13-Por Jimena Rodríguez

Ninguna bala parará este tren

Por Félix Mansilla

Los trenes en películas y canciones del rock argentino. ¿Por qué muchas nombran un tren?, ¿Qué magia aparte contienen dichas moles de fierro? ¿Por qué tanto misticismo? ¿Quién mira para otro lado cuando pasa un tren? Nadie puede dejar de hacerlo. Es inevitable. En las músicas —al igual que en la literatura clásica o en el cine— el paso de los trenes representan el antes y el después de las historias, como el principio y el final de El secreto de sus ojos, por ejemplo. La demostración de la perfección y el progreso; valen los viajes de Phileas Fogg y Picaporte en La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne. En Final del juego de Cortázar, la aventura de esos chicos que en cada tarde gris lo miraban pasar.

La muestra fiel de la vida conurbana en Okupas cuando Ricardo, el Pollo, Walter y el Chiqui viajan en tren a Quilmes a buscar unas bolsas, en el capítulo «Bienvenidos al tren», derivado de la canción de Sui Generis, con ese aroma de hippies. La explosión gay ochentosa se representa en el tiempo con «Último tren a Londres», banda de sonido de Expreso de medianoche a cargo de la Electric Light Orchestra. La lista es innumerable, pero siempre aparecen los trenes.

Los testimonios de una de las novias de Luca Prodan en el documental Luca de Rodrigo Spina o el recuerdo niño de la apertura de Video Match con los Beatles junto al zabeca de Bolívar, cada noche en la tele en casa desde los sillones familiares. La canción de León Gieco de su obra histórica como es «Bandidos rurales» (2001), contiene pasajes de huidas en tren por parte de la banda de Matecocido.

Mi viejo nos contó cincuenta veces que conoció a uno de los secuaces de Matecocido, al que lo llamaban así por los puntos de heridas en su cabeza. Parece mentira, pero el padre de uno de sus compañeros de colegio, Camacho —por su apellido tano, Camacci— se escapó como polizón en un vagón con vacas cuando desbarataron el grupo de bandidos en las llanuras de La Pampa.

Cuenta que el viejo contaba que pasó tres días escondido entre la bosta de los vacunos y que hasta comió carne cruda después de faenar el cuarto de una vaca que masticó con pelo y todo. Los trenes aparecen en muchas canciones de Divididos. «Sapo explota el San Martín, los domingos a las diez», imagen de clip de Paisano de Hurlingham o en Alma de budín: «Parado de pecho en el techo del tren, cromado como copa de campeón de ping pong», una locura divina al igual que el delirio de Fontanarrosa en el catastrófico cuento «Los trenes matan a los autos», donde los bólidos son amedrentados por los pata de fierro que convierten las ciudades en verdaderas masacres sin sangre.

En Spinetta encontramos balsas que nunca zarparon, pero algunos trenes también. La literaria letra de La azafata del tren fantasma que asesina al rey junto a la complicidad de sus verdugos o Toma el tren hacia el sur, con Almendra en donde todos «habrán volado».

Aparece el tren como artefacto que transporta al cambio, formas de escape a la realidad o maneras de traspasar el tiempo en una máquina que tiene humanidad en su funcionamiento. Yo quiero ver un tren, del disco Mondo di cromo del ’83, es un tema que se sitúa en el futuro y habla sobre el estallido de una guerra de bombas neutrónicas que arrasaron todas las ciudades, entonces, explica Luis: “Obviamente ver un tren es como ir al Louvre más o menos, porque no quedó nada. Se supone que con la radiación, la lluvia ácida y el efecto invernadero la locomotora resistió y entonces, quizás, en el futuro quede enterrada una y alguien la quiera ver como si fuera la estatua de una virgen” (en el dvd Estrelicia, 1997).

«Yo voy en trenes (no tengo dónde ir)». El solo intento de apuntar se vuelve una tarea ambiciosa, por eso un final amontonado como arriba de un tren. En el rock local los sentidos sobre el tren están de manera explícita en Asesinos del Pentagrama: «Y desperté no sé en qué tren, ni en qué lugar de la ciudad. Era de día, no veía y deliraba con llegar a ese lugar donde vos y yo veníamos de estar».

En La canción del tren, Ariel Minimal canta suave y vuela en melodías la tranquilidad al «saber que el tren no va a llegar hasta mañana», para «ver cómo todo queda atrás». Bello, simplemente. O en el delirio de los Deliriun Cosmico en una forma cercana de viaje en tren como puede ser un Autosafari.

El tren puesto al servicio de las reminiscencias del holocausto en The wall, cuando Pink ve desde el túnel el paso de los niños a los que en su imaginación simbólica viajan a la máquina de picar carne. O el tren como apertura de los shows de la gira mundial de Ac/Dc (que no detiene su andar pese a los rumores de final) con Rock’n’ roll train en River. Todo lleva a pensar en qué cosas tienen más rock que un tren.

La obviedad conduce a «No voy en tren, voy en avión» pero no viene al caso hablar de drogas duras. Sí es necesario remarcar la poesía de Miguel Abuelo en los albores de la nueva democracia cuando canta «no se desesperen, locos, todo va a andar bien: ninguna bala parará este tren».

Fito Páez en Mariposa tecknicolor usa uno, «llevo la luz del tren, llevo un destino errante, llevo tus marcas en mi piel». También en Música para camaleones al hablar de la melancolía: «Hay un tren que va directo al centro del amor y se cae siempre al mar y te ahoga el dolor». Los Babasónicos agregan más a la lista: «Partiendo en un tren incierto hacia la incógnita dejada en el horizonte sin solución, se borra la ciudad».

El aroma al tango de la tristeza de las estaciones aparece en la película El Polaquito, al narrar la vida puerca en los galpones abandonados de Constitución. En todo el film se escuchan bocinas de trenes, donde abunda la urbanidad más humana. No por casualidad el final de la trilogía de la epocal Volver al futuro se fuga en la atrocidad transcultural de un tren que en el pasado sorteó el progreso y en el futuro no se detiene. Pocas canciones hablan de los colectivos, menos de taxis y mucho menos de remisses. No tienen magia.

Un abrazo a La Mancha de Rolando por «subiré a ese tren» y a los Enanitos verdes por la bella historia de «yo te vi en un tren y no pude ni siquiera decir hola». Por eso, el cierre es del Carpo, no sólo por El tren de las 16, sino por el final ajustable. «Muchas veces cuando yo voy muy lejos de aquí, recuerdo la historia del ferrocarril».

Foto de portada por Jimena Rodríguez

(de la edición Nº 31, mayo 2014)