09-Dalí, La persistencia de la memoria (1931) ZZZ

No se menciona la soga en casa del ahorcado

Por Félix Mansilla

Marzo siempre es un mes bastante simbólico para acordarnos que debemos tener memoria. Los vaivenes cotidianos se funden en representaciones más vinculadas hacia las asociaciones que, a su vez, nos empapan la cara como verdades de un tiempo que transcurre infinito. Y los hechos se vuelven memoria o nos acarrean a una desmemoria total. La cuestión no es que el todo en el que vivimos se trate sólo de meras sensaciones, sino de las formas en cómo reinterpretamos de modo individual aquello que se trasluce de modo social, diverso, expandido como la verdad revelada en la góndola del supermercado o frente al surtidor.

Gramsci, en «La política y el Estado moderno», dice que el sentido común es “la filosofía espontánea de las multitudes que se trata de hacer ideológicamente homogénea” (Biblioteca Pensamiento Crítico, pág. 13). Así se arman las costumbres, que además conllevan a no pulir el ejercicio memorístico como forma de vida, vital al sistema que —sin la memoria como puntal— cala mejor en el vaciamiento hegemónico. Lo efímero vuelve las cosas mucho más simples, tanto que ni miramos para atrás un poco.

Hace unas semanas, con el amigo de un amigo hablábamos de las formas en que los artistas o los escritores conforman lo que después se lee como la Historia: en hojas de libros, en obras de arte, en sus críticas. El resultado de la conversación de sobremesa se dio a partir de una frase que resumió las inquietudes de los creadores o artífices actuales (no en todos los casos, claro).

“Soy hijo de una clase media psicoanalizada. Hay cosas que no puedo ver y me quejo porque se hizo larga la cola en el banco o aumentó la cerveza”. Por eso, cuando se revisa la Historia parece que sólo sobreviven los muertos o que vuelven para mostrarnos de una cachetada en cómo resolvemos el presente o qué vemos que no estamos viendo y está sucediendo. Como cuando descubrimos algo nuevo y nos arrepentimos de no haber observado antes ¿Por qué cosas nos preocupamos en nuestros días?

Hace muy poco, una agrupación política local decidió llamar a un comedor con el nombre de un desaparecido durante la dictadura en Lobos, Pato Lacoste. Es harta conocida la disputa de la década actual que divide el presente entre un nosotros y ellos, como si fuera un clásico ciudadano de la realidad de los argentinos. La «grieta» o la «crispación» en general, que a priori aparenta una relación absurda, se cae porque siempre se discutió por algo entre los argentinos, desde los unitarios y federales, y así se conformó la nación: entre pujas constantes.

Esa concepción de división me resulta lo más parecido a un spot de campaña política que sondea ése alguien que venga a unirnos. Esto, muchas veces, no nos deja analizar de forma clara, porque al estar escindidas las supuestas ideas o ideologías, el pasado con el presente se despejan o se desarrollan de una manera equivocada, a su vez, verdadera si tomamos en cuenta que lo que está en juego no son los permisos que nos da la Historia, amén de que la tomemos de forma poco espesa.

No nos desespera, la mayoría de las veces, rivalizar con el pasado para presentar el hoy de manera expuesta a lo que se ajusta a los intereses propios, venenosos o loables. La inmortalidad de los muertos acarrea un compromiso, además. Muchos cercanos se sintieron disgustados con la propuesta, por no haber sido consultados previamente. Es entendible, entonces, el enojo de no recibir, al menos, una notificación del asunto.

En tanto, me surgen preguntas: ¿Cómo pensamos a Pato Lacoste desde el presente? Esa épica que reside en él por ser un desaparecido de acá nomás: ¿A qué formas de repensar nos conduce en los días presentes desde aquello que sucedió hace tanto? ¿Qué cosas pasaron en el medio para que como pequeña comunidad no nos debatamos en si está bien o está mal resignificarlo desde un lado o de otro si es la memoria el centro de la discusión?

Desde la cercanía, uno puede pensar que la figura de Lacoste no se discute en el presente. Nadie quiere hablar de los muertos que nos adjudican —por la forma o por las interpretaciones— un presente para pensarnos mejor y no terminar con los interrogantes, tan necesarios ellos. Básicamente porque nadie quiere hablar de los muertos, pero: ¿Por qué esto que sucedió hace más de tres décadas no se menciona más que en fechas alusivas? ¿Todos saben quién fue?, ¿Qué podemos hacer los más jóvenes para re-movilizar ese legado que nos enseña?

Después de haber realizado los informes que fueron publicados en el viaje de octubre de 2012, concluyo —de modo errático, quizá—que nos falla la memoria a los lobenses, en su conjunto. Conjunto sería la sociedad como representante del todo que no dice, la educación local —pública o privada— como parte de una desmemoria expandida (se ve en los resultados) y la política, entre el oportunismo progre sumado a un presente que sólo se parece más a un “aguantar los trapos” que a hacerse cargo por la parte que les toca asumir por mandato popular.

