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No fallar

Por Thomás Gui
Despertar es un acto automático. Levantarse requiere heroísmo. Sentado en el borde de la cama, con los ojos entrecerrados, pienso “¿y ahora, qué?”.

No tengo la fuerza ni la voluntad para enfrentar otro día, pero debo hacerlo, siempre debo hacerlo. El mundo no me quiere y yo le respondo con mi total y absoluta carencia de empatía. Sin huevos para el suicidio y en falta con la hipocresía, lo que me queda es no fallar día a día. La gente intenta lograr cosas. Yo intento no cagarla, arruinar lo poco que me sostiene. Generalmente, no me sale.
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Voy a ciegas tanteando las paredes hasta llegar al baño. Prendo la luz, y en el momento en que decido abrir los ojos, me enceguezco. Poco a poco mis ojos se acostumbran. Me meto rápido bajo el agua de la ducha para volver a la vida. Vuelvo a mi habitación secándome. Recién veo el reloj. Tendría que haber salido para el trabajo hace 35 minutos. Tarde por tarde, ya estoy fallando, nada importa. Revuelvo la ropa a medio usar tirada en el piso. Me visto. Desayuno una manzana arenosa para poder tomar mis Happy pills y que no me revienten el hígado. Un pucho, entre noticias de gente muerta, gente desaparecida, gente golpeada y no tanto, putas reventadas y dedos señalando y acusando hacia todos lados. La calle hierve de pelotudos que se chocan entre sí, viejas en zig zag y otros sin rumbo que sólo estorban. Siento que camino pero no lo estoy haciendo bien. Arrastro un poco los pies. Debo entrar en modo vivo, urgentemente.

Tarde al trabajo y contemplo por delante una tanda de horas dónde no debo fallar, pero sé que lo voy a hacer. Y varias veces. No importa la energía ni la buena onda que le ponga. El modo stand-by es obligatorio. Como en una suerte de experimento, parece que no estoy haciendo lo que tengo que hacer y fallo, pero también fallo cuando no hago lo que nunca me dijeron que haga.

Me sirvo una gran taza de café para levantar un poco. Dejo pasar un tiempo prudencial para asegurarme que las Happy pills ya están en mí. Puedo sentir el efecto, así que vomitar es lo siguiente. El stand-by rinde hasta la hora de salida.

Camino un poco, buscando algún bar para meterme, pero recuerdo que no puedo beber. Beber va contra las Happy pills. Malditas sean. Ni siquiera son tan efectivas como un par de cervezas. Hoy es el día, al carajo con todo. Cuando llego a mi casa, agarro un cutter y me siento en la bañadera. Llevo también conmigo una botella de vino para suavizar el viaje. Corto profundo en las muñecas, hacia arriba. Evito los tendones así puedo sostener la copa. La sangre empieza a brotar. Me dejo ir.

—Wow wow wow, no chabón, te fuiste a la mierda.
—¿Por? ¿Qué pasó?
—Muy fuerte, che. Esto al lector promedio no le gusta.
—El lector promedio sabe que la gente se muere. Eso o el lector promedio es medio pelotudo.
—La escena del suicidio es muy fuerte.
—El lector promedio sabe que la gente se suicida.
—Sí, pero no tan directo. O podés buscarle una vuelta un tanto más alegre.
—Es alegre. No se corta los tendones y puede sostener la copa de vino.
—…
—Bueno, está bien.

“Hoy es el día, al carajo con todo. Cuando llego a mi casa, abro de par en par el ventanal que da a la calle para que entre un poco de aire fresco. Agarro una botella de vino que tenía reservada, descorcho y me siento tranquilo a leer. El libro habla de no fallar, pero el personaje falla una y otra vez. Oh, casualidad. Suena el teléfono y cuando me paro a responder, tropiezo con el cable del ventilador. Con los reflejos disminuidos por el vino, no puedo agarrarme de nada y caigo por la ventana. Antes de terminar de descender los once pisos que me separan de mi espantosa muerte, pienso: “fallé”.

—Sí, un poco mejor, pero siempre con la muerte.
—Se trata de no fallar.
—Sí, pero no habla mucho de eso. Es más, en vez de “No fallar” se podría llamar “Happy pills”.
—No tienen tanto que ver. Las Happy pills son para resistir tanta cagada seguida, fallar y fallar. Suicidarse es fallar peor. Y morir en un accidente pelotudo, hasta te diría que es cómico.
—Un poco de alegría, eso te pido. Hacé eso y la gente te va a leer un poco más. Recordá que lo negativo no atrae.
—¿Querés alegría? Ahí van las buenas vibras.

“Hoy es el día, al carajo con todo. Cuando llego a mi casa, abro la agenda y llamo a toda la gente a la que le hice daño para pedirle disculpas. Luego, vacío mi alacena y mi heladera y preparo kilos de comida que luego reparto en la calle a la gente que no tiene hogar. Cuando termino, subo a mi unicornio blanco que despide rayos de arco iris por el ano y me voy volando.

—Un detalle…
—Lo del arco iris por el ano.
—Exacto.
—Dale.

“Hoy es el día, al carajo con todo. Cuando llego a mi casa, abro la agenda y llamo a toda la gente a la que le hice daño para pedirle disculpas. Luego, vacío mi alacena y mi heladera y preparo kilos de comida que luego reparto en la calle a la gente que no tiene hogar. Por primera vez en mi vida, no fallé. Ya comprendí. ¡Oh, qué bella es la vida!

—Bieeeeeeen, ahí va.
—¿Te gustó?
—Me encantó. Lo va a leer todo el mundo.
—Qué bueno.
—Bueno, me voy yendo. Hablamos después.
—Dale, cuidate.

Bajo y voy al chino de la cuadra. Compro un par de boludeces y escondo en mi campera lo realmente caro. La vez pasada me cobraron cualquier cosa, ahora karma, perras. Antes de subir le rayo con una llave el auto al hijo de puta de mi vecino que la semana pasada me cerró la puerta del ascensor en la cara. Cuando estoy arriba, me asomo y escupo por el balcón. Le emboco un buen moco a un pelado que pasa caminando. Me siento bien. Bienvenidos a la vida, alegres.

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(de la edición Nº 38, diciembre 2014)