto de Liverpool, o sí, pero dejándolo en un cómodo cuarto plano, como aquel baterista que acompañaba de modo efectivo el pedido de las composiciones en cada canción. Algo así como el que tuvo la suerte o que la pudo ver en vivo y nadie se la contó.

O peor, estampado en las remeras. Usan al Ringo de la época del álbum blanco, con bigotes, cara de no sé, mirada cómplice o compasiva. Como si fuera el tipo al que le tocó el mejor asiento. Como al Chino Garcé en el Mundial de Sudáfrica; imposible creer que ese tipo esté en los libros de la historia del fútbol porque, en definitiva, fue de paseo al continente negro, sólo porque el Diego soñó que abrazaban la copa y en los festejos aparecía la cara del ex Colón, dicen. Pero a Ringo lo fueron a buscar.

Ringo 2

Cuando George Martin estaba testeando a la banda antes de comenzar con las grabaciones, llegó a la conclusión de que debían hacer un cambio fundamental: sacar al tronco de Pete Best. Ni John ni Paul ni George, lo dudaron. Claro, Best era una linda imagen, jopo sensual, mirada con ceja en alto, madre dueña de un local para tocar y… nada más.

Ahí fue cuando llamaron a Ringo, que lo conocían en el ambiente del aún poco practicado rock. Starr fue el que tuvo una infancia dura, habitada en hospitales. A diferencia de los demás, Ringo era el más suburbano de los cuatro. Es maravilloso ponerse a escuchar esos ritmos de baterías tan simples pero reconocibles. Porque, por ejemplo, en Ticket to ride, te das cuenta que se viene el final porque el repique en el redoblante es el que mejor cierra, va en seco. En el anterior, sólo suena más de una vez. Así con doscientas canciones más, donde la impronta de Ringo tiene la misma contundencia que la de un cross del Ringo de la Paternal.

Admitamos que el lugar de Ringo no fue el más cómodo, rodeado por dos egos tan intransigentes como los del marido de Yoko y el dueño de la perra Martha. Claro, sus amigos de banda no escatimaban en las formas de escalar en reconocimiento; unos yoes de la madona santa, como los de la dupla Lennon/McCartney. John, primero y Paul después, supieron empapar los diferentes años/discos de la carrera de The Beatles con sus ideas y creaciones, tan clásicas en el presente.

Ahora hablemos de Jorge, otro genio ninguneado/desplazado, pero que sobre el final hizo canciones que en el presente dignifican sus dotes creativas, no sólo en el sonido de su inmersión en las músicas indias, sino por bellas melodías y letras. Sobran los argumentos. «Heres comes the sun» y Something» en Abbey road; «If i needed someone» y «Think for yourself» en Rubber Soul; «I me mine» y «For you blue» en Let it be o el arranque de Revolver con «Taxman» y luego «Love to you», junto a «I want to tell you»; «My guitar gently weeps» en el llamado álbum blanco, donde punteó Clapton, único invitado externo a la banda, sin contar a Yoko Ono y Billy Preston, en arreglos de teclados.

La lista continúa sin tregua: «I need you» y «You like me too much» en Help!; la bella «Don´t brother me» en With The Beatles o la experimental «Within you without you» en Sgt. Pepper´s. Entonces, la tarea para Ringo parece que siempre quedó para el único de los cuatro que no componía o que lo hacía, pero —como alguna vez mencionó— le salía parecido a muchas otras canciones de John, Paul & George.

En los momentos picantes del cuarteto, sin Brian Epstein y muchas gentes ajenas al entorno sobrevolando bajo (abogados, contadores), el portazo lo pegó George. En seguida Lennon, dijo: “Bueno, contratemos a Clapton y fin de la historia”. Nada parecido sucedió cuando Ringo pegó el portazo. Por eso, quien no reconoce su letal sonido queda afuera de la magia de su estrella. Más de una vez, David

Lebón lo definió a Starr, al igual que sus tres coequipers de flequillo, como el mejor baterista del mundo, teniendo en cuenta que al escuchar cualquiera de sus bases sin música uno puede reconocer de qué canción se trata. Y es así, no hace falta tener oído absoluto para reconocer que en los parches de Ringo se encuentra también la base núcleo del sonido beatle. Escuchar las de «Helter skelter», por ejemplo, deja la sensación de que Ringo sí entendió cada uno de los requerimientos de las canciones de sus compañeros.

Ahí, Starr la descose, simplemente. Lo mismo en los días de psicodelia, porque logró un sonido poco visitado en aquellos años, como en «Tomorrow never knows» o “She said she said» ambas de Lennon, a quien podemos atribuir el concepto de Revolver, como a Paul Sgt. Pepper´s o la mayoría de Magical mistery tour.

Las anécdotas lo recuerdan como el más divertido, pero también como el más rezagado. Una es la que narran las crónicas de aquellos años, cuando viajaron en una avioneta y el nasal de ojos celestes lo hizo parado, siendo el más incómodo en mirar el suelo desde arriba. O que fue el segundo en renunciar a la banda, como cuentan George & Paul en el documental Anthology. Los tres, por separado, fueron al rescate. George con llamados a su timbre, Paul con un ramo de flores y John a punto del moco tendido.

No es fácil. Por eso si uno piensa en la trascendencia o en su mirada sobre las bandejas del éxito, entiende un poco más. A Ringo lo pudrían las peleas de los demás. En el fallido film Let it be, se lo ve apesadumbrado, sentado en la butaca tras los tachos, escuchando los encuentros calientes del resto en las sesiones matinales, siempre en silencio, amasándose el bigote.

Las reuniones, que fueron pensadas en un principio para mostrar el proceso creativo del cuarteto —idea de Paul— resultaron el final menos querido pero el más conocido. Un día en la vida, los Beatles dejaron de existir como banda. Pero el ángel, el aura, sobrevivió y está, se vive en presente a cada giro de disco, en las radios, en las novelas, en el boliche, en los bares, en los autos, en los micros de larga distancia y hasta abajo del agua.

Cualquier momento de la vida puede tener de fondo a los Beatles. Se detiene el tiempo. Los viejos recuerdan su juventud, los jóvenes buscamos explicaciones y los inadvertidos dicen «Yesterday» si los apurás un poco. Por todas estas razones —que huelgan— va un feliz cumple 74 para Ringo. Por volar en reconocimiento sonoro, en las vivencias y en su estrella. Me haría un twitter sólo para decirle, citando a John: “Oh, Ringo… Gracias por enseñarme el verdadero sentido del éxito”.

(de la edición Nº 33/34, julio agosto 2014).