En esa medianía, la construcción local del pasado no se recicla para volver a ser. En tres años de secundaria en el colegio Comercial, jamás escuché el nombre Pato Lacoste, como tampoco ninguna de las otras memorias que no tuvieran que ver con lo religioso. La obviedad es que se trata de un colegio católico, pero ¿qué parte de la memoria —real/existente— no nos contaron? Después, consultando a conocidos que fueron a otros colegios, como el Nacional o el Fasta, engrosaron la hipótesis de que acá nadie habla de los muertos. Por ahí en algún acto o a las perdidas en algún que otro marzo.

Entonces, hoy sentimos que miles de jóvenes no saben ni un cachito, pero porque nadie les contó. Hago extensiva la invitación a revisitar eso que el pasado nos lega para ser mejores. No se trata de traer a Lacoste por una razón de política partidaria, pero la no memoria —un súper olvido selectivo— no debe ser la piedra en el camino de todas las otras memorias. Porque eso significaría caer en el absurdo de que aquello que no se nombra desaparece.

Si lo remontan con una bandera, debe haber obsecuencia en las líneas de su desempeño. El nombre no sólo debe hacer justicia y memoria, sino también proteger a los descuidados de nuestra Historia reciente. Cuando leí el repudio de los familiares políticos en la red social, pensé por un momento que quizá esto conllevaría a un debate profundo, para dejar en claro que no se usa a Lacoste como forma de reivindicarse en el presente o a callarlo, como si su sola no-existencia pudriese la experiencia. Pero esto no sucedió. Poco se habló de eso, ni en los medios locales hubo mención destacada.

Mi hermana tiene 15 años. No sé bien si sabe quién fue Pato Lacoste (después de escribir estas líneas, la consulté para despejarme del todo esa duda mezclada con el prejuicio. Efectivamente: no sabe de quién se trata). Del pasado, sabe que estuvo el país gobernado por militares que nadie eligió, que se mandaron muchas cagadas, pero también le contaron que había unos que tiraban bombas y otros que tiraban sin preguntar y, en nombre del Estado, desaparecían gente. Nunca se llegó a completar la historia, porque el último trimestre fue siempre el más corto.

Desde que dejé de ser un chico no presencié más actos escolares que los que me tocaron por obligación. Siempre me parecieron un bodrio, tanto para los chicos como para las maestras a las que les tocaba armarlo. Nunca me calaron en lo hondo, porque siempre se les vieron los hilos: son parte del calendario educativo y se desarrollan como tales, un día más para hacer como que todos nos acordamos de algo y para que los familiares saquen fotos. En la mayoría, la Historia fue mal contada. Como la colonización del bueno de Colón o el verso de que las negras mulatas vendían ‘empanadas calientes para las viejas sin dientes’, el reparto de escarapelas o los paraguas cuando aún —parece— no los habían importado.

Nadie se puede conmover con los discursos que escuchó desde el jardín hasta diciembre del último día de secundaria. Nunca se hablaba de eso en los actos. Nunca una maestra o un profesor del secundario dijo la palabra ‘desaparición’ o cualquier simbología al respecto. Así crecimos, pero bueno, el que busca encuentra y si no encuentra, se sigue preguntando o diciéndose “qué solos quedan los muertos”.

Por eso marzo siempre vuelve, no sólo para indicarnos de que arrancó el año, sino como una manera de aprovechar y refrescar la selectividad de nuestra memoria. Esto, que es meramente una opinión personal, tal vez sirva para que comencemos de una elogiosa vez a dejar un poco la agenda semanal y visitarnos más en otros puntos marcados de las experiencias de acá nomás. El almanaque y el clima moldean el devenir, siempre. Abril, es Malvinas. Mayo, es su Revolución. Junio, la bandera. Julio, la Independencia. Agosto, San Martín. Septiembre, el día del maestro. Octubre, es el bueno de Colón y en Lobos, el aniversario de la desaparición de un tipo al que muchos conocieron, otros se enteraron y algunos ni se preguntaron o lo entregaron.

El repaso o los balances no son malos, son necesarios. Por eso, en las palabras debemos repuntar las maneras para explicarnos mejor. No está de más. A casi dos años de entrevistar a Mariano Lacoste (hermano menor de Pato), me siguen zumbando preguntas por la cabeza que algún día espero realizar. Muchas incertezas de una incógnita personal, quizá sea eso, como la de tratar de conocer más a Pato a través de otros datos, los más cotidianos, aquellos que descansan en su esencia: como hermano, como hijo o como amigo. Porque quiero saber cómo era.

