Nebbias band

Nebbia’s jazz bang!

Por Félix Mansilla

Conseguir cuarenta y cuatro años después Nebbia´s Band en disquerías —convencionales, comerciales, caretas— es casi lo mismo que intentar hacerse de un tesoro en minas gastadas al que no muchos —excepto melómanos y coleccionistas— tienen acceso. Por omisión, por olvido, por mantener una esencia tan típica, el padre de la criatura llamada rock argentino se mueve como una pieza importante, primario por su aporte, pero para pocos. La razón, concreta: Nebbia la pelea desde 1988 con el sello Melopea, que en la actualidad lleva editados más de 500 álbumes de música popular argentina y que se desliza como un pez en ríos de aguas turbias.

Pero sigue, no para: Box Set de 9 discos homenajeando las bandas iniciales del viaje mágico de la roca argenta en 2008 (con músicos y bandas de altos bagajes en estilos), shows íntimos aquí y allá, un 2012 con La canción del mundo y así siempre, de gira. “Yo toco entre ochenta y cien veces por año. Me siento libre, como un pájaro que está todo el día volando ¿Se aburre? No. Yo hago todo el tiempo lo mismo”.

Así contó su inmersión nueva, concluyente, específica: “La vida pasó y me convertí en músico, compositor, arreglador y productor. Me di cuenta cómo es esto de hacer discos —entiéndase— hacer mis propios discos. Dejar plasmado lo que quiero producir, lo que se me ocurre, lo que me moviliza y valoro, lo que respeto y admiro, lo creativo”.

A modo de autocontrol, melomanía y afanes de coleccionista, Nebbia amplía el itinerario personal: “No tengo el número exacto, pero tengo una especie de cosa hecha por alfabeto de todos los discos en donde aparezco. Hasta ahora pasé los quinientos discos. La cantidad de aventuras en las que me he metido y sigo metiendo”.

En la web, puede obtenerse Nebbia’s Band en versión compact disc a $50 o —para románticos/fanáticos/minuciosos— el vinilo de RCA cotizado hasta en más de mil pesos. Una no tan ganga, pero sí si se piensa en un disco de apertura conceptual que roza vientos del jazz, espacios de largos caminos insertos en el soul, algo de bossa nova en los fondos y partes del sentir y la expresión experimental en órganos y guitarras callejeras junto a Rodolfo García (batería), Cacho Lafalce (bajo), y Gustavo Bergalli (trompeta).

Días de vinilo

Mayo 1971. Nuevos enfoques, texturas múltiples subidas en una implosión big bang en clave jazz: un “sonido alternativo”, un mensaje claro y sin titubeos de época, pero con las marcas: todo el disco suena con la fritura de los surcos del tiempo, allá a lo lejos. Eso lo hace más real, encantador; porque cuenta con ese no paso del tiempo que define a la obra en su estructura de producción, con músicos ejecutando, con paisajes híper afilados para un deleite de vuelta y media.

El arranque despierta con una balada de guitarra setentosa en la que este otro kamikaze cantor llora: “Pedro caminando por la calle va, hacia donde irá. Cuatro gavilanes se lo robarán, después qué le harán”. La fusión en plena expansión en “Tu tiempo es de cristal”; aires de un mágico camino hacia los pasillos de los ecos de Ray Charles en “Solo, tan solo” y más guitarras, coros y trompetas en “Por las calles vacías”.

Litto —cronológico y memorioso— cuenta en Una celebración del rock argentino (mayo 2008) que la década del ‘70 “fue una época de mucha creación y libertad para con la música. El concepto estilístico de lo que tocábamos en ese momento estaba más próximo al ‘avant-garde’ que al rock. Todo era posible, todo estaba permitido. La idea central era lograr un espacio con tu originalidad”.

Sigue contando/cantando: “La propuesta, sonido, arreglos, y el formato de las canciones para la época, era una locura. La compañía discográfica, cuando terminamos el álbum, ni siquiera se molestó en programarlo aunque sea para más adelante. Directamente el disco no salió por ser considerado un producto no comercial”.

Un año más tarde, RCA editaría esta pieza fundacional, trascendente y vital de los andares del culto, así como los espejos de un recuerdo de otros próceres en la búsqueda. Moris en Treinta minutos de vida (1970) o Manal en El León (1971) o Almendra II (1970), Conesa (1972) de Pedro y Pablo. Un contexto llenador, de esplendores, gustos plenos y de acá.

No me digas que no se puede volar

Nebbia´s Band se formó tras el final de Los Gatos y se erigió en la gema fundamental de la escena fusión local, con vuelos de alas sedientas del mejor jazz devenido en Davis, (Ornette o Bill) Coleman, Evans, y todas credenciales de tallo gordo, con gusto a tierra argenta, claro.

“Calles vacías”; intento jazz band clásica al igual que “Sigue tu camino ya no te necesito”, donde la impronta de Bergalli se desplaza llevando los ritmos a una dimensión de búsquedas nuevas. No había en ese tiempo un súper grupo en el que la negrura sea una bandera. La oda dedicada a su Rosario en “Rosanroll”, especie de boogie/funk/jazz, con hammond travieso y zigzagueante; psicodelia moderada en “Fattorusso’s trip”; lo mismo con silbidos piano y amor en “La máscara se encendió”.

Partes de un todo en el que el desarrollo atraviesa los meandros de los inicios de un río conceptual, reconocible, sensible y atravesador en tonos clarosconfusos, propios, con fraseos de alto contenido epocal. “De pequeños la música nos gustó. Ya somos grandes y nos gusta más. Esperamos que a ustedes les guste también, porque si no nos vamos a enojar” canta el cuarteto símil Les Luthiers.

“Pídeme más” y “Dulce lady” cierran, pero el camino no acaba allí. Nebbia’s Band, al igual que su desarrollo y traspaso temporal, necesita de tiempo para una asimilación y un reconocimiento generacional. Litto es La balsa, Beat Nº1, Muerte en la catedral, Voces en América, todos sus discos.

Todo, como un padre que enseña, transmite, viaja, se va y vuelve. Como alguna vez escribió Ángela Torti de Napolitano, cuando Litto y Pappo tocaban en Los Gatos: “Y al subir al escenario/cuando Litto va a cantar/vibra la gente como antes/o quizás un poco más”.

(de la edición Nº 32, mayo 2014)