Lo que más me sobrevuela el pensamiento es saber cómo era su voz. Uno recuerda a sus queridos muertos en fotos, en el caso de Lacoste al leer algunos de sus poemas o en el recuerdo social desvanecido. Pero ¿Cómo hablaría? ¿Cómo entonaría el comienzo de sus clases? ¿Sería un hombre con una voz grave, carraspeada o fina? No sé, no se lo pregunté a Mariano, porque es difícil poder describir una voz. En la vulnerabilidad de una charla a flor de piel, sentí que de algún modo algo o apenas un poco de la persona a la que un día no vieron más, sigue presente.

En el final de su poema «Tu muerte», parece anticiparse a lo que después, cuando flota al pronunciar: “Tu cuerpo danza y llora/con tus cabellos ausentes/como un diamante ardiendo/en un día gris de locura/con un río blanco sin tiempo/en el vértice de tu cuello/con una noche de brujas/en una noche sin sol sin luna”. En ese racconto, la pena se desliza también en el sufrimiento de su madre.

Mariano contó que Lía “lo esperó hasta el último día de su vida”. ¿Cómo se sobrevive a eso sin pensar en una injusticia? Nunca un dato, siempre los rumores ¿A dónde va a ir a parar el recuerdo social local si cada día olvidamos un poco más? ¿Por qué la duda se instaló en muchos que no se reconocen en su propia casa? Nadie más se preguntó o no lo dice ni menciona nada. Ahora entiendo a mi abuela cuando cuenta que se indignó después de un acto donde pocas personas fueron para recordar a Lacoste, a escasos años de su desaparición ¿Quiénes fueron los impostores? ¿Por qué nadie nos cuenta sin sobrevolar lo que se sabe, sin el título, donde predomina el qué pasó?

Hace mucho leí para una materia de la Facultad el libro «La Bonaerense» de Carlos Dutil y Ricardo Ragendorfer, dos capos del periodismo de investigación, a quienes se les atribuye el término “maldita policía”. El libro incluye a un lobense, Juan José Ribelli, embarcado en el caso AMIA, y recorre, además, con documentación oficial todos los tejes y manejes de la policía con el circuito del juego, el narcotráfico, la política, Duhalde y toda la caterva de la década del one by one.

Pero lo que más recuerdo ahora, al momento de pensar en cómo se describe Lobos desde la perspectiva de alguien externo, me viene la cita (que sita mal al decir que la ciudad está sobre la Ruta 3) que contextualiza a la tierra que vio crecer al que vendió la Trafic donde explotó la bomba: “A pocos kilómetros de la Capital Federal, la ciudad de Lobos es un enclave de la más rancia derecha nacional (…)”. En ese momento —año 2009— me dije sin convencimiento que “así nos verán, qué mal”.

Pongamos que Lobos no es tan rancio, pero… la idea que lo asocia nos dice un poco —me decía en aquel entonces— que algo de eso habrá. Pero nadie dice nada. Lo cierto es que es un libro, que no está allí toda la verdad, pero un poco me fastidió que nos perciban así a tan solo una hora veinte autopista mediante. Seremos eso o por los pocos que representan a muchos fuimos mal etiquetados. Nunca lo sabremos.

El presente nos debe salvar para que el pasado se refleje de una manera un poco más elaborada. Hasta donde sé, ninguna banda de rock lobense o de folklore, mencionó jamás el tema (espero no caer en el error o inspirar al menos una canción con este reclamo). Tampoco oí de ninguna obra de teatro que repase algo. Sí existen dos documentales realizados por jóvenes alumnos del colegio Nacional en la que repasan la figura de Lacoste, por lo que considero que no todo está perdido, aunque sí creo que tendrían que pasarlos con audio en la pantalla de 9 de Julio y Perón para que todos se enteren.

Desoxidémonos para crecer y vamos a crecer de verdad, con memoria, sin reparo en los prejuicios. Después de aquella entrevista a Mariano, muchos lectores de la revista hicieron mención al tema, pero siempre con atisbos de frases gastadas como “algo habrá hecho” o “en algo raro andaría metido”.

Es más, un vecino —por aquellos años a la vuelta de la calle Alsina— me contó que escuchó la secuencia del secuestro, que unos días antes había estado la policía averiguando cosas a los vecinos. Le pregunté qué hizo con eso que presenció sin ver. Dijo que nada, porque alguien le advirtió que no se metiera, que era peligroso. Otro de los relatos del documental más añejo, comparte testimonios claves, como el de Ruben Arballo, quien triste en la mirada no se olvida de los ruidos de la noche del 15 de octubre.

Se quiebra y sigue: él fue su alumno, como mucho/as de los que se saben cercanos a la figura de Lacoste profesor, por eso Arballo ejercita su memoria. El problema, entonces, no es la memoria porque sigue siendo su selectividad la culpable de todas. Parecemos un pueblo sólo identificado como el lugar de nacimiento de Perón o donde se mató Mouras arriba de un TC y ajusticiaron a Moreira en un paredón, clavado por un tal Sargento Chirino en abril de 1874.

Formo un punto aparte para argumentar sobre la falta de memoria, con un dejo de humor que lo demuestra. Una vez en la parada de colectivos de la panadería Vilano vi algo re-creíble pero a su vez increíble. Eran más de las seis de la mañana, en un día de invierno crudo, con el frío que calaba en las orejas. Había un poco de niebla y apenas se notaba el rojo del semáforo a escasos diez metros. Vi que en frente se abrió la puerta de la casa natal de Perón. De adentro asomó un policía que miró hacia ambos costados y cerró la puerta de repente.

Estuve seguro de que no me vio porque yo estaba parado en la sombra, entumecido. Esa escena no me despertó mayores dudas. Medio minuto después, salió una mujer flaca de tacos que aligeró los pasos en su cartera sujetada con un frío tornillo. Sin mirar para atrás, siguió hasta perderse en dirección al centro, por la Perón a contramano. De raro no tiene nada la anécdota en sí, porque el qué es el mismo empleado en cualquier situación de la double life at the night. Pero lo que más me dejó picando es saber si el oficial sereno pernoctó sin memoria en la cama en la que el General de niño o si fue observado por uno de los cráneos más conocidos de estas pampas, como es el de Juan Moreira, que estaba en la casa de Perón pero también en el museo de Luján (eso sí que es in-creíble). Esa imagen me valió más que mil palabras, porque en la casa natal de Perón también entró la perspicacia, el no recuerdo y la irrespetuosidad absoluta.

Alejando el paralelo de su lado anecdótico, retomo hacia la falta de memoria, como la del sereno ¿Quiénes deben encabezar el volantazo hacia el pasado desde las no-efemérides? El tema debe ser informado en todas las escuelas para que la identidad no tenga ítems básicos como que habitamos en el kilómetro cien, que no hay fábricas como en Cañuelas o que vivimos de la agricultura, las vacas, la miel y el turismo.

Los artistas, los comunicadores, los músicos, los profesores, los directivos, los actores, los peronistas, los radicales, los conservadores, los Pro, los padres, las madres, los abuelos, todos tienen que dejar una huella haciendo uso de algún recurso de expresión: gráfico, literario, audiovisual, testimonial, no importa el soporte, sino hacer un poco de evocación a nuestro pasado como comunidad.

La memoria no es una bandera, es una conmemoración que debe enseñarnos a no trastornar eso que pasó y no sabemos cómo, o sabemos llenos de dudas que nadie viene a explicarnos por la ausencia de una memoria conjunta, mejor planificada. Lacoste no es un mártir, muchos menos un héroe, sino la figura traslucida en propia verdad, claro paralelo entre nuestra Historia más cercana y el presente cargado de aquello.

Para finalizar, recomiendo leer a la autora local Ana María Pedernera, profesora de Historia, poeta, quien fue alumna de Lacoste, a la que alguna vez Pato incentivó a dedicarse a la escritura, pero con la desaparición no se animó hasta que un día, muchos años después, se volcó de lleno. Ana María lleva editados algunos libros de poemas un tanto necesarios para saber que algo nos estábamos perdiendo.

Son geniales los tres que leí casi de un tirón: «Hay que morirse menos de distancia» (2004), «Balada de la habladora» (2006) y «Ensayo sobre la angustia» (2009). Sus versos son certeros, hay llanuras, siestas, aflicción, lucha constante por salirse del contrapelo personal, pero a su vez sobrevuela como un todo la mención de la desmemoria. En el poema «Los otros» (en Balada de la habladora), expresa: “La habladora tembló/porque un aliado/le advirtió que las voces solitarias/no son sino veleidades de pequeño burgués en ejercicio (…) aunque ella sabe/que siempre están los otros/en el giro verbal de su balada”. En «Convicción», ejercita los conceptos del silencio (que tanto hacen al olvido), cuando elabora: “Y si todas las bocas se callaran/los dichos penarían. /Alguien tiene que hablar aunque lastime”.

Ahora la misión es recordar, al menos para no ser tan llanos con nuestra Historia, la que habitamos porque somos de acá. No hace falta visitar una biblioteca para enterarnos de que no somos más que la construcción de un pasado común, en todos. Por eso, de las alas de la memoria deben volar los recuerdos para que no se nos escape el presente. Siempre es mejor recordar. Avecino el final con una referencia de T.S Eliot cuando relativiza la temporalidad, al esbozar que “el tiempo pasado y el tiempo presente: tal vez ambos estén en el tiempo futuro”.

Imagen de portada: La persistencia de la memoria (Salvador Dalí, 1931)

(de la edición Nº 29, marzo 2014)